LA INTERACCIÓN FEMINISMO Y SALUD DE LAS MUJERES

Por Karla Ivonne Mijangos Fuentes_ Círculo Feminista Alaide Foppa

“El patriarcado supone un sufrimiento añadido a lo que conlleva ya vivir (…) Las mujeres llevan una sobrecarga natural y física por los cuidados y por las dobles jornadas (…) Tenemos un deterioro de la salud por las múltiples violencias a las que estamos sometidas por la feminización de la pobreza y por tantos factores que ya sabemos” (Belén Nogueiras García, 2021).

Introducción

Durante la conversación virtual que sostuvo el Círculo Feminista Alaíde Foppa de la mano de Belén Nogueiras (2021), se presentaron diversos engranajes teóricos que fundamentan la interrelación del feminismo y la salud, porque está claro que no se puede intervenir en los cuerpos de las mujeres sin el paradigma feminista.

En este sentido, Belén Nogueiras (2021) durante su intervención nos ofrece una pincelada sobre la importancia de dicha mirada feminista, y de cómo esta epistemología de la mujer, cobra sentido en la vindicación de los derechos de las mujeres a una atención integral y digna de la salud.

A partir de esta idea, Nogueiras (2021) hace un recorrido histórico por las olas del feminismo, explicando brevemente el papel estratégico de las mujeres en el campo de la salud. Así, ella parte de la historia donde las mujeres eran las responsables de orientar, mantener y recuperar la salud femenina desde una identidad como sanadoras, para después ser expropiadas de dicho conocimiento y poder sobre la salud, y cómo este hecho, contribuyó notablemente al androcentrismo científico sobre el mundo y la vida, específicamente el de las mujeres.

Y justo en este abordaje histórico del feminismo, también pudimos ser testigas de cómo el concepto de salud fue uno de los aspectos centrales que abordaron los primeros textos feministas, ya que social y culturalmente, las enfermedades de las mujeres se consideraban como una vulnerabilidad biológica de nuestro propio sexo, por tanto, las primeras aproximaciones teóricas impugnaron estas ideas.

Nogueiras insistía que era necesario des(individualizar) y des(biologizar) las enfermedades de las mujeres, para hablar de la salud de las mismas, pero desde un componente biopsicosociopolítico, ya que este es y ha sido uno de los mayores retos teóricos que se nos presenta con el feminismo, y desde el cual Belén nos hace sus reflexiones muy puntuales.

Cabe mencionar que la Doctora Nogueiras no está excluyendo lo biológico en la comprensión de la salud de las mujeres, por el contrario, ella señala que el feminismo, sin excluir al componente biológico, pudo complejizar la atención y el mantenimiento de la salud, a partir de la incorporación de otros elementos estructurales que patologizan los cuerpos de las mujeres.

Es así como Nogueiras (2018), explica que los cuerpos de las mujeres no se enferman por su propia naturaleza o condición de sexo, se enferman por la construcción social que el patriarcado ha configurado a su identidad de género femenino, por ejemplo, la sobrecarga de cuidados, la feminización de la pobreza, la subordinación de sus cuerpos, por mencionar algunos de los roles asignados que terminan por enfermar a las mujeres. A continuación, se explican más detalladamente los puntos sobre los que reflexionó la Doctora Belén.

La salud en la historia de las mujeres: un breve recorrido.

Belén Nogueiras (2021) comienza explicando que el feminismo está reparando la deuda histórica, política y social de las mujeres en la construcción de la salud, porque no debemos olvidar que quienes ostentaban el conocimiento de la salud eran las sanadoras, parteras y brujas, es decir, eran ellas quienes asistían a las poblaciones más vulnerables, y fueron ellas, las que precedieron a las hoy denominadas profesiones sanitarias.

Y gracias a esta idea, vindicamos el papel fundamental del conocimiento creativo de las mujeres en la construcción del conocimiento científico sobre el cuerpo humano, del cual se apropiaron y apoderaron los hombres a partir de la institucionalización de las universidades; adueñándose del campo profesional de las mujeres, y con ello, obteniendo poder social, reconocimiento, poder económico y territorial sobre el cuerpo de las mismas.

Sin embargo, no fue hasta siete siglos después del S. XIV que Sandra Harding (1996) cuestiona la neutralidad de la ciencia, porque ella daba cuenta de la ausencia de las mujeres para el acceso a la educación y para la obtención de títulos profesionales, además de la exclusión de las mismas del ámbito público; consecuencias que hasta la fecha sigue cobrando la vida de las mujeres.

Muchas de estas vidas cobradas y consecuencias vividas, las pudimos reflexionar con la institución de la violencia patriarcal a partir de la exclusión de las mujeres en la comprensión del sistema mundo, por ejemplo, la quema de brujas y la exclusión de los discursos científicos de las mujeres, fueron dos de los acontecimientos más importantes, tanto para el protagonismo masculino en y para la salud, como para la disidencia de las mujeres hacia la movilización por la recuperación de dicho poder.

A partir de este acontecimiento, Belén Nogueiras nos desplazó hasta la ola feminista del sufragismo, desde los postulados teóricos de Mary Wollstonecraft (1972), quién empezó a cuestionar el derecho a la educación, la inferioridad, la desigualdad, la dominación y el enfoque de tipo causal natural y sexo genérico de enfermedad en las mujeres, es palabras de Nogueiras (2021) “durante esa época, nuestra mala salud fue la culpa para desarrollar problemas físicos, emocionales y la locura.”

En este entendido, no es para menos señalar que los primeros textos sufragistas de Mary Wollstonecraft (1972) impugnaron esta idea, para renombrar que las mujeres sí presentaban enfermedades y malestares, pero no debidas a su feminidad, si no a las limitaciones que el patriarcado les imponía en sus vidas (Nogueiras, 2021).

Una de las restricciones que el patriarcado ha incorporado, es quitar a las mujeres cualquier fuente de poder, y la salud es una potentísima fuente de poder señala Nogueiras (2021). Por tanto, las mujeres al ser expropiadas del conocimiento y poder sobre su cuerpo y salud, pierden todo tipo de energía y alegría para vivir, por consiguiente, quedan débiles física, emocional, económica, psicológica, simbólica y culturalmente; y así la enfermedad, no es más que la consecuencia final del agotamiento de sus cuerpos.

Comprender todo esto no ha sido tan fácil, tal como refiere Nogueiras (2021), la ola del sufragismo nos introyecto en la perspectiva de género para comprender nuestra realidad, nuestros malestares y enfermedades como mujeres, ya que el feminismo fue ese paradigma que necesitábamos para iluminar nuestras mentes y conciencias.

Ya con el inicio del feminismo radical, se consiguió que las mujeres pudieran ingresar a los estudios de la medicina en el año 1882, en España. Y justo dos de estas mujeres que se formaron como médicas, culminaron con estudios doctorales de medicina, impugnando a través de sus tesis los discursos patriarcales que sostenían la incapacidad natural de las mujeres para los estudios (Nogueiras, 2021).

Cabe mencionar que, la Doctora Nogueiras refería que dichas doctoras iniciaron en España el movimiento de las mujeres por la salud, formando así, consultorios médicos para atender a mujeres de bajos recursos, de barrios desfavorecidos, y principalmente, crearon estrategias de autoconocimiento, autocuidado, derechos sexuales y reproductivos para las mujeres, para que éstas crearan mayor autonomía, menos dependencia hacia los sistemas de salud y médico, menos medicalización de sus cuerpos sobre procesos que se llegaron a considerar patológicos tales como la menstruación y la menopausia, y finalmente, encontrar un horizonte para mirar hacia adentro y lo personal como un lugar político (Taboada Leonor, 2000).

Porque justo el movimiento feminista radical que nació en EE.UU. en el año 1971 se caracterizó por promover la salud, a través del conocimiento del propio cuerpo en materia de salud y sexualidad de las mujeres. Y principalmente, haciendo muchos cuestionamientos a la práctica médica hegemónica y heteronormada de esa época (Martínez Alba, 2018; 2019).

Estos hechos fueron el parteaguas de otros derechos que se lograron en España y en todo el mundo con los movimientos feministas, por ejemplo, evitar que la anticoncepción fuera química y patológica, nombrar a las violencias obstétricas por su nombre, conocer formas alternativas de autoconocimiento vulvar como una forma de liberación, asistir a los centros de planificación familiar “planning” con perspectiva de género para la atención digna y amorosa de partos y cuidados reproductivos, ya que previamente sólo los ginecólogos tenían el control y potestad sobre estas tareas (Morgen Sarah, 2002).

No obstante, uno de los principales logros que la historia feminista ha tenido en la salud de las mujeres, es y ha sido generar nuevo conocimiento, porque las feministas han traducido a lo largo de toda la historia los conocimientos que van descubriendo en políticas públicas y leyes que protejan la salud y los cuerpos de las mujeres, porque como señala Nogueiras (2021) “el conocimiento feminista no nace de la academia, las mujeres construyen conocimiento a través de las experiencias de vida.”

La incorporación de la mirada feminista en el campo de la salud.

Como señaló Nogueiras (2021) en muchos momentos del conversatorio, la historia feminista nos permite vindicar el papel de las mujeres, de sus movimientos y de sus construcciones teóricas en la comprensión de nuestra salud y sus malestares como consecuencia de un sistema de dominación patriarcal, porque como refieren muchos colectivos feministas, las enfermedades y problemas que hoy y siempre han tenido las mujeres son debidas a las reglas que impusieron los hombres.

Es por ello que la Doctora Belén, nos recordaba a Betty Friedman y su concepto de la mística de la feminidad, para analizar el poder de los imaginarios en la construcción de la figura femenina, el instinto maternal como natural, la polimedicalización sistemática y/o normalizada y la patologización y/o amnesia mental de las mujeres para seguir manteniendo las situaciones que las llevan a perder la salud y la vida.

Asimismo, la historia no es solo para conmemorar fechas, si no para comprender nuestra realidad a partir de recorrer sus pasos. En esta línea, incorporar la mirada feminista en los sistemas y profesionales de la salud, más que una moda, es una deuda que tenemos con las mujeres, puesto que los profesionales deben ser los aliados y no los inquisidores de las mujeres.

Así, incorporar el paradigma feminista en las profesiones de la salud, es recordar el papel que la psicología, la medicina, la enfermería y otras profesiones han tenido en la patologización y psicologización de los problemas de las mujeres, así como en la individualización intrapsiquíca y en la medicalización para anestesiar las violencias que ellas viven cotidianamente, todo ello, derivado de la falta de conocimiento de los profesionales para aproximarse a las condiciones y contextualización de la vida de las mismas (Nogueiras, 2021).

Dentro de todas estas aproximaciones, la teoría feminista ha modificado el concepto de salud enunciado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cual prima la individualización de los problemas de las mujeres, en tanto, el feminismo colectiviza el malestar y resalta las enfermedades como producto de un daño estructural que viene desde arriba, y que ha creado una subjetividad subordinada permanente en las mujeres a través del paradigma patriarcal (Nogueiras, 2021).

Conclusiones

Es importante dejar de individualizar los problemas de las mujeres y comenzar a colectivizar el malestar. Y para ello, es necesario mirar las estructuras que dañan la salud de las mujeres desde los componentes físicos, sociales, políticos, económicos, psicológicos, emocionales, culturales y simbólicos, y principalmente, reconocer que el principal malestar de las mujeres es el patriarcado (Nogueiras, 2021).

Asimismo, cobra relevancia reconocer que uno de los elementos de dominación que incorpora el patriarcado a su estructura, es el dispositivo del lenguaje, porque es a través del mismo que comprendemos el mundo, pero es a partir del mismo que distorsionamos nuestro cuerpo y salud, por tanto, el lenguaje que utilizamos y el sentido que damos al mismo al pronunciarlo y enunciarlo, es lo que hace que diagnostiquemos o etiquetemos, orientemos o impongamos, colectivicemos o individualicemos, hablemos en clave de malestar o en clave de patología.

Desde esta perspectiva, el feminismo nos permite entender el sufrimiento y malestar de las mujeres a través de la historia, por ende, la incorporación de sus postulados teóricos en la formación de los profesionales de la salud, se hace imprescindible para empoderar a las mujeres sobre la autogestión, el autoconocimiento y el autocuidado.

De la misma forma, el feminismo al construir el conocimiento de la salud de las mujeres a partir del conocimiento experiencial, permite que sigamos tallereando y creando estrategias y espacios innovadores y seguros para la interacción e intercambio de malestares, vivencias y dificultades, y a partir de ello, generar nuevas herramientas para que las mujeres tengan más poder (Nogueiras, 2021).

Finalmente, nos quedamos con la idea fundamental que el patriarcado no es un concepto sin sentido, sin anclaje y ni objetivación, por tanto, es un sistema de representación y dominación que produce malestares, enfermedades y muerte a las mujeres.

Referencias

  • Friedman, Betty (2009). La mística de la feminidad. Madrid: Ediciones Cátedra Universitat de Valencia. Instituto de la Mujer.
  • Harding Sandra (1996). Ciencia y feminismo. Madrid: Ediciones Morata.
  • Martínez Rebolledo, Alba (2018). La educación como herramienta política en el movimiento feminista español: el movimiento self-help (1976-1985). En Victoria Robles Sanjuan, Educadoras en tiempos de transición (pg. 81-109). Madrid: Los libros de la Catarata.
  • Martínez Rebolledo, Alba (2019). Grupos de autoconocimiento en el movimiento para la salud de las mujeres durante la transición política española: El self-help y el autoconocimiento desde una perspectiva pedagógica. Atlánticas-Revista Internacional de Estudios Feministas, 4 (1): 32-63.
  • Morgen, Sarah (2002). Into our own hand: the Women’s Health Movement in the United States 1969-1990. Rutgers University Press.
  • Nogueiras, Belén (2018). La teoría feminista aplicada al ámbito de la salud de las mujeres: discursos y prácticas (España, 1975-2013). Madrid: Universidad Complutense de Madrid. Recuperado el 17 de octubre de 2019, de https://eprints.ucm.es/49892/1/T40529.pdf
  • Taboada, Leonor (2000). De feministas y espéculos. Revista Mujer y Salud, (5): 9-11.
  • Wollstonecraft, Mary (1972). Vindicación de los derechos de la mujer. Biblioteca libre Omegalfa.

