Por Karla Mijangos Fuentes

Desde que quedé atrapada entre lxs enfermerxs diversxs y disidentes, muchos han sido los trazos arquitectónicos que he imaginado sobre mi conciencia reconstruida y, otras líneas más, las he dibujado sobre el futuro de la enfermería.
A partir de este reto artístico, pero también epistémico, he visto trazos no tan definidos, un tanto opacos y, otros más, menos rectos, debido a que han marcado el inicio de muchos espirales que hacen más complejo el fenómeno del tema de la liberación y autonomía de la enfermería.
Muchas veces he cuestionado que la autonomía de la enfermería esta fincada en el no reconocimiento legal, político y social, y como consecuencia, la falta de retribución económica de lxs profesionales de la enfermería. No obstante, este es un discurso que sigue persistiendo, incluso, superado por la realidad, pero nada trascendente en la vida profesional de lxs enfermerxs, debido a que dicho concepto de autonomía se sigue pensando tan superficialmente, tal y como se piensa al zoon politikon como un ser despolitizado y acrítico.
Asimismo, entre los cuestionamientos que cada semana tejemos dentro del grupo de enfermerxs diversxs, sigue reproduciéndose la idea de la jerarquización, el tema de los estándares canónicos que todavía transitan en el hacer y ser enfermerx, sin embargo, siempre terminamos con una conclusión que nos duele, pero que necesitamos decir con voz alta para que el dolor salga del cuerpo y se transforme en cambio: “La propia marginación de la enfermería se produce y reproduce dentro de la misma enfermería”.
Es una verdad que duele, pero que si no atendemos desde la raíz, la marginación y la dominación, se sigue normalizando nuestra naturaleza como hijxs del patriarcado, de la colonización, de la heteronormatividad y del lugar que como mujeres hemos ocupado por siempre dentro de nuestra sociedad. Así, podemos dar cuenta que la marginación y la misoginia la reproducimos nosotrxs mismxs, no por querer seguir dominadxs, sino porque somxs parte del mismo molde que cada día se rellena para producir panques decorados, bajo la misma receta y con el mismo sabor, por ende, ni siquiera damos cuenta que el molde puede y debe ser cambiado.
Se dice que somxs hijxs del patriarcado y del colonialismo, porque al estar insertxs en una familia también creamos lazos simbólicos que nos unen a los integrantes, por ende, nos obligan a aceptar a nuestros padres, hermanxs, tíos/as y demás familiares que, a pesar de maltratarnos, debemos seguir honrando, venerando y amando. Y justo, el casamiento con la profesión enfermera, nos hace ser hijxs de todo lo que en ella se reproduce, sea adecuado o no, porque al ser familia aceptamos las obligaciones más que los derechos, los cuales son pocxs y muy precisos. Así, el pago por proporcionar un cuidado profesional, no lo conciliamos en forma de derecho, debido a que la profesión sigue cuidando del recurso básico y necesario para la reproducción del capitalismo y el patriarcado (el ser humano), por el contrario, el pago lo seguimos discutiendo como una obligación condescendiente del Estado.
En este sentido, muchas veces hemos escuchado la frase “empoderamiento de la enfermera/o”, una oración que, para mí, sigue estando vacía y carente de sentido ontológico y epistemológico, porque como refiere Carla Lonzi (2018, p.12) “estamos a la altura de un universo sin respuesta”.
Es decir, el empoderamiento se sigue pensando desde una lógica de la resiliencia moderna, de la aceptación acrítica, del universalismo vertical y desde el individualismo hegemónico bajo el cual se ha construido toda la historia del universo. Un empoderamiento que se orienta hacia la apertura y asignación de puestos de poder y toma decisiones, sobre personas o enfermeras/os que ostentan dicho título, pero que permanecen carentes de poder y emancipación.
Tal y como refiere Verónica Gago (2018), se pueden otorgar puestos de poder a las mujeres, a las enfermeras y a quienes siempre han sido vistos como otredades, pero mientras el empoderamiento no se trence desde lo epistémico y la liberación de la conciencia, la toma de los puestos de poder serán inválidas, porque sólo servirán para hacer feliz al oprimido que sigue oprimiendo a su misma clase.
Por ejemplo, seguimos implorando a Hegel como doctrina y filosofía del espíritu, cuando fue él quien nos posicionó a las mujeres al mundo animal, al espacio de lo privado y al ejercicio de la piedad (Verónica Gago, 2018). Es decir, Hegel siempre pensó en la liberación del espíritu, pero no un espíritu pluriverso, sino monoteísta y androcéntrico, entonces para Hegel, son los hombres quienes pertenecen al principio de la virilidad que preside a la familia y quienes deberán liberarse.
En cambio, son las mujeres, las que pertenecen al principio de lo divino femenino que preside a la comunidad, por tanto, al enemigo interno que se habrá de esencializar, de cercenar, de regular y controlar (Gago, 2018). Desde esta mirada, la comunidad esencializada que se corresponde con la mujer, inhibe a la creatividad, la juntanza, la solidaridad y la autoregeneración.
