Por Karla Mijangos Fuentes

Hablar del cuidado o cuidar, es posicionarse desde un contexto situado a una profesión, que justo, es referirse al cuidado como un patrimonio y forma identitaria de la enfermería, por consiguiente, el acto de cuidar desde esta institucionalización o profesionalización se concentra en un hacer, ser y sentir práctico y técnico que no contempla al cuidado como parte fundamental de la economía de un país.
Asimismo, hablar desde y únicamente del cuidado profesional, es desdibujar el cuidado de una responsabilidad colectiva del bienestar humano, porque es a través de esta profesionalización y educación formal del cuidar, que se objetivan y clasifican las prácticas denominadas y aceptadas como acciones remuneradas y visibilizadas de la producción del cuidado.
En esta línea, la acción y práctica del cuidar desde la institucionalización o desde el ejercicio remunerado del mismo, no termina de desanclarse de una ideología feminizada, romantizada, sexuada, familiocentrada y antropocentrista. Y justo, esta ideología que se enreda a la representación simbólica, social y habitada del cuidado, es la que sostiene la desigualdad, la no reciprocidad, la discrepancia, la no remuneración, la desarticulación del cuidado de las humanidades y la no redistribución igualitaria y solidaria del cuidado, del cuidador y de la persona cuidada.