12 DE MAYO, DÍA INTERNACIONAL DE LA ENFERMERÍA

¿QUÉ CELEBRAMOS O PARA QUÉ?

Por Karla Ivonne Mijangos Fuentes

Se acerca el 12 de mayo, ya los años han pasado desde que me gradué y nunca me había cuestionado ésto, tan profundamente como ahora ¿Qué es lo que realmente se festeja el 12 de mayo?

Esto lo cuestiono porque toda vez que se conmemora el aniversario de una fecha importante, siempre nos tomamos el tiempo y el espacio para reflexionar sobre las luchas que envuelven a determinada fecha, o sobre la importancia de esa profesión para nuestras sociedades y sobre las formas precarias o condiciones adversas en las que se desarrolló ese objeto de estudio o análisis.

En cambio, cuando recuerdo el aniversario del día internacional de la enfermería, se me vienen a la memoria anécdotas de pasteles o convivencias desarrollados entre lxs compañerxs de trabajo, el baile del día de la enfermera, la rifa de regalos, el festejo de los colegiados de enfermería, los congresos nacionales e internacionales con ponentes de gran investidura; los abrazos por aquí y por allá, etcétera.

En este acontecer, es que desde hace algunos años y ahora con mayor intensidad me lleno de dudas, rupturas emocionales y epistémicas sobre lo que realmente debiéramos hacer ese día, porque todo festejo conmemorativo de esta fecha queda tan lacrado al campo profesional de la enfermería, es decir, pareciera no importarle a nadie más que a los profesionales de la enfermería, como si la profesión sólo fuera de índole privada y de interés geolocalizado e individualista.

Es en este sentido que frente al grupo de enfermerxs diversxs y disidentes les hacía este simple cuestionamiento previamente descrito. Fue muy curioso que entre todxs no logramos conciliar un motivo justo, ético, epistémico, ontológico, corporal y político que argumentará con fundamentos aceptables el o los motivos para festejar este día, y peor aún, cómo deberíamos conmemorar un día que reconocemos necesario no solamente para la ENFERMERÍA como concepto universal y globalizador, sino todo lo que del propio concepto emana, tal es el caso de la lucha por la Salud Pública y Universal, la sanación integral de la sociedad, la recuperación de la autonomía corporal de las mujeres, la erradicación de las desigualdades y/o vulnerabilidades y el acceso al cuidado como un derecho humano y dignificante de las personas.

Es aquí donde el día de la enfermería va cobrando un sentido político y económico, incluso geográfico o territorial, porque se puede deducir que la enfermería ya no sólo pertenece a un campo profesional, sino que es responsabilidad de toda la sociedad que la conserva y mantiene. Así, la enfermería ya no se ve ensimismada en querer visibilizar la lucha desde lo micro a lo intra, sino desde lo micro y macro a lo externo.

El 12 de mayo se ha oficializado a nivel global como el día internacional de la enfermería, más allá de señalar que a Florence Nightingale le debemos este honor _y que reconocemos_ que algunas cosas debemos rescatar y analizar de este personaje sobre la consolidación de la “Enfermería Moderna”, es importante que retomemos y abracemos este día dándole un giro ontológico, emancipador y político, porque como ya se dijo, es obvio que necesitamos de un día al año para incentivar la lucha colectiva por y para la profesión.

En este sentido, el 12 de mayo debe ser el día donde se haga necesario reconocer la historia de lucha social, política y económica que las enfermeras han creado en favor de una sociedad sana, con enfoque de derechos humanos y dignificante para la vida anticapitalista y antimercantilista de las corporalidades. Asimismo, el 12 de mayo debe deificar los derechos humanos y profesionales de las enfermeras/os/es por un mundo más justo, equitativo, interseccional, libre de violencias y discriminaciones, tal y como ocurre con la lucha de las mujeres en el 8M (INMUJERES, 2022).

Siguiendo al movimiento del 8M, el día internacional de la enfermería debe aliarse a la lucha de las mujeres contra la precarización laboral, la falta de paridad de género en la política y en lo laboral, la desfeminización y desgenerizacion del cuidado de la enfermería, la conciliación temporo-espacial del trabajo de cuidado profesional y personal, y por supuesto, mejorar las condiciones de vida de las enfermeras en igualdad con la vida de los hombres (INMUJERES, 2022).

En este tenor, el día de la enfermería debe ser un día de lucha, de fuerza revolucionaria, de activismo político y social y de búsqueda feroz de una mejor calidad de vida profesional para las enfermeras/os. Cabe mencionar que son importantes los festejos, pero la historia no miente cuando damos cuenta que la enfermería se ha mantenido estancada y por fuera del ámbito de derechos humanos y laborales.

En general, debemos decir que hemos avanzado como Ciencia, pero seguimos sin tener injerencia política en la toma de decisiones sobre las propuestas de Códigos Sanitarios y de Salud Pública; y sobra decir que se reconoce por la historia que la enfermería ha sido un actor clave en el desarrollo de la Salud de los diversos países. Entonces, aquí nos seguimos cuestionando la colonialidad de una ciencia patriarcalizada, hegemónica y biologicista que sigue minorizando y subalternando otros saberes y corporalidades como la ciencia enfermera (Dussel, 1992). Y la pregunta que surge es: ¿Debemos seguir reproduciendo el mismo modelo?

La respuesta no la tenemos nosotrxs, pero si reafirmamos que “quien no conoce su historia está condenada a repetirla” (INMUJERES, 2022), por tanto, más de 100 años de historia no son un tintero que debemos desechar porque justo ahí esta la memoria de los que arriesgaron, lucharon, decidieron y tomaron decisiones a su debido tiempo, y hoy podemos ver y vivir los estragos de esas decisiones.

Entonces, cada 12 de mayo debe servirnos para reivindicar todas las luchas y esfuerzos de las enfermeras que sueñan con transformar y reencantar el mundo de la enfermería como refiere Silvia Federici (2020). Reencantar la enfermería es una misión que como enfermeras/os debemos apegar a nuestra lucha corporal y colectiva, porque cada día vemos el alejamiento de miles de enfermeras/os del ejercicio profesional; un hecho histórico que ha ocurrido desde años anteriores, por lo menos desde el año 1934 (Lázaro Cárdenas del Río) que se tiene registro, cuando las autoridades de salubridad estaban preocupados por este fenómeno de fugas de cerebro (Archivo General de la Nación, Sección Lázaro Cárdenas del Río, serie Salud, 1934).

En este sentido, vemos que el exilio de la enfermería es un fenómeno histórico que se reafirma con las condiciones laborales y de vida que experimentan las enfermeras en su cotidianidad, sin olvidar que se alude al termino laboral en un sentido más amplio y no mitificado al hecho de los sueldos, más bien nos referimos al exceso de la burocratización de la profesión, el cual prioriza los cuidados cuantitativos sobre los cualitativos; al sentido taxonomista de cercenar los signos y síntomas corporales, tan alejados y descontextualizados de las subjetividades y forma de vida de las personas; al sistema violento y patriarcal que atraviesa la vida de las enfermeras; a la verticalidad y jerarquización que discrimina e invisibiliza el trabajo de enfermería; la violencia epistémica que ignora la epistemología enfermera; la subjetividad de la enfermería como una actividad de nobleza, vocación, servilismo, abnegación, gratuidad y obediencia; entre otras condiciones labores que (des)identifican a las enfermeras como una profesión de lucha y construcción social.

La pregunta hasta acá es ¿porqué seguir luchando por una enfermería emancipada? Respuestas hay muchas como enfermeras hay, algunas ya se discutieron previamente, otras nos tocarán descubrir a partir de la expansión de la conciencia y la liberación del ser alienado. Sin embargo, las estadísticas no mienten cuando sabemos que en México, tan solo en 2021, se registraron en promedio 3.5 enfermerxs por cada mil habitantes en México; las mujeres representan el 79% y los hombres el 21%; de cada 100 personas dedicadas a esta profesión, y solo 53 eran profesionales; las personas ocupadas en la enfermería trabajaron 41.5 horas a la semana; el 70% laboró de 35 a 48 horas y 14% lo hizo más de 48 horas (INEGI, 2022).

Sin más, el día internacional de la enfermería debe concatenarse a un movimiento epistémico decolonial donde el principal cuestionamiento que subyace, es sí la enfermería debe seguir llamándose como tal, debido a que son los propios conceptos los que nos hunden, y no es para menos, cuando damos cuenta que el concepto de Enfermería es el que nos puede hundir o emancipar.

REFERENCIAS

  • Dussel, E. (1992). 1942 el encubrimiento del otro hacia el origen del mito de la modernidad. México: CLACSO.
  • Federeci, S. (2020). Reencantar el mundo: el feminismo y la política de los comúnes. Méxic: Editorial tinta limón.
  • INEGI (2022). A propósito del día internacional de la enfermería. Disponible en: www.inegi.gob.mx.
  • Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES, 2022). 8 de Marzo, Día Internacional de las Mujeres, un día de reivindicaciones. Disponible en: www.gob.mx 

EXILIARSE DE ENFERMERÍA ¿ES VÁLIDO?

“[…] Empezar siempre de nuevo, hacer, reconstruir y no echar a perder, negarse a burocratizar la mente, entender y vivir la vida como un proceso _vivir para devenir […]”.

Freire, 1997, en Hooks Bell, 2021, p.20.

El exilio conlleva a abandonar la tierra y el patrimonio que nos vio germinar como semillas; aquel espacio suspicaz, audaz, misterioso, caluroso, heterotópico, memorable, incierto y placentero, en fin, un territorio que conoces con los ojos cerrados, con los olores que se aproximan y los sentimientos que revocan ideas fragmentadas de un pasado, presente y futuro prometedor. Y al final de todo, esa tierra habitable y pensable se convierte en un peligro, en esa maleza que acecha al propio y al extraño con igual dureza y singular acoso que termina por expulsar.

Y cuando hablamos de exilio y territorio también hacemos referencia al destierro de los territorios virtuales, es decir, de los espacios cibernéticos que al final se convierten en ese lugar que convoca y reúne afinidades e identidades. Finalmente, entendemos que el territorio también comprende a todas las comunidades emocionales, simbólicas, identitarias y profesionales, por tanto, el exilio también puede surgir desde donde nos formamos para un actuar especializado en sociedad.

En este camino del exilio, cabría preguntarnos _sí nadie nos exilia_ ¿por qué autoexiliarnos? ¿qué perseguimos con el exilio de la enfermería?

Quiero comenzar estas líneas contando mi propio exilio y el de otras personas que ya vivieron esa experiencia, o que aún están en ese proceso doloroso y necesario. Y para ello, es indispensable marcar como hito histórico y coyuntural a la pandemia por COVID-19, porque a partir de esta crisis epidemiológica pudimos conocer la crisis ambiental, la crisis social, la crisis de la salud, la crisis humana y la crisis ideológica y/oepistemológica, por hacer algunas precisiones.

Fue durante la pandemia que nos repensamos en una humanidad sin humanxs, y en una vida que vamos avanzando sin conocer los motivos por fuera de lo productivo, del mundo del trabajo y del autoexilio corporal. Y efectivamente, el autoexilio corporal cobra vida en estos párrafos porque previamente era impensable que dentro de una profesión de salud que promociona la vida y que previene riesgos para las personas, el autoexilio corporal del profesional estuviera tan vigente en el interior de sus valores y pilares de formación.

Cabe hacer esta pausa para recuperar la definición de la Real Academia Española, quien define al exilio como la separación de una persona de la tierra en que vive, y también como el lugar en que vive el exiliado (2021). A partir de ambas definiciones podemos recuperar que la tierra o territorio desde los feminismos comunitarios también reconocen al cuerpo como territorio, por consiguiente, es posible que nuestros pensamientos e ideas colonizadas nos autoexilien del cuerpo-territorio y, es entonces, que el propio cuerpo ocupa un espacio por fuera de nosotrxs, un lugar donde se encuentra con lxs exiliadxs y despojadxs de todo derecho y naturaleza humana.  

En este sentido y abrazando la idea del repensarnos como humanos, recuperamos la reflexión sobre la enfermería como ese motivo político que nos llevó al autoexilio corporal, por tanto, fue la COVID-19 que develó nuestras más ocultas vulnerabilidades como sujetas profesionales, así, desnudó nuestras precariedades, nuestras posiciones y/o privilegios dentro de la estructura y nuestras redes de neuronas alienadas a la heteronorma, la hegemonía, el paternalismo, el patriarcado, el capacitismo, el conservadurismo y la ética utilitarista.

Desde esta perspectiva, la pandemia ocasionó el efecto transgresor de nuestro autoexilio como dijera Bell Hooks porque interpeló con las dinámicas y prácticas regidas por la “norma”, por lo permitido, no obstante, atravesó por la porosidad de nuestras emociones porque transpiró el sufrimiento interno de nuestros cuerpos exiliados (Rojas_Marilú, 2022).

Así, mientras en el año 2020 cuando la pandemia provocaba temores, tragedias y pasos en falso, mi corporalidad practicaba la alquimia para transformar el dolor y la violencia sistémica en un ejercicio de subversión desde lo ontoepistemológico (Rojas_Marilú, 2022). Es decir, el propio proceso de la tesis doctoral me hizo reconocer mi autoexilio, ese destierro de mis emociones, del autocuidado y del ser en todo su esplendor; ese despertar de la conciencia fue liberador al mismo tiempo que doloroso, porque di cuenta de un cuerpo despojado del alma y del espíritu, por tanto, un cuerpo que contiene una estructura y funcionamiento capitalista y deshumanizado.