Así, la autopoiesis de lo comunitario queda demarcada por la emancipación y empoderamiento del hombre (en sentido universal y conceptual, no de un tipo preciso de hombre), y por el congelamiento de lo originario, porque en el empoderamiento globalizado se ocultan los trazos históricos y de capacidad política vital de las mujeres, quedando todo ello al margen y camino de la identidad emblemática folklorizante y de la vulnerabilidad subjetiva infinita de las mujeres y de todo lo propiamente feminizado (Lonzi, 2018).
En esta analogía y posicionamiento en el que nos ubicó Hegel, desde la comunidad, la mujer que rechaza a la familia y todo lo plenamente normalizado desde la misma (Trabajo no remunerado y desvalorizado, pero si obligatorio, así como la función de la reproducción sexual sin consentimiento y conciencia, pero si romantizada) es lo que nos lleva a una verdadera rebelión (Gago, 2018). En esta dirección, la enfermera que rechaza a la familia dentro de la profesión, reivindica su espíritu comunitario y su identidad autogestionada, autonombrada y autogobernada.
Es decir, a partir de lo que describe Verónica Gago (2018) , la familia dentro del mundo moderno de la enfermería, se corresponde con las instituciones, lo constituyente, las normas institucionales dominantes, la academización de la crueldad, la cosificación de los cuerpos, la patologización de la sociedad, la competencia desigual, el imperialismo que nos marca el camino, las imposiciones jerárquicas, los lenguajes colonizadores con los que nos comunicamos y los sentimos como nuestrxs sin reconocer que son los que nos dominan, y así, podemos seguir en esta esencialización de lo familiar sin nunca terminar de mencionar todos los dispositivos que llevamos tatuados al cuerpo.
En este entramado, ya teniendo presente el congelamiento de lo comunitario y lo originario como mujeres antes que como enfermeras, seguiremos en el camino de la modernidad emancipada (Gargallo, 2012). Porque seguimos en el camino del reconocimiento de una sola modernidad, la que excluye a las mujeres y a las enfermeras de su propia historia. Así, Silvia Cusicanqui (2012) refiere que la modernidad emancipada nos obliga a arrancar nuestra propia historia para salvaguardar el poder y los privilegios de los ya modernos, los que siempre han tenido el privilegio y la historia dentro de la sociedad.
En este tenor, emanciparnos sin conciencia muchas veces nos puede llevar a enterrar las propias herramientas de nuestra liberación, o, como apunta Todorov (2008, p.189)…
“Quien solo tiene la función de producir objetos o servicios, no tiene por qué pensar a quién les servirán, ni tiene derecho a rebelarse o autodefinirse; es decir, no puede ser considerado como un sujeto de la historia, alguien incapaz de narrarla y, por ende, hacerla”.
Desde esta mirada, la rebelión no está directamente relacionada con solicitar puestos de poder, exigir sueldos justos, sino en desobedecer para desubicar y desposicionar y, esto exige dos movimientos: pensar en la posición en la que hemos sido colocadxs, socializadxs y fijadxs. Esto nos lleva a subvertirnos sin desplazarnos al lugar del dominador. Lo siguiente es, la mediación femenina con el mundo, un movimiento que elude, desintegra, erosiona, desverticaliza, desintegra la enemistad histórica y, sobre todo, despatriarcaliza y descoloniza el entronque hegemónico que sostiene el edificio de la dominación.
En consecuencia, si pensamos en el empoderamiento para destronar de la identidad enfermerx a los técnicos y/o auxiliares de enfermería simplemente buscamos el pacto patriarcal para sentirnos dominantes en un mundo dominado. En general, si nos empoderamos para poder desacreditar a otrxs enfermerxs, seguiremos reproduciendo nuestra esclavitud; si nos emancipamos de la enfermería latinoamericana, seguiremos siendo los intentos de enfermerxs europeos y/o norteamericanos que nunca alcanzan la sangre azul, a pesar de la limpieza constante de la misma.
Hasta aquí, no puedo saber si los puntos clave han quedado descifrados, pero sí que he intentado ser clara con las precisiones aquí marcadas, y principalmente, señalar que el empoderamiento es el concepto más bello que ha encontrado el sistema imperial para seguir encantando nuestra vocación, liderazgo y hacer/ser enfermerx, porque más vale llenarnos de elogios compuestos y mitos románticos, que liberarnos para crear rebeliones.
En contraparte, podemos dar cuenta que colaborar con la rebelión femenina, es liberarse de la opresión de los cuerpos feminizados y, sí podemos hablar de un cuerpo altamente feminizado, la enfermería no puede quedar desanclada.
“Nosotras somos el pasado oscuro del mundo, nosotras realizamos el presente” (Gago, 2018, p.13.) porque nadie puede dar voz por el otro más que ese otro.
REFERENCIAS
- Gargallo, C.F. (2012). Feminismos desde Abya Yala. Ciudad de México: Ediciones desde abajo.
- Lonzi, C. (2018). Escupamos sobre Hegel y otros escritos. Marid: Traficante de sueños.