Intersección del cuidado

Mirar a través de las desigualdades de la construcción del cuidado
En este entendido, el cuidado no intersectorial se deslegitima de un derecho que debe ser cubierto por el Estado, por consiguiente, a nivel social se le concibe como un acto individualizado que adquiere mayor valor y fortaleza en el interior de la institución familiar, porque es en el núcleo de la familia, donde se adjunta y teoriza la causa y consecuencia de todo imaginario de “buen cuidado”. En esta línea, el efecto de la culpabilidad siempre terminará por enraizar y desarmonizar el equilibrio de la familia como estructura formal y universal del cuidado.
En esta idea, aún prevaleciente en muchos lugares, es que los vínculos familiares son el marco y estructura funcional que da como resultado relaciones de cuidado de “alta calidad”, las cuales, a su vez, se deberán basar única y exclusivamente en relaciones afectivas y con fuerte sentido de la responsabilidad. En este entramado, los paradigmas “familísticos” que, también se desplazan al cuidado profesional, anteponen los afectos y el altruismo como fundamento para el trabajo del cuidado hecho por amor, empero, ese altruismo y amor no se distribuye igualmente entre los miembros de las familias, los profesionales que atienden el cuerpo, las instituciones que legitiman la salud y los organismos que prestan la atención , porque muchos aunque amen, no tienen la misma responsabilidad y reciprocidad en el ejercicio del cuidar (Elson, 2005).
Y en este momento, es que surgen las resistencias mentales y corporales: ¿la familia es la única institución posible implicada en el ejercicio del cuidado? ¿la familia puede cuidar de las/os integrantes en un acceso desigual a las oportunidades y servicios? ¿las indicaciones y cuidados profesionales derivados pueden construirse desde y sólo a partir de la estructura familiar? ¿los cuidados profesionales deben basarse en las desigualdades y diversas formas de opresión que viven las familias en cada uno de los contextos? además de preguntar ¿los profesionales del cuidado introducen a las otras instituciones y organismos en el plan del cuidado familiar e individual?
Desde estos planteamientos, muchas son las respuestas, pero personalmente, yo encuentro más cuestionamientos que surgen en la intersección de estas reflexiones. En primer lugar, el cuidado cuando se habla desde una profesión, queda dislocado de otras formas de entendimiento y resiliencia social, más que hablar de resiliencia y/o adaptación individual.
En este entendido, el cuidado profesional queda reducido a una epistemología familística y a un hacer práctico y técnico que, al mismo tiempo, sintetiza la complejidad del cuidar porque lo ancla a la persona y a la familia, al mismo tiempo que, termina por desarticular el cuidado de un estructura, de una historia y de un territorio hecho experiencias.
En esta desarticulación, también existen reapropiaciones del cuidado profesional desde una idealización de la maternidad, por ejemplo, las enfermeras que se comportan “como familiares” son mejores y, por tanto, producen “mejores cuidados” porque se aproximan al estándar romantizado de la familia. Así, el pago de dichos servicios no implica la estandarización del cuidado como un bien mercantilizado y de reproducción capitalista, por consiguiente, una política de remuneración se imposibilita ante las diferencias de las capacidades y condiciones de las/los trabajadores del cuidado, sin embargo, como refiere Elson (2005), de estos trabajadores se espera su profesionalidad, eficiencia, calidad y afectividad del cuidado.
Esta desarticulación del cuidado como un nudo central del bienestar, y concentrado a una praxis profesional y/o no profesional no reconocida, pero si remunerada, o, por el contrario, no reconocida ni remunerada, pero si normada moral y socialmente a la familia, es lo que ha trascendido hacia un cuidado individualizado y que se gesta como un acto de amor y vocación [que también es válido y necesario], empero, esto lo excluye de un aprehensión del cuidado como una acción que requiere reciprocidad y que necesita de la redistribución económica, sexual y regulada para su ejercicio.
Y justo este posicionamiento, o forma diversa de pensar el cuidado, nos sube al autobús de la historia, porque a partir de los movimientos sociales feministas de los años setenta y de esta crítica al pensamiento económico, dimos cuenta que el acto de cuidar no se sostiene sin la participación e intersectorialidad de las diversas instituciones y organismos mundiales, nacionales y locales, además que el acceso desigual a los servicios y derechos van produciendo múltiples formas de opresión, discriminación y dominación entre corporalidades, clases sociales, razas, etnias y géneros. Y en este entender, el cuidado se transforma en un concepto y actuar clasista, en una acción de privilegios y en una pedagogía de la culpabilidad familiocentrista.
Se habla de un cuidado clasista y racista centrado en una forma de visibilidad del cuidado, del que cuida “mejor” y del “mejor” cuidado, porque éste se visibiliza desde un reduccionismo universal de patrones sociales y culturales de relaciones entre
géneros, y por demás, microsocial, es decir, es la persona y la familia, y no las estructuras e instituciones, las responsables de un no cuidado. Además , a ello se suma que el cuidado que se categoriza y denomina como tal, adquiere un alto nivel de objetividad, por tanto, lo que se puede medir es sólo aquello que se deriva de una instrumentalización del cuidando, en contraparte, todo aquello que se produce en la interacción, los afectos, las fuerzas espirituales y corporales se desdibuja de una medición y regulación del ejercicio del cuidado, por consiguiente, es borrado de la carga del cuidar y de la remuneración económica.