Se complica traducir estas palabras en conceptos operacionalizantes, sin embargo, las emociones se derrumbaban por el autoexilio derivado de la metástasis profesional que comenzó con la formación y seguía avanzando con el cerebro, los tejidos externos y los órganos internos, y como todo cáncer, mirando un final pronosticado.

El desarrollo de la tesis fue el citotóxico que irrumpió y transgredió el avanzar fluido de aquel mal. Con ello, no quiero afirmar que toda la profesión en su desarrollo sea el cáncer que llega a tu cuerpo, empero, las estructuras elementales que configuran a la profesión poseen un grado de malignidad dado desde lo ontológico (el valor y concepto asignado a la profesión y al profesional), lo epistemológico (las lógicas y dimensiones que articulan nuestra forma de aprender y construir conocimiento para sí mismo y el mundo), lo metodológico (los procesos y métodos que se usan para interpretar verdades, que al final es epistémico).

Es aquí donde la inflexión aparece, porque al igual que la Pachamama, ves a una enfermería que reproduce el cuidado de la vida, alimenta el espíritu de las almas y promueve la justicia en la salud de las poblaciones, empero, es vista como objeto funcional del sistema, por tanto, los elementos axiológicos e ideológicos que se transmiten no son otros, que los que hacen a ese instrumento funcionar a partir de las estructuras que le instalas y adecúas, porque el “común” no es el bien vivir, la ética solidaria ni los derechos diversos pero justos.

Y justo ahora me apropio del término de doloridad que Vilma Piedade (2022) creó, porque como ella misma afirma, la sororidad une y hermana pero no alcanza para las mujeres prietas, y en este caso afirmamos, no alcanza para las mujeres que vivimos en el interior del sistema sanitario, por ende, la doloridad se une a la historia de las mujeres brujas, parteras y sanadoras y al dolor causado por el racismo médico y social que impide la movilidad social, política y epistémica de las enfermeras.

La doloridad lleva en su significado el dolor provocado por el patriarcado, las pedagogías crueles, el racismo, la desigualdad profesional y social, el clasismo y el eurocentrismo inalcanzable desde lo que invoca y desemboca con fluidez. Y es aquí donde el exilio, la fluidez y el equilibrio bordean el desplazamiento epistemológico para sobrevivir.

Como refiere Sylvia Marcos (en Rojas_Marilú, 2022), la exigencia del equilibrio se hace puntual pues para que éste exista debe darse el dinamismo y el flujo, por consiguiente, el equilibrio no se alcanza inamovible y siendo resiliente sino en permanente desplazamiento. Al respecto, Marilú Rojas (2022) refiere que la fluidez está ligada a la erótica, la cual define como esa fuerza interior y política que cada ser vivo posee y que puede traducirse como el espíritu que busca el bien común y la armonía democrática entre todos los seres de la tierra.

Así, la erótica que se irradia desde adentro expande la fuerza de resistencia subversiva que se oponen a los sistemas dominantes y violentos condicionados por los mandatos de género y la verticalidad de las instituciones y en los saberes. Y para lograr este equilibrio fluido, el exilio físico o epistémico se hace prudente para hacer del exiliado/a un retorno a la patria más consciente, amoroso y fluido.

Desde este pensamiento mesoamericano que comprende a nuestros pueblos ancestrales, se dice que las mujeres y hombres permanecemos en constantes tiempos de exilio, es decir, tiempos de subversión.

A este respecto, Marilú Rojas (2022) refiere “Desde mi punto de vista el exilio es un ejercicio de subversión y el derecho de autoexilio es una manera de salir de las formas de violencia de las instituciones que se supone que debieran amarnos, aceptarnos, y respetarnos manteniendo con nosotras relaciones de equidad de género, pero como no es así, pues las mujeres, las personas sexualmente diversas, y algunas otras personas que nos hemos convertido en indeseables por las instituciones hemos optado vivir en el exilio.”

A partir de esta idea, recupero mi autoexilio de la profesión no como un abandonar, sino como un entierro para germinar y producir nuevos frutos y formas de acodo o amorgonamiento; como este método artificial vegetal que consiste en hacer posible la aparición de raíces por medio del calor, de la humedad, de la tierra preparada y de incisiones o ligaduras en las ramas acodadas, formando así nuevos individuos.

El exilio que viví y aún sigo trabajando para devolverme constantemente a la enfermería, cree en una divinidad dinámica y subversiva, en un espíritu que se aleja de las estructuras encorsetadas de las instituciones patriarcales _como refiere Marilú Rojas (2022). Vivimos en un tiempo en que la tolerancia crítica ha desplazado al autosacrificio, a la cuestión de la vocación como arte de dominación patriarcal, la uniformidad como práctica de exclusión y desigualdad, el militarismo como forma de control y al pensamiento teocrático como la estrategia del vigilante y verdugo.

En este sentido, se habla de aceptar una tolerancia condescendiente que abraza la empatía empero no se desancla de la justicia, la reciprocidad, la casa común y la ecoerosofía, éste último es definido por Marilú (2022) como esa fuerza política callejera que se posiciona como un eje profético de subversión y denuncia de los sistemas patriarcales, etnocidas, epistemicidas, antropocidas, porque la tolerancia no puede comprender un siempre recibir y poner la mejilla para que el otro te golpee, o mejor dicho, la tolerancia no puede ser una resiliencia constante.

Cabe mencionar que en el lugar del exilio, me encontré con otrxs exiliadxs, con otrxs hermanxs que vivían sus propios desplazamientos, por ende, en colectivo planteábamos una repatriación que nos descolocará desde lo ontológico y epistemológico en lugares de volver a “ser”, en lugares disidentes y descolonizados, en espacios donde la enfermería está más allá de la Ciencia y el Arte, allá donde la enfermería es un alguien.

En los últimos años de la vida, me he convertido en el espacio de las exiliadas, de aquellxs que se alejan y regresan con el poder político recuperado, con la erótica de subversión y transformación, así, me he transformado en una especie de mayéutica que coloca a lxs enfermerxs en un lugar no pensado y planeado, porque el acto del autoexilio también es político.

Finalmente, quiero culminar este texto señalando que los días 12 de mayo se vale felicitar, conmemorar, reconocer y festejar, no obstante, la invitación queda abierta para la reflexión, la discusión, el análisis y la planeación de nuestros caminos emancipatorios, porque no podemos hablar de una emancipación y empoderamiento cuando es la misma cuna de creación la que nos injerta sobre una forma de constitución y germinación.

“Si el exilio es un recorrido iniciático, es también un ejercicio que pone a prueba nuestra autenticidad: es el abandono de las ilusiones, las utopías, las apariencias, para alcanzar cierta lucidez y aprender a distinguir lo bueno de lo malo, rechazando la falsa tolerancia, que permite una aparente paz interior, por la auténtica tolerancia, que exige la inmersión en lo universal (…) El exilio impuesto ha llegado a ser para mí un exilio voluntario en busca del tiempo perdido y de una resurrección espiritual. Aceptarlo supone en parte volver al menos a uno mismo.”

Bujor Nedelcovici, escritor, ensayista y guionista rumano, El Correo de la UNESCO, 1996-10, Rojas Marilú, 2022.

REFERENCIAS:

  • Bell, Hooks. (2021). Enseñar a transgredir. Madrid: Capitán Swing.
  • Rojas, Salvador; García, Jairo y Alarcón, Melva. (S/F). Propagación Asexual de Plants. Google Libros: Corpoica,  p.26.
  • Piedade, Vilma. (2022). Doloridad. Brasil: Mandacaru.
  • Real Academia Española (2021). Definición de exilio. Madrid: RAE.
  • Rojas, Marilú. (2022). Ero-eco-sofía: la fuerza y el coraje profético feminista como alquimia de los movimientos callejeros. Ephata, 4 (2): 133-48.

“LA PEOR ENEMIGA DE UNA ENFERMERA, ES EL PATRIARCADO”

Por Karla Mijangos Fuentes

Llega el 12 de mayo y los manteles blancos se colocan, las redes sociales se saturan, los pasteles o tortas se hacen notar, los reconocimientos físicos se manifiestan, y justo ese día, todxs somxs felices y nos amamos por ser enfermerxs, o en el mejor de los casos, toda la sociedad nos festeja sin que estén plenamente conscientes de nuestras funciones, y ya, de nuestra presencia.

Al mismo tiempo que pronunció estas palabras siento alegría y tristeza por lo manifestado, porque es cuando me cuestiono sobre todos los años que seguimos en la misma retórica de la palabra y el afecto, y sin más, en la misma disputa del empoderamiento, la autonomía y el reconocimiento. Y consciente de esas problemáticas estoy, pero también con la venda desplazada de mis ojos que me hacen ver y analizar el origen de eso que se presume y carece al unísono.

Me perturba pensar a través de utopías, porque parecen biologizar condiciones e identidades, sin embargo, reconstruir genealogías es una misión urgente para pensarnos como enfermeras, como mujeres, como madres, como hijas y como complementos, porque es así como nos proyectó el mal denominado sistema de salud.

Es decir, un complemento para aquel que ya está destinado a dar órdenes, tanto en el ejercicio de la práctica médica, como en el papel del que recibe y paga por el cuidado, llámese institución, jefe o usuario. Porque el imaginario que se reproduce, sigue estando vigente desde el paradigma de la complementariedad.

Y tenemos tan enraizada la idea del complemento femenino, que luchar por alcanzar un espacio del “no ser” al “ser” nos lleva fervientemente a enemistarnos, a señalarnos y a competir constantemente por ser las elegidas, “las enfermeras buenas”, que como refiere Carmen Alborch (2021), lo bueno no solo es lo contrario a lo malo. Lo bueno se configuró como una deidad que nos invita a ser mujeres dentro de la mística de la feminidad (belleza, inteligencia, verdad y pureza).

En este sentido, el mal o maldad, se incrusta en lo albores de la fealdad, la mentira, lo falso, lo impuro, lo “no ser” mujer. Cabe mencionar que, esta constante que nos mantiene entre el bien y el mal no es biológica sino patriarcal, misógina y machista. Pero es esa constante, la que estamos conscientes de perseguir y reproducir sin saber que, lo que fortalecemos es la desigualdad y complot patriarcal que nos sigue dominando y enemistando.

Nos retuerce decir que hay enemistad y rivalidad, nos provoca disputas reproducir la idea que una enfermera es enemiga de otra enfermera, y perdón por el atrevimiento, pero todo eso es cierto, sin embargo, lo que no es verídico, y por demás un error, es que sigamos comprando y vendiendo la idea que todo esto existe por nuestra condición de mujeres y de enfermeras, es decir, biologizando el problema que se traduce en un determinismo inacabable, en una patología sin cura, en un solo invertir la frase para que se modifique el trato.

En este imaginario de biologizar la rivalidad y guerra entre enfermeras, hemos borrado la cicatriz y la memoria que nos conduce al origen de todos nuestros malestares y guerras “El patriarcado” (Belén Nogueiras, 2018). Aquí me muevo desde el concepto de Dolors Reguant, quien refiere que el patriarcado es esa forma de organización social con todos sus elementos que se basa en la autoridad y liderazgo androcéntrico; un sistema que privilegia el dominio de los hombres sobre las mujeres (en Alborch, 2021).

Y en esta línea de traducción, el patriarcado también reconstituyó la salud y todo el sistema que lo controla y castiga desde una mirada masculina. En este fragmento hago un paréntesis, porque es mi deseo traducir algunos elementos aquí presentes: 1) hablamos de reconstitución de la salud porque como refiere Nogueiras (2018), el conocimiento y manejo de la salud antes del siglo XIV era más sostenido y transmitido por y entre mujeres, por tanto, cuando se instaura el sistema de salud patriarcal se expropia de conocimiento y poder a las mujeres para manejar la salud de los otrxs y de ellas mismas, es decir, se constituye un nuevo sistema de salud que exilia a las mujeres de esta construcción.

2) y al reconstituirse como un sistema de salud patriarcal, habría que conformar toda una empresa colonizadora que trabajara con la aculturación de nuevos saberes que provocaran amnesia en las mujeres, que las proletizaran por ser pobres e indígenas, que las emancipara de su poder sanador, que las hiciera dependientes y medicalizadas, que las convirtiera en histéricas, pero también que las atravesara por la rivalidad y complicidad instrumental al mismo tiempo, porque como apunta Victoria Sau…

            “El centralismo patriarcal permanece cohesionado a costa de mantener divididas a las mujeres” (en Alborch, 2021, p.22)

Pero también les permite ser cómplices cuando el beneficio es a un tercero y la rivalidad se agranda. Por tanto, no se puede hablar de un nuevo orden social, mientras solo se siga invirtiendo la frase “la mejor amiga de una enfermera es otra enfermera”, o cuando se enuncie en sentido vacío sin contexto, sin historia, sin descolonización, sin despatriarcalización, sin sentido. En esta línea, Sau refiere que previo a hablar de nuevo orden hay que recuperar la condición de sujeto, de enfermera, y con ella una identidad social y política.

Y hablar de complicidad, es hablar de pacto y colaboracionismo patriarcal y machista entre enfermeras, el cual no hubiera podido trascender sin la aprobación de las mismas (Victoria Sau, en Alborcho, 2021). Y un claro ejemplo de ello, es la aprobación y reproducción de la guerra en todas sus facetas, tal es el caso de las violencias entre mujeres: el enlace de turno, la entrega de pacientes, la individualización del trabajo, la desacreditación y desvalorización de la otra.

Hablar de romper el pacto, es hablar de identidades políticas y reconocimiento de las enfermeras como sujetas, como fuente epistémica y de cosmovisión, como fuente de conocimiento experiencial, como sujetas de poder y emancipación. Y para ello, hay que “vencer el desapego de estas hacia sí mismas, su desamor” _ dice Marcela Lagarde.

Y en este desapego, seguramente no implica amarnos todas y nunca tener disputas, porque los conflictos siempre permanecen y la historia se traduce a partir de ellos. No obstante, Françoise Collin habla de construir igualdad de derechos, de dejar espacio a las diferencias individuales o colectivas, sin predefinirlas, es decir, sin ser amigas ni enemigas (en Alborch, 2021).

            “Tenemos que aprender a vivir con los conflictos, sin rehuir hablar de ellos, aprender a mostrarnos como mujeres complejas y singulares.” (Carmen Alborch, 2021, p.6).

Nos queda claro que esta asimetría social subordina a las enfermeras, las divide y enfrenta, pero al mismo tiempo las convierte en carnadas para competir y sobrevivir al propio sistema, es decir, competimos para ocupar un lugar en el mundo y un espacio que es muy limitado, dice Alborch (2021).

Competimos para ser completas, buenas e incorporadas al mundo masculino, y cuando hablamos de esto último, hacemos referencia a que el propio sistema de salud es masculino, la ciencia es androcéntrica, la razón es de los hombres, el mundo es de alguien ajeno a las mujeres, y para entrar ahí, hay que ser elegida por los dioses, porque como señala Franca Basaglia “somos mujeres escindidas, eternas secundarias sin protagonismo alguno”.

Y aquí recuerdo a Ornella Tretin cuando decía “Cuando una mujer hiere a otra con una frase irónica o una mirada hostil, se hiere a sí misma; y cada vez que manifiesta menosprecio hacia otra, refuerza todo lo acumulado por la historia sobre la espalda de las mujeres.” (en Alborch, 2021, p.21).

Todas estas dudas históricas e instauradas sobre nuestra valía como mujeres, nos hace desvalorizarnos como enfermeras, y por demás, nos hace desconfiar de la valía de las otras. Una devaluación subjetiva como sujetas de muchos años atrás, y que nos convoca al enfrentamiento. No obstante, no debemos olvidar que lo que provoca el desencuentro entre enfermeras favorece en encuentro entre hombres y sistemas patriarcales.

Como enfermeras, vivimos inmersas en la comparación, y los mecanismos de valoración son siempre comparativos y devaluativos. Estamos midiéndonos constantemente, lo hemos integrado en nuestra conciencia, sin alcanzar nunca el ideal de grandeza, porque, como nos explica Marcela Lagarde, compitiendo permanente..

“siempre se sale dañada: si pierdes, porque has perdido; si ganas, porque ponemos en marcha mecanismos internos de menosprecio que nos envilecen. Estamos en manos de otros en esta valoración.” (en Alborch, 2021, p.26).

Estamos firmes que esto no es lo determinante de las disputas, sin embargo, el camino lo estamos trenzando hacia un horizonte genealógico y epistemológico del cuidado. Uno de los caminos comprende pasar de la rebeldía individual a la colectiva y social. Como refiere Alborch (2021), el sufrimiento y dolor es personal, pero el origen de la subordinación es político, cultural e histórico, los obstáculos son políticos, por tanto, la solución se desplaza a condicionar cambios sobre las condiciones de vida de las mujeres y de las enfermeras.

En este sentido, la conciliación y mediación entre la vida personal, profesional y social, así como la redistribución del tiempo, del espacio, del trabajo, del cuidado y de los recursos, es una misión urgente. Y todo ello implica, cambios legales, estructurales, políticos y culturales. Y una de las claves emancipatorias, es el empoderamiento de las enfermeras, pero no de cualquier poder, se trata de recuperar los poderes individuales y colectivos que desmonten toda forma de opresión y relaciones de poder.

La Rebelión Femenina liberará a la Enfermería.

Por Karla Mijangos Fuentes

Desde que quedé atrapada entre lxs enfermerxs diversxs y disidentes, muchos han sido los trazos arquitectónicos que he imaginado sobre mi conciencia reconstruida y, otras líneas más, las he dibujado sobre el futuro de la enfermería.

A partir de este reto artístico, pero también epistémico, he visto trazos no tan definidos, un tanto opacos y, otros más, menos rectos, debido a que han marcado el inicio de muchos espirales que hacen más complejo el fenómeno del tema de la liberación y autonomía de la enfermería.

Muchas veces he cuestionado que la autonomía de la enfermería esta fincada en el no reconocimiento legal, político y social, y como consecuencia, la falta de retribución económica de lxs profesionales de la enfermería. No obstante, este es un discurso que sigue persistiendo, incluso, superado por la realidad, pero nada trascendente en la vida profesional de lxs enfermerxs, debido a que dicho concepto de autonomía se sigue pensando tan superficialmente, tal y como se piensa al zoon politikon como un ser despolitizado y acrítico.

Asimismo, entre los cuestionamientos que cada semana tejemos dentro del grupo de enfermerxs diversxs, sigue reproduciéndose la idea de la jerarquización, el tema de los estándares canónicos que todavía transitan en el hacer y ser enfermerx, sin embargo, siempre terminamos con una conclusión que nos duele, pero que necesitamos decir con voz alta para que el dolor salga del cuerpo y se transforme en cambio: “La propia marginación de la enfermería se produce y reproduce dentro de la misma enfermería”.

Es una verdad que duele, pero que si no atendemos desde la raíz, la marginación y la dominación, se sigue normalizando nuestra naturaleza como hijxs del patriarcado, de la colonización, de la heteronormatividad y del lugar que como mujeres hemos ocupado por siempre dentro de nuestra sociedad. Así, podemos dar cuenta que la marginación y la misoginia la reproducimos nosotrxs mismxs, no por querer seguir dominadxs, sino porque somxs parte del mismo molde que cada día se rellena para producir panques decorados, bajo la misma receta y con el mismo sabor, por ende, ni siquiera damos cuenta que el molde puede y debe ser cambiado.

Se dice que somxs hijxs del patriarcado y del colonialismo, porque al estar insertxs en una familia también creamos lazos simbólicos que nos unen a los integrantes, por ende, nos obligan a aceptar a nuestros padres, hermanxs, tíos/as y demás familiares que, a pesar de maltratarnos, debemos seguir honrando, venerando y amando. Y justo, el casamiento con la profesión enfermera, nos hace ser hijxs de todo lo que en ella se reproduce, sea adecuado o no, porque al ser familia aceptamos las obligaciones más que los derechos, los cuales son pocxs y muy precisos. Así, el pago por proporcionar un cuidado profesional, no lo conciliamos en forma de derecho, debido a que la profesión sigue cuidando del recurso básico y necesario para la reproducción del capitalismo y el patriarcado (el ser humano), por el contrario, el pago lo seguimos discutiendo como una obligación condescendiente del Estado.

En este sentido, muchas veces hemos escuchado la frase “empoderamiento de la enfermera/o”, una oración que, para mí, sigue estando vacía y carente de sentido ontológico y epistemológico, porque como refiere Carla Lonzi (2018, p.12) “estamos a la altura de un universo sin respuesta”.

Es decir, el empoderamiento se sigue pensando desde una lógica de la resiliencia moderna, de la aceptación acrítica, del universalismo vertical y desde el individualismo hegemónico bajo el cual se ha construido toda la historia del universo. Un empoderamiento que se orienta hacia la apertura y asignación de puestos de poder y toma decisiones, sobre personas o enfermeras/os que ostentan dicho título, pero que permanecen carentes de poder y emancipación.

Tal y como refiere Verónica Gago (2018), se pueden otorgar puestos de poder a las mujeres, a las enfermeras y a quienes siempre han sido vistos como otredades, pero mientras el empoderamiento no se trence desde lo epistémico y la liberación de la conciencia, la toma de los puestos de poder serán inválidas, porque sólo servirán para hacer feliz al oprimido que sigue oprimiendo a su misma clase.

Por ejemplo, seguimos implorando a Hegel como doctrina y filosofía del espíritu, cuando fue él quien nos posicionó a las mujeres al mundo animal, al espacio de lo privado y al ejercicio de la piedad (Verónica Gago, 2018). Es decir, Hegel siempre pensó en la liberación del espíritu, pero no un espíritu pluriverso, sino monoteísta y androcéntrico, entonces para Hegel, son los hombres quienes pertenecen al principio de la virilidad que preside a la familia y quienes deberán liberarse.

En cambio, son las mujeres, las que pertenecen al principio de lo divino femenino que preside a la comunidad, por tanto, al enemigo interno que se habrá de esencializar, de cercenar, de regular y controlar (Gago, 2018). Desde esta mirada, la comunidad esencializada que se corresponde con la mujer, inhibe a la creatividad, la juntanza, la solidaridad y la autoregeneración.

Así, la autopoiesis de lo comunitario queda demarcada por la emancipación y empoderamiento del hombre (en sentido universal y conceptual, no de un tipo preciso de hombre), y por el congelamiento de lo originario, porque en el empoderamiento globalizado se ocultan los trazos históricos y de capacidad política vital de las mujeres, quedando todo ello al margen y camino de la identidad emblemática folklorizante y de la vulnerabilidad subjetiva infinita de las mujeres y de todo lo propiamente feminizado (Lonzi, 2018).

En esta analogía y posicionamiento en el que nos ubicó Hegel, desde la comunidad, la mujer que rechaza a la familia y todo lo plenamente normalizado desde la misma (Trabajo no remunerado y desvalorizado, pero si obligatorio, así como la función de la reproducción sexual sin consentimiento y conciencia, pero si romantizada) es lo que nos lleva a una verdadera rebelión (Gago, 2018). En esta dirección, la enfermera que rechaza a la familia dentro de la profesión, reivindica su espíritu comunitario y su identidad autogestionada, autonombrada y autogobernada.

Es decir, a partir de lo que describe Verónica Gago (2018) , la familia dentro del mundo moderno de la enfermería, se corresponde con las instituciones, lo constituyente, las normas institucionales dominantes, la academización de la crueldad, la cosificación de los cuerpos, la patologización de la sociedad, la competencia desigual, el imperialismo que nos marca el camino, las imposiciones jerárquicas, los lenguajes colonizadores con los que nos comunicamos y los sentimos como nuestrxs sin reconocer que son los que nos dominan, y así, podemos seguir en esta esencialización de lo familiar sin nunca terminar de mencionar todos los dispositivos que llevamos tatuados al cuerpo.

En este entramado, ya teniendo presente el congelamiento de lo comunitario y lo originario como mujeres antes que como enfermeras, seguiremos en el camino de la modernidad emancipada (Gargallo, 2012). Porque seguimos en el camino del reconocimiento de una sola modernidad, la que excluye a las mujeres y a las enfermeras de su propia historia. Así, Silvia Cusicanqui (2012) refiere que la modernidad emancipada nos obliga a arrancar nuestra propia historia para salvaguardar el poder y los privilegios de los ya modernos, los que siempre han tenido el privilegio y la historia dentro de la sociedad.

En este tenor, emanciparnos sin conciencia muchas veces nos puede llevar a enterrar las propias herramientas de nuestra liberación, o, como apunta Todorov (2008, p.189)…

“Quien solo tiene la función de producir objetos o servicios, no tiene por qué pensar a quién les servirán, ni tiene derecho a rebelarse o autodefinirse; es decir, no puede ser considerado como un sujeto de la historia, alguien incapaz de narrarla y, por ende, hacerla”.

Desde esta mirada, la rebelión no está directamente relacionada con solicitar puestos de poder, exigir sueldos justos, sino en desobedecer para desubicar y desposicionar y, esto exige dos movimientos: pensar en la posición en la que hemos sido colocadxs, socializadxs y fijadxs. Esto nos lleva a subvertirnos sin desplazarnos al lugar del dominador. Lo siguiente es, la mediación femenina con el mundo, un movimiento que elude, desintegra, erosiona, desverticaliza, desintegra la enemistad histórica y, sobre todo, despatriarcaliza y descoloniza el entronque hegemónico que sostiene el edificio de la dominación.

En consecuencia, si pensamos en el empoderamiento para destronar de la identidad enfermerx a los técnicos y/o auxiliares de enfermería simplemente buscamos el pacto patriarcal para sentirnos dominantes en un mundo dominado. En general, si nos empoderamos para poder desacreditar a otrxs enfermerxs, seguiremos reproduciendo nuestra esclavitud; si nos emancipamos de la enfermería latinoamericana, seguiremos siendo los intentos de enfermerxs europeos y/o norteamericanos que nunca alcanzan la sangre azul, a pesar de la limpieza constante de la misma.

Hasta aquí, no puedo saber si los puntos clave han quedado descifrados, pero sí que he intentado ser clara con las precisiones aquí marcadas, y principalmente, señalar que el empoderamiento es el concepto más bello que ha encontrado el sistema imperial para seguir encantando nuestra vocación, liderazgo y hacer/ser enfermerx, porque más vale llenarnos de elogios compuestos y mitos románticos, que liberarnos para crear rebeliones.

En contraparte, podemos dar cuenta que colaborar con la rebelión femenina, es liberarse de la opresión de los cuerpos feminizados y, sí podemos hablar de un cuerpo altamente feminizado, la enfermería no puede quedar desanclada.

“Nosotras somos el pasado oscuro del mundo, nosotras realizamos el presente” (Gago, 2018, p.13.) porque nadie puede dar voz por el otro más que ese otro.

REFERENCIAS

  • Gargallo, C.F. (2012). Feminismos desde Abya Yala. Ciudad de México: Ediciones desde abajo.
  • Lonzi, C. (2018). Escupamos sobre Hegel y otros escritos. Marid: Traficante de sueños.

EL CUIDADO COMO NUDO CENTRAL DEL BIENESTAR HUMANO

Por Karla Mijangos Fuentes

Foto: Ruth Haro.