Esto que se describe previamente, es lo que sucede con el cuidado profesional y remunerado, porque la validez de un hacer ético y profesional, se instituye desde el hacer objetivo y productivo del cuidado, pero no se piensa desde el hacer reproductivo de la vida, del bienestar social y del derecho humano. Al respecto, si pensamos el cuidado desde una no profesionalización y no remuneración, por ejemplo, en el trabajo doméstico del cuidado, vemos que el debate sobre dicha categoría se hace cada vez más urgente, porque dicho término se enuncia desde el valor moral de la familia y, principalmente, de las mujeres para el ejercicio obligatorio de esta acción, sin que la carga y efectos del cuidado doméstico se midan en función de procesos sociales de producción/reproducción y regímenes de bienestar (Esquivel, 2012).
En esta línea, incluir las dos categorías de trabajo no remunerado, abarcando el trabajo profesional no cuantificable ni comprobable y que se ligan a la producción de bienes, se hace necesario en el debate y construcción de políticas públicas del cuidado: 1) el trabajo no registrado por las dificultades de medición (trabajo domiciliario, trabajo
informal, interacción interpersonal del cuidado, cuidados espirituales, subjetivación del cuidado) y 2) el trabajo de producción de bienes para la autosubsistencia y el autoconsumo de actividades ligadas al acto de cuidar (Benería, 2003).
Desde esta perspectiva, la emancipación y reconfiguración del cuidado colectivo se debe centrar en el proceso de trabajo más que en el lugar y cantidad de producción, porque incluso, y pese a que se hable de cuidado remunerado, existen ciertas actividades que no se contabilizan en la oferta/demanda de las actividades del cuidar, por consiguiente, son actividades que permean la producción de bienestar y la economía. Así, la plusvalía del efecto de los cuidados generan altas ganancias en la lógica mercantil, empero, producen sobreexplotación laboral y dominación corporal sexuada como mecanismo de responsabilidad moral del cuidador, que, por cierto, casi siempre es ejercido por una mujer, o, por un hombre que, también entra en el circulo de la feminización y el familiocentrismo como marcos epistemológicos del cuidado (Folbre, 2006a, p. 186).
En este entendido, una de las líneas muy transparentes y al mismo tiempo, muy invisibles que se entraman en el imaginario moral del cuidado, es la no diferencia entre la casa y el trabajo, tanto en el ámbito profesional como a nivel doméstico, porque la división desigual del trabajo de cuidado y la separación de éste, como un proceso de producción social integrado al mercado capitalista, ha permeado y justificado la explotación doméstica y laboral del trabajador del cuidado, debido a que el cuidado no se ha medido y conceptualizado en términos de economía, mercantilización y reproducción de la fuerza productiva del capitalismo (Faur, 2017).
Desde esta perspectiva, la forma y sentido en cómo una sociedad encara la provisión de cuidado, tiene implicaciones que deben abarcar la igualdad de género, para desfamiliazarizar y despatriarcalizar el cuidado, la feminidad y la maternidad de un rol de género asignado a la mujer (tanto profesional como no profesional). Así, el cuidado desde una mirada no vocacional y romántica, se gesta como la base para la conformación de toda sociedad, por tanto, como un acto que debe quedar en la responsabilidad de las personas e instituciones, y de esta forma, al conformar uno de los procesos de mercado también la remuneración económica del que ejerce directamente la práctica de cuidado, se debe redistribuir con base a este principio de reciprocidad y reproducción de la vida.
En este sentido, el cuidado es parte fundamental para la reproducción de la vida, del sostenimiento de la sociedad y de la reproducción del sistema capitalista y mercantil. Así, hablar de cuidado desde una estructura macrosocial nos lleva a plantear un marco de comprensión del lugar que ocupa y debe ocupar el cuidado en la sociedad contemporánea.

Tal como refiere Tronto (1993) “de manera amplia y global, se trata de las “actividades de la especie que incluyen todo lo que hacemos para mantener, continuar y reparar el mundo en el que vivimos, haciéndolo lo mejor posible” (p. 103).
Referencias
- Benería, L. (2003). Gender, Development and Globalization. Economics as if All People Mattered”. London: Routledge.
- Elson, D. (2005). “Unpaid Work, the Millennium Development Goals, and Capital Accumulation”. Paper presented at the conference on Unpaid Work and the Economy: Gender, Poverty and the Millennium Development Goals, United Nations Development Programme and Levy Economics Institute of Bard College, Annandale-on-Hudson, New York, 1–3 October.
- Esquivel, V., Faur, E. y Jelin, E. (2012). Las lógicas del cuidado infantil. Entre las familias, el mercado y el Estado. Buenos Aires: IDES.
- Faur, E. (2017). ¿Cuidar o educar? hacia una pedagogía del cuidado. Interior_Encrucijadas_entre_cuidar_educar, 87: pp. 87-114.
- Folbre, N. (2006a). “Measuring Care: Gender, Empowerment, and the Care Economy”, Journal of Human Development, 7: p. 2.
- Tronto, J.C. (1993). Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. Routledge, New York: Routledge.