Hablar del cuidado o cuidar, es posicionarse desde un contexto situado a una profesión, que justo, es referirse al cuidado como un patrimonio y forma identitaria de la enfermería, por consiguiente, el acto de cuidar desde esta institucionalización o profesionalización se concentra en un hacer, ser y sentir práctico y técnico que no contempla al cuidado como parte fundamental de la economía de un país.

Asimismo, hablar desde y únicamente del cuidado profesional, es desdibujar el cuidado de una responsabilidad colectiva del bienestar humano, porque es a través de esta profesionalización y educación formal del cuidar, que se objetivan y clasifican las prácticas denominadas y aceptadas como acciones remuneradas y visibilizadas de la producción del cuidado.

En esta línea, la acción y práctica del cuidar desde la institucionalización o desde el ejercicio remunerado del mismo, no termina de desanclarse de una ideología feminizada, romantizada, sexuada, familiocentrada y antropocentrista. Y justo, esta ideología que se enreda a la representación simbólica, social y habitada del cuidado, es la que sostiene la desigualdad, la no reciprocidad, la discrepancia, la no remuneración, la desarticulación del cuidado de las humanidades y la no redistribución igualitaria y solidaria del cuidado, del cuidador y de la persona cuidada.

Intersección del cuidado

Mirar a través de las desigualdades de la construcción del cuidado

En este entendido, el cuidado no intersectorial se deslegitima de un derecho que debe ser cubierto por el Estado, por consiguiente, a nivel social se le concibe como un acto individualizado que adquiere mayor valor y fortaleza en el interior de la institución familiar, porque es en el núcleo de la familia, donde se adjunta y teoriza la causa y consecuencia de todo imaginario de “buen cuidado”. En esta línea, el efecto de la culpabilidad siempre terminará por enraizar y desarmonizar el equilibrio de la familia como estructura formal y universal del cuidado.

En esta idea, aún prevaleciente en muchos lugares, es que los vínculos familiares son el marco y estructura funcional que da como resultado relaciones de cuidado de “alta calidad”, las cuales, a su vez, se deberán basar única y exclusivamente en relaciones afectivas y con fuerte sentido de la responsabilidad. En este entramado, los paradigmas “familísticos” que, también se desplazan al cuidado profesional, anteponen los afectos y el altruismo como fundamento para el trabajo del cuidado hecho por amor, empero, ese altruismo y amor no se distribuye igualmente entre los miembros de las familias, los profesionales que atienden el cuerpo, las instituciones que legitiman la salud y los organismos que prestan la atención , porque muchos aunque amen, no tienen la misma responsabilidad y reciprocidad en el ejercicio del cuidar (Elson, 2005).

Y en este momento, es que surgen las resistencias mentales y corporales: ¿la familia es la única institución posible implicada en el ejercicio del cuidado? ¿la familia puede cuidar de las/os integrantes en un acceso desigual a las oportunidades y servicios? ¿las indicaciones y cuidados profesionales derivados pueden construirse desde y sólo a partir de la estructura familiar? ¿los cuidados profesionales deben basarse en las desigualdades y diversas formas de opresión que viven las familias en cada uno de los contextos? además de preguntar ¿los profesionales del cuidado introducen a las otras instituciones y organismos en el plan del cuidado familiar e individual?

Desde estos planteamientos, muchas son las respuestas, pero personalmente, yo encuentro más cuestionamientos que surgen en la intersección de estas reflexiones. En primer lugar, el cuidado cuando se habla desde una profesión, queda dislocado de otras formas de entendimiento y resiliencia social, más que hablar de resiliencia y/o adaptación individual.

En este entendido, el cuidado profesional queda reducido a una epistemología familística y a un hacer práctico y técnico que, al mismo tiempo, sintetiza la complejidad del cuidar porque lo ancla a la persona y a la familia, al mismo tiempo que, termina por desarticular el cuidado de un estructura, de una historia y de un territorio hecho experiencias.

En esta desarticulación, también existen reapropiaciones del cuidado profesional desde una idealización de la maternidad, por ejemplo, las enfermeras que se comportan “como familiares” son mejores y, por tanto, producen “mejores cuidados” porque se aproximan al estándar romantizado de la familia. Así, el pago de dichos servicios no implica la estandarización del cuidado como un bien mercantilizado y de reproducción capitalista, por consiguiente, una política de remuneración se imposibilita ante las diferencias de las capacidades y condiciones de las/los trabajadores del cuidado, sin embargo, como refiere Elson (2005), de estos trabajadores se espera su profesionalidad, eficiencia, calidad y afectividad del cuidado.

Esta desarticulación del cuidado como un nudo central del bienestar, y concentrado a una praxis profesional y/o no profesional no reconocida, pero si remunerada, o, por el contrario, no reconocida ni remunerada, pero si normada moral y socialmente a la familia, es lo que ha trascendido hacia un cuidado individualizado y que se gesta como un acto de amor y vocación [que también es válido y necesario], empero, esto lo excluye de un aprehensión del cuidado como una acción que requiere reciprocidad y que necesita de la redistribución económica, sexual y regulada para su ejercicio.

Y justo este posicionamiento, o forma diversa de pensar el cuidado, nos sube al autobús de la historia, porque a partir de los movimientos sociales feministas de los años setenta y de esta crítica al pensamiento económico, dimos cuenta que el acto de cuidar no se sostiene sin la participación e intersectorialidad de las diversas instituciones y organismos mundiales, nacionales y locales, además que el acceso desigual a los servicios y derechos van produciendo múltiples formas de opresión, discriminación y dominación entre corporalidades, clases sociales, razas, etnias y géneros. Y en este entender, el cuidado se transforma en un concepto y actuar clasista, en una acción de privilegios y en una pedagogía de la culpabilidad familiocentrista.

Se habla de un cuidado clasista y racista centrado en una forma de visibilidad del cuidado, del que cuida “mejor” y del “mejor” cuidado, porque éste se visibiliza desde un reduccionismo universal de patrones sociales y culturales de relaciones entre
géneros, y por demás, microsocial, es decir, es la persona y la familia, y no las estructuras e instituciones, las responsables de un no cuidado. Además , a ello se suma que el cuidado que se categoriza y denomina como tal, adquiere un alto nivel de objetividad, por tanto, lo que se puede medir es sólo aquello que se deriva de una instrumentalización del cuidando, en contraparte, todo aquello que se produce en la interacción, los afectos, las fuerzas espirituales y corporales se desdibuja de una medición y regulación del ejercicio del cuidado, por consiguiente, es borrado de la carga del cuidar y de la remuneración económica.

Esto que se describe previamente, es lo que sucede con el cuidado profesional y remunerado, porque la validez de un hacer ético y profesional, se instituye desde el hacer objetivo y productivo del cuidado, pero no se piensa desde el hacer reproductivo de la vida, del bienestar social y del derecho humano. Al respecto, si pensamos el cuidado desde una no profesionalización y no remuneración, por ejemplo, en el trabajo doméstico del cuidado, vemos que el debate sobre dicha categoría se hace cada vez más urgente, porque dicho término se enuncia desde el valor moral de la familia y, principalmente, de las mujeres para el ejercicio obligatorio de esta acción, sin que la carga y efectos del cuidado doméstico se midan en función de procesos sociales de producción/reproducción y regímenes de bienestar (Esquivel, 2012).

En esta línea, incluir las dos categorías de trabajo no remunerado, abarcando el trabajo profesional no cuantificable ni comprobable y que se ligan a la producción de bienes, se hace necesario en el debate y construcción de políticas públicas del cuidado: 1) el trabajo no registrado por las dificultades de medición (trabajo domiciliario, trabajo
informal, interacción interpersonal del cuidado, cuidados espirituales, subjetivación del cuidado) y 2) el trabajo de producción de bienes para la autosubsistencia y el autoconsumo de actividades ligadas al acto de cuidar (Benería, 2003).

Desde esta perspectiva, la emancipación y reconfiguración del cuidado colectivo se debe centrar en el proceso de trabajo más que en el lugar y cantidad de producción, porque incluso, y pese a que se hable de cuidado remunerado, existen ciertas actividades que no se contabilizan en la oferta/demanda de las actividades del cuidar, por consiguiente, son actividades que permean la producción de bienestar y la economía. Así, la plusvalía del efecto de los cuidados generan altas ganancias en la lógica mercantil, empero, producen sobreexplotación laboral y dominación corporal sexuada como mecanismo de responsabilidad moral del cuidador, que, por cierto, casi siempre es ejercido por una mujer, o, por un hombre que, también entra en el circulo de la feminización y el familiocentrismo como marcos epistemológicos del cuidado (Folbre, 2006a, p. 186).

En este entendido, una de las líneas muy transparentes y al mismo tiempo, muy invisibles que se entraman en el imaginario moral del cuidado, es la no diferencia entre la casa y el trabajo, tanto en el ámbito profesional como a nivel doméstico, porque la división desigual del trabajo de cuidado y la separación de éste, como un proceso de producción social integrado al mercado capitalista, ha permeado y justificado la explotación doméstica y laboral del trabajador del cuidado, debido a que el cuidado no se ha medido y conceptualizado en términos de economía, mercantilización y reproducción de la fuerza productiva del capitalismo (Faur, 2017).

Desde esta perspectiva, la forma y sentido en cómo una sociedad encara la provisión de cuidado, tiene implicaciones que deben abarcar la igualdad de género, para desfamiliazarizar y despatriarcalizar el cuidado, la feminidad y la maternidad de un rol de género asignado a la mujer (tanto profesional como no profesional). Así, el cuidado desde una mirada no vocacional y romántica, se gesta como la base para la conformación de toda sociedad, por tanto, como un acto que debe quedar en la responsabilidad de las personas e instituciones, y de esta forma, al conformar uno de los procesos de mercado también la remuneración económica del que ejerce directamente la práctica de cuidado, se debe redistribuir con base a este principio de reciprocidad y reproducción de la vida.

En este sentido, el cuidado es parte fundamental para la reproducción de la vida, del sostenimiento de la sociedad y de la reproducción del sistema capitalista y mercantil. Así, hablar de cuidado desde una estructura macrosocial nos lleva a plantear un marco de comprensión del lugar que ocupa y debe ocupar el cuidado en la sociedad contemporánea.

Tal como refiere Tronto (1993) “de manera amplia y global, se trata de las “actividades de la especie que incluyen todo lo que hacemos para mantener, continuar y reparar el mundo en el que vivimos, haciéndolo lo mejor posible” (p. 103).

Referencias

  1. Benería, L. (2003). Gender, Development and Globalization. Economics as if All People Mattered”. London: Routledge.
  2. Elson, D. (2005). “Unpaid Work, the Millennium Development Goals, and Capital Accumulation”. Paper presented at the conference on Unpaid Work and the Economy: Gender, Poverty and the Millennium Development Goals, United Nations Development Programme and Levy Economics Institute of Bard College, Annandale-on-Hudson, New York, 1–3 October.
  3. Esquivel, V., Faur, E. y Jelin, E. (2012). Las lógicas del cuidado infantil. Entre las familias, el mercado y el Estado. Buenos Aires: IDES.
  4. Faur, E. (2017). ¿Cuidar o educar? hacia una pedagogía del cuidado. Interior_Encrucijadas_entre_cuidar_educar, 87: pp. 87-114.
  5. Folbre, N. (2006a). “Measuring Care: Gender, Empowerment, and the Care Economy”, Journal of Human Development, 7: p. 2.
  6. Tronto, J.C. (1993). Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. Routledge, New York: Routledge.

ATENCIÓN DE LA SALUD DEL INDÍGENA: UNA MIRADA DESDE EL ENFOQUE DE DESIGUALDAD Y CIUDADANÍA

Por Karla Ivonne Mijangos Fuentes

Foto: Bety Montesinos. Mundo Triqui

DESCRIPCIÓN:

El presente ejercicio de reflexividad parte de la premisa que el acceso a la atención de la salud de las comunidades indígenas, solo se ha medido y estudiado a partir de indicadores cuantitativos y bajo categorías establecidas por el campo de la salud. En este tenor, los valores subjetivos añadidos a la comprensión del acceso a la atención y desde un enfoque de desigualdades sociales queda totalmente invisibilizado; entendiendo que el término desigualdades sociales comprende un mundo de prácticas, pero también de ideas y representaciones sociales que se instauran entre los profesionales de la salud y que hacen de la atención una gran brecha de desigualdad.

ATENCIÓN DE LA SALUD DEL INDÍGENA

Además del idioma, la comunicación y la urbanización, una de las categorías que se entrecruzan en la relación intersubjetiva entre el profesional de la salud y el usuario indígena, es la desigualdad social, la cual abarca una connotación que se extiende más allá del factor económico.

El concepto de desigualdad social desde la enunciación del mismo, se puede leer como el elemento que lleva implícito a las distintas brechas económicas, políticas, culturales y territoriales que impiden el acceso igualitario a la atención de la salud para todas las personas y territorios.

Foto: Marcos Sandoval Santiago. Mundo Triqui

No obstante, cuando se analizan en profundidad las condiciones y representaciones sociales de los usuarios indígenas sobre el acceso a la atención de la salud, se puede observar que la desigualdad para el acceso no sólo comprende las distancias geoterritoriales, los estados de pobreza y/o marginación de las comunidades y la falta de recursos humanos, materiales y de infraestructura, por el contrario, la desigualdad comprende otras variables que no se han incluido en la medición para el acceso y la calidad de la atención, tales como la desigualdad de género, la desigualdad interprofesional, la desigualdad racial y de clase, la desigualdad institucional entre el sector privado y público, la información incompleta que es ofrecida a los usuarios y el no reconocimiento del indígena como persona con derechos y ciudadanía (Castro, 2008; Almendros, 2016).

Este último concepto del indígena como persona ciudadana con derechos, es lo que Castro (2008) retoma en su investigación sobre el concepto de calidad de la atención, porque justamente ella a partir de este posicionamiento político sobre la recuperación del usuario como ser autónomo de su propia corporalidad, abarca el reconocimiento y dignidad de las personas como ciudadanos.

En este sentido y recuperando el trabajo de campo realizado en comunidades indígenas de Oaxaca, se puede añadir que dentro del imaginario médico se percibe al indígena como un ser sucio, ignorante, atrasado, incapaz de realizar un cuidado coherente y efectivo, así como aferrado a una cultura que por sí misma, ya le produce “terquedad” o resistencia a aceptar el mandato médico y la medicina convencional en toda su extensión.

Es curioso que este conflicto y/o “arraigo” cultural del que hablan los profesionales de la salud, no es visto como el choque cultural que tratan los antropólogos como Geertz (1973) y otros autores, quienes reconocen que esta experiencia de extrañeza al estar en contacto con otra cultura ajena a la propia, es parte de lo que debe vivir una persona cuando se encuentra en un entorno diferente al suyo.

Sin embargo, los profesionales de la salud tienden a representar el “arraigo cultural” como un problema que se les presenta única y exclusivamente a ellos cuando se encuentran frente a un “otro” que no ostenta los mismos valores, tradiciones y conocimientos sobre la práctica biomédica.

Es decir, todo aquel que no interprete y comprenda el habitus médico en tanto práctica y conocimiento, tiende a ser objetivado como un ser que presenta severos problemas de atraso, donde justo la cultura de esta persona es lo que le impide avanzar en el conocimiento y en el reconocimiento de este individuo como ciudadano con derechos (Castro, 2008).

En este entendido, se observa que la categorización de los distintos ciudadanos va degradándose conforme la persona se encuentra más racializada, debido a que los procesos colonizadores activaron mecanismos de colonialidad como la clase, la etnia, la raza y el sexo, los cuales fueron primordiales para poder instaurar un estereotipo de ciudadano al que todos debieran aspirar (Mignolo, 2000).

En este tenor, se piensa desde una mirada más occidentalizada y desde una representación del campo de la salud, que un indígena por sus características de color de piel, idioma, vestimenta, prácticas culturales y conocimiento de sentido común, no es apto para obtener el título de ciudadano, con todos los elementos que este concepto engloba.

Así, estas prácticas colonizadoras del pensamiento, del poder y del ser entre los profesionales de la salud configuró un habitus médico que interiorizó un imaginario ideológico sobre el individuo indígena, el cual, como ya se mencionó, se cree que por su propia cultura e identidad como indígena no le está permitido obtener el derecho a la salud y a todos los demás derechos que son dignos de un ser humano (Castro, 2008).

En este sentido, el acceso a la atención de la salud entre los indígenas se convierte en una de las experiencias más complejas de llevar a cabo, no sólo por el hecho de que en sus territorios no exista un centro de salud, por el contrario, ya muchas de las comunidades cuentan con una unidad médica mucho más próxima a su alcance. No obstante, el problema para el acceso a la atención se traslada a los procesos más subjetivos, es decir, a la representación y reconocimiento del sujeto indígena como persona dentro de los sistemas de salud en toda su estructura, así como a la desigualdad cultural que se subsume en la relación entre el profesional y el usuario.

En esta línea, se puede observar que muchos de los pobladores de las comunidades indígenas pronunciaban que actualmente ya cuentan con una unidad médica, pero que el problema ahora se ubicaba en la falta de personal de base que atienda dicho centro, porque como ellos mencionaban

“Cada año nos envían a un pasante de medicina diferente. Éste solo está por un año, acaba de aprender con nosotros y se va. Así cada año tenemos un médico diferente, pero ellos sólo atienden hasta las 5 de la tarde, después ya no hay nadie que atienda en la unidad médica. Entonces sí hay una urgencia, las personas se tienen que ir hasta Tlacolula para buscar a un médico, porque aquí no tenemos ningún otro médico, los médicos no les gusta venir acá” (Fragmento de un poblador Indígena, 2020).

Con esta descripción, se vuelve a retomar el concepto de representaciones sociales de todo el sistema de salud, porque se puede observar que el indígena al ser ciudadano de tercera clase, sí es que se le puede denominar ciudadano, no alcanza el derecho pleno a la atención de la salud, porque como bien lo menciona esta persona, los profesionales que atienden sus unidades médicas son médicos que están en formación, además que son aquellos que eligieron estas plazas, no por voluntad, sino porque son las únicas opciones que les quedaron para seleccionar un campo de servicio social.

En este sentido, como apunta Castro (2008) en su estudio sobre la calidad de la atención, al medir este concepto a través del esquema de Avedis Donabedian, el cual propone tres variables: la estructura, el proceso y el resultado. Se invisibiliza todo un mundo de actividad profesional y social, hasta ahora poco visibilizado para medir este concepto.

Con base en esta enunciación de Castro (2008), se puede reconocer que la medición de la calidad de la atención se ha enfocado al momento de la práctica clínica directa, en donde el llamado “Paciente” interactúa con el experto “Médico” o “Enfermera” para satisfacer una necesidad de salud muy particular y concreta, por tanto, todo aquello que precede a la consulta queda por fuera de la medición de la calidad y satisfacción del paciente, tal es el caso del acceso a la atención y las desigualdades que se entrecruzan para poder alcanzar la salud como un derecho y la dignidad como un elemento inherente a toda persona o también llamado ciudadano.

Así, los indígenas ven vulnerado su derecho a la salud desde que les envían personal poco capacitado y con escasa convicción de entrar a un mundo que no solo les parece ajeno, sino que también les representa un retroceso en sus conocimientos, porque los profesionales al imaginar al indígena como un ser atrasado, no ciudadano de derechos y, por demás, paciente, éste queda expropiado de una participación activa sobre la toma de decisiones, por consiguiente, queda ausente y poco relacionado con la dimensión de sus derechos y ciudadanía en la atención de su salud (Castro, 2008).

Asimismo, se había mencionado que la desigualdad social en el acceso y calidad de la atención de la salud del indígena, también se traducía en la falta de información que se les brinda para la toma de decisiones sobre su cuerpx. En este sentido, se retoman las palabras de Almendros (2016), quien señala que existe una sociedad de la información, pero no del conocimiento, pese a que él lo hace desde el uso de la tecnología y la ciencia, se traen estas palabras a este escrito, porque justo la ciencia médica es la que ha puesto sobre la suma cero de poder al conocimiento biomédico sobre cualquier otra epistemología.

En este tenor, como refiere Castro (2008) el conocimiento biomédico sólo parece alcanzable para las propias personas formadas en este campo profesional, porque todas estas estructuras del lenguaje que se emplean en los discursos médicos, sólo pueden ser apelables por personas que poseen un conocimiento similar o aproximado; siempre y cuando éstas se ubiquen en una zona privilegiada del poder, porque como se describió al principio del texto, la desigualdad también abarca un rubro a nivel interprofesional. Es decir, aunque la persona sea profesional de la salud, sí ésta es enfermera, la información, el respeto a la autonomía, la privacidad y la dignidad se ven disminuidas en el ejercicio de la toma de decisiones.

Así, la persona al ser colocada del lado de los nombrados pacientes, no tiene otra alternativa que ser receptor y productor pasivo de las órdenes médicas, las cuales, por supuesto, llegan vacías, carentes de redes de apoyo, inciertas y desordenadas. Desde esta perspectiva, el indígena al ser paciente, no ciudadano y sin derechos, le compete ser el receptor universal sin mira a replica, porque desde la práctica médica, se cree que el hecho de ofrecerle un servicio a un no ciudadano ya es carente de racionalidad.

A este respecto, también podemos observar que el acceso a la salud no sólo se mira en las brechas de atención entre los diversos sistemas públicos, sino que esta colonialidad del pensamiento y del ser entre los profesionales de la salud, hace que la desigualdad también se desplace al sector privado porque, aunque se les atiende más rápido y con un trato más adecuado, se les sigue pensando como personas carentes de derechos y de ciudadanía, por ende, de autonomía y de dignidad.

En esta dirección, muchos de los pobladores de las comunidades indígenas describían las experiencias que habían vivido en el sector privado. Así, pese a que en el sistema privado se agilizaban los trámites. El derecho a la información sigue siendo carente, porque en el habitus médico se interiorizo la idea que los indígenas no pueden entender la información por más esfuerzos que hagan, además que, al considerárseles como ignorantes de todo conocimiento, ellos perciben que los indígenas son incapaces de cuidarse y cuidar a los suyos, por tanto, todas las indicaciones que los profesionales puedan ofrecer son inapelables, exactas y derivadas de la más alta evidencia científica.  

A todo lo ya mencionado sobre las desigualdades para el acceso y calidad de la atención de la salud, se suma otra variable más que escasamente se ha abordado en los indicadores de calidad, tal es el caso de la categoría de género, fundamentalmente relacional y vinculante a las distintas dimensiones del acceso a la atención y el ejercicio de derechos (Castro 2008).

En este entendido, la desigualdad de género atraviesa por todas las dificultades objetivas y subjetivas para el acceso y la calidad de atención del usuario indígena. En esta línea, no se puede decir que el acceso para la atención es similar entre hombres y mujeres de la comunidad, porque previo a pensar en una consulta médica, se tiene que hacer un retroceso al contexto privado del hogar, en donde el reparto de los bienes económicos se reorganiza entre los gastos propios del hogar y de cada uno de los integrantes de la familia.

Así, la mujer (ama de casa y madre) es la última en la repartición de esos recursos, por consiguiente, muchas de las veces estas mujeres se quedan sin acceso a un monto económico. En este entendido, al pensar en todas las dificultades burocráticas que existen para el acceso a la atención en el sistema público, la consulta privada se convierte en la principal opción, sin embargo, al quedar ellas despojadas de los bienes económicos, retrasan la atención de su salud, es por ello que, en la comunidad se encontraron muchas mujeres que manifestaban dolores de muchos meses o semanas atrás.

Asimismo, se observa que las mujeres debido al rol de cuidado del hogar y de la familia que les ha sido atribuido socialmente, no acuden a consultas de control y/o para el manejo de algunas manifestaciones como el dolor, debido a que, al asistir a consulta, esto les implica abandonar el cuidado, por ende, la culpa surge como un sentimiento que las oprime por haber primado su salud antes que el cuidado de los hijos.

En este sentido, el trabajo de campo también nos permitió visibilizar que el ejercicio del acompañamiento y cuidado del enfermo queda relegado a las mujeres, por consiguiente, son ellas las que deben equilibrar el trabajo del cuidado, la sostenibilidad de la vida, el trabajo asalariado y el acompañamiento puntual con el familiar enfermo. Y esto notablemente les produce un desgate corporal, físico y emocional.

Además de todas estas variables añadidas a la desigualdad de género, se observa que el sistema médico al incorporar la representación social de la mujer como cuidadora de los hijos, son ellas las que deben recibir toda la crítica, el maltrato psicológico, simbólico y cultural por no haber cuidado correctamente de lxs hijxs. En este sentido, se observa que la mujer indígena, dentro de toda la clasificación de ciudadanos con derecho, son las que menos se localizan en esta lógica clasificatoria (Castro, 2008). Y dentro de esta relación paternalista del sistema de salud, son las que reciben el reclamo del sistema médico por ser descuidadas, inconscientes e ignorantes.

Finalmente, queda agregar que, en el acceso y calidad de la atención mediada por la desigualdad de género, no se ha hablado de este carácter obligatorio del paternalismo médico para la vigilancia constante de los cuerpos de las mujeres, porque en las comunidades se ha normalizado el hecho de obligar a las indígenas a realizarse papanicolaous para poder acceder a los beneficios económicos de los programas gubernamentales.

En este tenor, se puede señalar como refiere Castro (2008) que la interacción usuario indígena y profesional de la salud representa una situación micropolítica que debe ser analizada puntualmente como un conflicto, el cual debe abarcar múltiples aristas que se concatenan al término de desigualdades sociales en el acceso y atención de la salud; y que no necesariamente se refieren a distancias territoriales y económicas.

Foto: Marcos Sandoval Santiago. Mundo Triqui.

REFERENCIAS

  1. Almendros, S.L. (2016). Tecnociencia y democracia: problemas epistémico-políticos y movimientos open en la consecución de sociedades del conocimiento. Dilemata, 8 (22): 183-202.
  2. Castro, V.C. (2008). De pacientes a exigentes. Un estudio sociológico sobre la calidad de la atención, derechos y ciudadanía en salud. Sonora México: El Colegio de Sonora.
  3. Geertz, C. (1973). La interpretación de las culturas. España: Gedisa.
  4. Mignolo, W. (2000). La colonialidad a lo largo y a lo ancho: el hemisferio occidental en el horizonte colonial de la modernidad. En Lander, E. La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires: CLACSO.

LA ENFERMERÍA DEBE SER DIVERSA Y DISIDENTE

Por Karla Mijangos Fuentes. Una Enfedisidente y Diversa

Las preguntas que emanan de estas tres palabras que se incrustan en esta frase, que es al mismo tiempo _”un movimiento social”_ es ¿qué significan cada una de ellas? y ¿por qué al mezclarlas se cargan de un significado más sentido y experimentado por cada una de lxs enfermerxs que reinventamos este hacer de la profesión?

Como punto de partida, cobra relevancia puntualizar que esta frase que nos envuelve, no conforma una sintaxis gramatical por el simple hecho de estructurar una oración bien estructurada, por el contrario, el término de Enfermeras Diversas y Disidentes, reconfigura un sentir que se apropia en una ontología y epistemología autobiográfica y del mundo de vida que fue colonizado y preconizado.

En este sentido, como seres humanxs somos arquetipos de un mundo, de una cultura, de una sociedad en particular, de interacciones intersubjetivas y de reconfiguraciones en función al campo profesional de la enfermería, el cual nos impregnó una identidad basada en la construcción histórica, social y política de esta llamada profesión.

Con base en estos cánones profesionales, fuimos adquiriendo una forma de representarnos, pero también de pensar, descifrar y clasificar todo lo que puede ser enunciable a partir de lo deseable y aceptable dentro de la profesión. Así es como fuimos estructurando un conocimiento, el cual no sólo nos hace posicionarnos en este mundo, en contraparte, este conocimiento es el que conforma nuestro sentido común, el cual no siempre fue y ha sido compatible con las formas de expresarse y sentirse de los “otros”, de aquellos a quienes cuidamos, con quienes interactuamos, con quienes nos rozamos, sobre quienes opinamos, a quienes “educamos” o aculturamos, sobre quienes decidimos, sobre quienes actuamos, frente a quienes no dejamos decidir, o simplemente, sobre los que consideramos con un conocimiento inferior al nuestro.

Es sobre este antropocentrismo y etnocentrismo que muchxs de nosotrxs nos estructuramos, pensando que no había más allá de lo estipulado y que los conceptos sólo eran finitos hasta dónde los podíamos definir desde nuestra formación, pero de forma ahistórica y acrítica.

Justo en este entendido, los conceptos se cruzaban por nuestra psique para definirnos a través de los mismos, para construir una identidad a través de cartones, porque no había nadie mejor identificado que aquel o aquella que ponía los títulos por delante de la coraza y el caparazón. Muchas veces nos hemos preguntado, cómo es que surge el egoísmo y egocentrismo, cómo se construye la individualidad, cómo se pueden crear dilemas éticos sobre aquello que no nos toca decidir, cómo es que nos abandonamos corpóreamente para satisfacer un statuo quo. Y así miles de preguntas que hoy nos seguimos haciendo, pero que en algún momento las respuestas estaban dadas por defacult “es normal”.

Una de los mitos que se esconden dentro de la frase “Enfermeras Diversas y Disidentes”, es cuestionarnos sí el término de Enfermería es el que realmente nos define y nos lleva a configurar lo que buscamos, o, es este concepto el mismo que nos hunde en una dominación, en un hacer particular, pero también en un imaginario social que la sociedad ha construido a partir del significado y fronteras del propio término. Esto como pueden percibir, es una metáfora que nos toca reestructurar y desideologizar.

Cabe mencionar que, hoy como enfermerxs diversxs y disidentes nos hacemos estas preguntas porque saltamos la frontera disciplinar, porque nos sucumbimos en otros lugares y en otras realidades, porque pudimos vernos desde otro planeta y, desde ahí, miramos nuestras fracturas, nuestras debilidades, nuestros anhelos y nuestras cadenas. Es por ello que, hoy frente a la postura política y ética que nos fundamenta, nos reposicionamos para develar en el pasado lo que nos ata, para desmitificar lo que por fuera parece brillante, pero por dentro está carcomido y también para deconstruir los conceptos que enmudecen nuestros poderes y capacidades.

Así, la diversidad se riega como una de las plantas que florecen nuestro patrimonio ético, sororo, solidario y justo, porque justo lo diverso, lo no dual, lo no binario, lo no unicausal y lo no universal nos enriquece, porque damos cuenta que más allá de lo que podemos observar, existen otros mundos posibles a los que nunca nos habíamos dado la oportunidad de acceder y conocer y, sobre todo, que esos mundos nos ayudan a explicar el nuestro.

En este sentido, nos nombramos enfermeras o cuidólogas diversas, porque sin la diversidad no hay interculturalidad, no hay multiplicidad de cuidados, no existe la horizontalidad en la interacción y, sobre todo, no habría respeto, admiración, simbiosis, amistad, conformación, aceptación y enriquecimiento.

Además de nombrarnos diversas, también partimos de nuestro ser disidente, porque muchas desde nuestra diversidad nos sentimos incomprendidas en un horizonte que no alcanzaba para nombrarnos, al que no lográbamos pertenecer o identificarnos con nuestra biografía, porque no es lo mismo ser indígena y formarse como enfermera occidental, porque la realidad de Estados Unidos es el protocolo y vida de ellxs, pero no de nosotras, porque las personas con las que interactuamos no atraviesan por las mismas historias de vida que las personas de Europa o Australia.

Y así podemos seguirnos con muchos ejemplos, pero principalmente, destacamos que muchas no nos sentimos cómodas con lo que se dice y estructura como enfermería, por ejemplo, esa famosa analogía de la enfermería con la militancia o el ejercicio de una enfermería basada en principios morales judeo-cristianos, los cuales excluyen a la diversidad y a lo que se opone a la heteronormatividad, incluso, que siendo mujeres y enfermeras somos las que menos conocemos nuestra corporalidad menstruante más allá de lo anatomopatológico. Y esto, no sólo se debe a que nuestra estructura del conocimiento biomédico nos crea una superioridad razonada y estructurada del conocer, sino, por el contrario, nos expropia de nuestra interacción del cuerpo, alma y mente con nuestro sentir y vivir la menstruación.

En este entramado, lo disidente surge de nuestras propias resistencias como indígenas, negras, campesinas, obreras, dominadas, oprimidas, patriarcalizadas, colonizadas, homosexuales, heterosexuales, transexuales y de otras diversidades. Así, desde esta resistencia, persistencia y pensamiento revolucionario, es que anhelamos deconstruir todo aquello de la enfermería que no nos permite trascender hacia la cuidología, por consiguiente, nos mantiene dentro de la enfermerología, la biomedología, la patología y del sistema que culpa, vigila y castiga, más que acompañar y abogar.

En este tenor, la disidencia engloba la revolución, la resistencia, pero también la reinvención de nosotrxa mismxs y de nuestra forma de hacer la cuidología, porque nosotras partimos que nos formamos para cuidar cuerpos y almas, no para enriquecer a un sistema que nos desestructura, nos capitaliza, nos medicaliza, nos expropia, nos objetiviza y nos recrea como mujeres que reproducen la vida y el sistema capitalista a través de la explotación laboral, porque como mujeres, ni siquiera nos reconocen como ciudadanas, ya pedir que nos asignen la categoría como profesionales y cuidólogas, ya es avaricia.

Pero en esa avaricia y utopía hoy nos reposicionamos, porque nuestro movimiento es social, despatriarcal, descolonizador y emancipador, pero también es político, cultural, ontológico, epistemológico y, por supuesto, metodológico.

RECONSTRUYENDO LA HISTORIA: FLORENCE NIGHTINGALE Y SU PROPUESTA FEMINISTA

Por Karla Mijangos Fuentes

En el arquetipo que se desprende en imágenes y discursos sobre Florence Nightingale, hemos apuntalado sobre la versión de una mujer sumisa, cristiana y obediente a los mandatos de una sociedad victoriana. Nightingale a menudo es retratada como la enfermera angelical de la guerra de Crimea, sacrificándose para brindar la atención materna que tanto necesitan los soldados heridos y moribundos (Paige, 2005)

Sin duda, estas versiones muestran algo de lo que conformaba la biografía de esta mujer, sin embargo, Florence más que representar a un estereotipo ideal femenino cristiano, también podemos releerla como sufragista y feminista; quizás esto nos produzca un poco de resquicio, porque no podríamos pensar en la fusión del cristianismo y feminismo, empero, aunque Florence nunca se enunció a sí misma como feminista, ella coincidía y se veía fuertemente influenciada por grandes feministas de su época, como es el caso de su amiga Mary Clarkey Mohl y la gran teórica feminista Mary Wollstonecraft, quien destaca por su obra “Vindicación de los derechos de la mujer (1792)”.

No es de extrañar que Florence simpatizara con ambas feministas, debido a que su trayectoria de vida se cruzó con la llegada al trono de la Joven Alejandrina Victoria de Hannover, la cual marco una época de grandes obstáculos para las mujeres, pues fue ella quien impuso una moral aún más restrictiva y pudorosa para la mujer británica de la edad media. En este sentido, se transmitió a toda la sociedad británica, los valores puritanos, el estilo de vida doméstica disciplinada y con mandatos de género muy rígidos, es decir, esta época se convirtió en un imperativo social ineludible (Iglesias, 2019).

En este sentido, aunque la ciencia y la técnica evolucionaban a la par y a grandes pasos, el rol de la mujer seguía encapsulado en una gota de hielo, porque las mujeres de esta sociedad se preparaban toda su vida hasta la juventud para encontrar un buen prospecto para matrimoniarse con él. Asimismo, ellas debían cuidarse mucho, asear e higienizar su cuerpo para poder traer hijos sanos al mundo, que era su principal legado y función dentro de la sociedad. Tal como refiere Iglesias (2019), las mujeres de la época victoriana tenían que incursionarse en cultura general y artes para ser objetos de lucimiento de sus conyugues.

En este entender a la mujer como objeto, es donde se materializa su cuerpo como cosa de intercambio, producción, cuidado y manipulación. Aspecto que Florence Nightingale al sentirse perteneciente a esta sociedad, podía dar cuenta de esta cultura patriarcal que se consideraba como un mandato natural, pero que al mismo tiempo oscurecía la vida de las mujeres a la OCIOSIDAD, como ella le denominaba. Florence no sólo era parte de esta cultura como espectadora, sino que ella vivía en carne propia los estragos de este mundo androcéntrico cristiano.

En este tenor, Nightingale al igual que las mujeres de la Inglaterra victoriana medieval soportaron roles restrictivos socialmente sancionados por la familia y la Iglesia Anglicana. El ideal cultural del “cristianismo muscular” impregnó la sociedad y solidificó los roles de género típicos dictados por la filosofía de la esfera separada (Paige, 2005). A este respecto, las mujeres de clase alta se debían a la obediencia, a excepción de las monjas que eran las únicas mujeres que podían escribir, pensar y estudiar, porque para usar el intelecto femenino habría que renunciar a la sexualidad; binomio bastante conjugado y conjurado para las mujeres de ese siglo.

Con base en ello, se miraba que Inglaterra se convertía en una sociedad castradora, pero Florence persiguiendo el ideal de la subversión femenina y militante de las ideas de Clarkey y Wollstonecraft y de otros intelectuales como John Stuart Mill, emprendió un movimiento de activismo femenino que la liberara de ser mera consorte (Iglesias, 2019).

En ese momento Wollstonecraft argumentaba que las mujeres no eran por naturaleza inferiores a los hombres, sino que parecían serlo porque no recibían la misma educación, y que hombres y mujeres deberían ser tratados como seres racionales. Tal como vemos en este argumento, Wollstonecraft apuntaba por una racionalidad semejante, pero se pronunciaba a favor de la igualdad intersexo, es decir, que las mujeres para conseguir la igualdad deberían intentar ser como los hombres. Esto claro que pone sobre manifiesto los primeros comienzos para la construcción de una teoría feminista, la cual comienza con un discurso de la igualdad.

No obstante, se toma como referencia este acontecimiento histórico porque Florence era partidaria de estas ideas, las cuales escribe en un texto denominado “Cassandra”, dicho texto es nombrado muy escasamente dentro del mundo de la enfermería, pero sí que atiende a un movimiento de empoderamiento y emancipación de Florence como una mujer medieval subsumida a los roles de género impuestos por su madre. Es por ello que, Paige (2005) al analizar el texto de Cassandra concluye a partir de Showalter que Nightingale sufría de “matrofobia”, un miedo a su madre que, en consecuencia, le impedía confiar y entablar relaciones con otras mujeres.

Cuando leemos en profundidad la historia de vida de Nightingale, reconocemos que ella se vuelve revolucionaria y disidente por la influencia de su padre, quién era un político, militante y abolicionista de la esclavitud, el cual hacía reuniones con otros políticos e intelectuales en el interior de su casa para hablar sobre política y sociedad, que aunque no influía directamente sobre Florence para que ella participara de estas conversaciones, sí la introdujo a lo largo de su vida en la lectura de la filosofía, la literatura, los idiomas, las artes, las matemáticas y la política (Paige, 2005; Iglesias, 2019). Conocimientos que posteriormente le permitieron estar presente en las reuniones de su padre, para conversar con grandes intelectuales como el gran economista Stuart Mill, con quien aprendió que el hilo conductor de la sociedad es el factor económico.

En este sentido, Showalter refería que Florence tenía Matrofobia, porque justo su madre era la que le inculcaba la idea de ser una mujer dócil, de deberse a los mandatos masculinos, de bordar, tomar vino o leer un libro de religión o superación mientras los hombres hablaban de economía, política, ciencia y conocimiento (Iglesias, 2019). Es por ello que Florence apuntaba sobre el termino de ociosidad de las mujeres, haciendo alusión a esta descripción y conducta que veía en su madre y en todas las mujeres de clase alta de la época victoriana. Ella decía que la mujeres eran ociosas porque no usaban el intelecto, eran ociosas porque solo eran desechos de la sociedad, eran ociosas porque solo esperaban a que los hombres pensaran y dirigieran, eran ociosas porque solo obedecían los mandatos cristianos de masculinidad.

Es a través de este estándar social y religioso, donde los hombres elevaban su potencial espiritual y mostraban activamente su fe a través de la actividad física, el trabajo, el razonamiento y la inteligencia, pero, en el caso de las mujeres, éstas carecían de esa oportunidad, porque las mujeres no eran iguales a los hombres (Paige, 2005).  Es así que Florence, a través de la redacción de Cassandra, aunque fuertemente criticada por otras escritoras de ese tiempo, logra emanciparse de esas ideas que la sumergían al patriarcado cristiano de su comunidad, sin embargo, y claro está, que las críticas que ella recibe a su texto, es porque ella no logra liberarse de ese mandato masculino cristiano, sino, por el contrario, Florence apuntaba por el ejercicio activo de la mujer para intentar ser como los hombres, es por eso que, ella al terminar su texto revolucionario y liberador, decide enviarlo para revisión a hombres intelectuales, lo cual se traduce en ciertos ajustes del texto a seguir con los mandatos androcéntricos.

Quizás como menciona Paige (2005), Florence pensó que al tener la aprobación masculina era más fácil que éstos tuvieran una apertura a escuchar la voz de las mujeres. Ciertamente, el texto aunque revolucionario, sigue reproduciendo algunas ideas patriarcales y victorianas de clase y de raza, sin embargo, intenta ser un parteaguas para entender la domesticación de la mujer victoriana, la ociosidad de la mujer, las reglas rígidas y jerárquicas que la mujer del medioevo tenían que seguir en función del cristianismo, las actividades a las que tenían acceso las mujeres, así como los primeros planteamientos y reflexiones que Florece hacía con respecto a su rol como mujer, pero principalmente sobre el derecho  exigido de la mujer de clase alta a poder acceder al medio laboral, académico, científico y político.

El ensayo de Cassandra, aunque fragmentado, es decir, sin seguir una coherencia atribuida a un ensayo político, feminista, filosófico y social; aspectos por los que se criticó este texto desde el encuentro literario, también se deben a su mirada, pensamiento y carácter positivista y matemático. No obstante, este texto describe continuamente la morbosa ociosidad por falta de vocación a la que se enfrentan las mujeres. Nightingale argumenta “Las mujeres sueñan con una gran esfera de benevolencia constante, no superficial, de actividad moral, para cuando de buena gana recibir formación y preparación, en lugar de trabajar en la oscuridad, sin saber ni registrando si sus pasos conducen, ya sea más lejos o más cerca del objetivo” (Paige, 2005, p.5).

Florence continúa diciendo “como resultado de haber sido excluidas de este ámbito vocacional, las mujeres se pierden en la ensoñación: Es la falta de interés en nuestra vida lo que la produce; colmando esa falta de interés en nuestra vida, solo nosotras podemos remediarla. […] ¿Cómo obtener el interés que la sociedad declara que no quiere y nosotras no podemos querer? La vida de las mujeres se reduce a meros sueños de la realidad, un débil sustituto de la participación activa en el empleo y la productividad reales” (Paige, 2005, p.7). Aquí, Nightingale afirma explícitamente que las mujeres necesitan dirección, competencia, compartir el poder intelectual y el tiempo, para instaurarse al mundo laboral.

En esta dirección, se puede decir que Nightingale siempre fue una sufragista y revolucionaria del pensamiento de la mujer victoriana de clase alta, a las cuales describía como ociosas por no poseer el direccionamiento para emplear todo su intelecto, porque ella creía que la mujer desechaba y desperdiciaba toda su energía en la que podía pensar y construir, al estar hundida en el campo doméstico. Así ella señalaba lo siguiente: “La energía, desempleada y despreciada, se convierte en un parásito dentro de sus propios cuerpos. Debido a que las mujeres no pueden utilizar productivamente su energía mientras están atrapadas en la esfera doméstica, no pueden intentar definirse a sí mismas en términos del principio cristiano popular y, por lo tanto, la ociosidad de las mujeres plantea cuestiones de importancia tanto social como religiosa” (Paige, 2005, p.9)

En el texto de Cassandra, a partir del cual ella se libera de un pensamiento que guardaba y sentía corporalmente en su investimento de mujer británica de clase alta. Nightingale imaginaba y deseaba un mundo en el que las mujeres de esta sociedad y clase pudieran disfrutar de una vocación productiva y moral, empero, como ya se mencionó previamente ella no podía desprenderse de este imaginario sobre los ideales de la hombría cristiana, sobre los cuales deseaba que las mujeres pudieran reconstruirse en el mundo laboral y productivo (Paige, 2005).

Incluso ella en un tono irrisorio señalaba que sería muy gracioso que la sociedad pudiera cambiar los papeles entre hombres y mujeres, para reconocer cuán tontas eran las expectativas de la sociedad sobre la vida de las mujeres. Al respecto, ella describía “Pero supongamos que por la mañana viéramos a varios hombres sentados alrededor de una mesa en el salón, mirando grabados, haciendo peinados. trabajar, y leer libritos, ¡cómo nos reiríamos! […] Ahora bien, ¿por qué es más ridículo para un hombre que para una mujer hacer un trabajo de estambre y conducir todos los días en el carruaje?” (Paige, 2005, p.11).

 Con base en todas estas reflexiones y cuestionamientos que Florence se hacía constantemente, es que las diversas investigaciones historiográficas sobre Nightingale, reconocen que su trabajo en la guerra de Crimea no representaba un sacrificio, más bien era una transgresión a la imagen de la mujer de clase alta de la época victoriana, así mismo, se configuraba  como la liberación de una mujer que vivía bajo el yugo del patriarcado británico y de los confines claustrofóbicos de la vida de clase alta de su sociedad. Así, Florence antes de emprender el camino a Crimea y terminando de relatar a Cassandra, le escribió a su padre dejando las siguientes palabras “He tomado posesión de mí misma” (Showalter, 1852, p.319, en Paige, 2005).  

En este entramado, se observa que Cassandra se creó como un movimiento literario y revolucionario de la literatura feminista, porque ella a partir de su confinamiento en la esfera doméstica de la familia y religión, crea una conciliación sobre el fenómeno de la enfermedad sistémica de la ociosidad entre las mujeres privilegiadas partiendo de sus posturas teológicas y atmósfera patriarcal de familia. Es interesante este planteamiento de Nightingale, porque ella hace uso de los fundamentos cristianos, al igual que Wollstonecraft, para señalar que Dios heredó a la mujer poderes en semejanza con el hombre, por consiguiente, ella refería que las mujeres no podían desaprovechar esos rasgos divinos otorgados por un Dios; un discurso que se puede leer como teocrático, pero también como propuesta detractora del cristianismo muscular, o la venida de una mujer mesías como la salvadora de este nuevo mundo.

Sin embargo, en toda esta construcción de Cassandra, Katherine, una intelectual con la que compartía afinidad afirma que Nightingale se vio atrapada en un “doble vínculo”, porque por un lado buscaba la liberación de la mujer a través dela crítica social del privilegio masculino, empero, por otro lado, deseaba la probación discursiva del texto a partir de la misma certeza del hombre (Paige, 2005). Desde esta disyuntiva, Nightingale arraigada a su momento histórico y biográfico buscaba hacer consientes a los hombres a partir de la aprobación de los mismos, sin embargo, los lectores masculinos no siempre doblegaban sus poderes de género para darle acceso a las mujeres al campo del conocimiento. Al final, Snyder apuntaba que Nightingale apagaba la voz de una escritora y mujer para congraciarse y corresponderse con los lectores masculinos y cristianos (Paige, 2005).

No obstante, hay que entender a Nightingale en su contexto y época, para apremiar que esta alineación con la autoridad masculina, de la cual se consideraba crítica, le permitió acercarse al mundo científico y político para la reformulación de reformas en salud, las cuales no siempre beneficiaron a todas las sociedades, empero, se puede valorar su apuesta científica en la vigilancia epidemiológica y reformulación estadística de las epidemias, así como una propuesta de poesía feminista subversiva.

Ahora volvemos a la pregunta sobre ¿sí Nightingale y su texto eran feministas? Al Respecto Pugh (en Paige, 2005), refería que Cassandra fue un grito de libertad y tiempo para invitar a las mujeres y proponer a los hombres en pensar en la ociosidad de las mujeres privilegiadas, así como en el trabajo útil y en el control de sus propias vidas. Sin embargo, como señalaba Pugh, en el texto no se leía un discurso de preocupación por el voto o derechos de propiedad de las mujeres, ni la igualdad jurídica. Así, tampoco se podía mirar en el texto, que Nightingale analizara en el trabajo de las artes femeninas una acción emancipadora de las mujeres de clase alta, o percibir la colonialidad del cristianismo en el pensamiento feminizado de las mujeres victorianas.

Así, llegamos hasta el cruce de cómo Florence tejió la enfermería basada en esta historia de vida patriarcal. Ella parte del imaginario que hombres y mujeres debían tener expectativas similares, donde tanto hombres como mujeres tenían que cumplir con sus VOCACIONES MORALES (Paige, 2005). Aquí es donde vemos que la enfermería partiría de ser una profesión moral cristiana, haciendo un llamado de Dios a ser un salvador. En este entendido de la enfermería como un llamado divino, se atribuye el concepto del sufrimiento del cuerpo físico como un papel fundamental y moral de la enfermera en el alivio del dolor físico y la salvación de los cuerpos. En este tenor, el auto sufrimiento pasa a ser más que característica, un atributo que debían compartir todas las mujeres que desearan ser enfermeras.

A partir de esta idea, ella citaba el himno popular denominado “El hijo de Dios va a la guerra” para persuadir a las mujeres para que se conviertan en enfermeras, por consiguiente, “Nightingale las obliga a seguir esta versión idealizada de Cristo como un icono del cristianismo musculoso y, al hacerlo, se unen a este campo de batalla cristiano, reclamando su propio terreno y librando una batalla espiritual” (Paige, 2005, p.15).

Paige continúa señalando “La imagen central de “El Hijo de Dios va a la guerra”, Cristo como guerrero, implica que sus seguidores encarnarían la imagen masculina de los luchadores triunfantes. El himno narra la victoria de Cristo y sus seguidores sobre el mal con la ayuda del “Maestro en el cielo” y el “Espíritu”. Sangre, dolor, mártir, peligro y trabajo ilustran el escenario devastado por la guerra y el cristianismo se convierte en sinónimo de competencia y lucha. El verso final describe a la “matrona y la criada” que llegan al final a “Regocijarse alrededor del trono del Salvador”, pero no participan en la escena inicial de la pelea. El himno sugiere claramente la exclusividad de un ideal masculino del cristianismo”

Es bien reconocido que Nightingale en su ensayo y propuesta ideológica, trata de transgredir la inactividad y ociosidad de la mujer de clase alta, empero, ella no desacredita la forma de vida masculina, por el contrario, ella apunta a un ingreso de las mujeres al mundo masculino actuando como si fueses ellos; y desde este espacio androcéntrico, las mujeres podrían reafirmar su poder intelectual y productivo del mundo laboral (Paige, 2005). Sin duda, Florence no puede catalogarse activamente dentro de un movimiento feminista, pero sí se puede señalar que el escribir un texto que atentaba contra el orden patriarcal de la sociedad victoriana, era un tanto peligroso y riesgoso, porque pone sobre la mesa de debate la discusión del rol doméstico y tradicional de la mujer, para posteriormente abrazar un espacio más masculino, de batalla y liberador, tal es el caso del espacio de la Guerra de Crimea.

Nightingale no solo entra en la esfera de la teología masculina, sino que también forma una relación de trabajo con Jowett, una que le ofrece tanto un diálogo intelectual como un lugar establecido en este ámbito de los intelectuales masculinos. Sus interacciones con Jowett son solo un ejemplo de la penetración de Nightingale en los límites de género para establecerse en espacios que tradicionalmente no estaban abiertos a las mujeres (Paige, 2005).

La profecía de Nightingale de una salvadora es la gran culminación de su manipulación de imágenes y formas masculinas y femeninas. Nightingale afirma que Cristo fue el verdadero defensor de las mujeres: “Jesucristo elevó a las mujeres por encima de la condición de simples esclavas, meros ministros de las pasiones del hombre, las elevó por su simpatía para ser ministros de Dios. Les dio actividad moral. Pero la Edad, el Mundo, la Humanidad, debe darles los medios para ejercer esta actividad moral, debe darles cultivo intelectual, esferas de acción” (Paige, 2005, p.20).

Con esta descripción, Nightingale se alinea con el hombre supremo para crear un espacio para las mujeres, como “la mujer mesías” “Su afirmación de que Cristo “resucitó” a las mujeres implica que las mujeres pueden ser “elevadas” a nuevas alturas, incluido el salvador. Simultáneamente invoca a la máxima autoridad masculina, Cristo, e imagina una nueva autoridad para las mujeres. Esta profecía de una salvadora es reiterada por el texto revolucionario de Cassandra; el texto mismo señala la fusión de las cualidades masculinas y femeninas como medio de salvación para las mujeres” (Paige, 2005, p.20).

Finalmente, podemos decir que Nightingale, aunque no se autoproclama como feminista, ella llega a trastocar las zonas fronterizas de las teorías feministas, debido a la influencia de las amistades con las que compartía conversaciones y afinidad, así como por la propia experiencia como mujer de clase alta. En este sentido, se puede agregar que las propuestas tan revolucionarias, hacen de Florence un mujer subversiva y disidente de los roles adjudicados a las mujeres de su clase, los cuales no sólo cuestiona, sino que los contradice con prácticas que ella eleva dentro del campo de la Enfermería, Política y Ciencia.

REFERENCIAS

1.- IGLESIAS, C.A. (2019). FLORENCE NIGHTINGALE. ESPAÑA: RODESA

2.- PAIGE, E. S. (2005). FLORENCE NIGHTINGALE’S CASSANDRA:
THE PROPHET’S PREDECESSORS AND DESCENDANTS. ATHENS, GEORGIA: PRESBYTERIAN COLLEGE.

EL TRABAJO COMUNITARIO DE ENFERMERIA DESDE UN CARGO PUBLICO MUNICIPAL

Por Alma Argelia Hernández Sánchez

MIS ORÍGENES COMO ENFERMERA INDÍGENA

Mi nombre es Alma Argelia Hernández Sánchez, nací el 11 de octubre del 1993, actualmente tengo 27 años, soy una mujer indígena y originaria del municipio de San Bartolomé Quialana Tlacolula, Oaxaca México; así también, entiendo y hablo el zapoteco como lengua materna.  Desde los 16 años, cuando cursaba el nivel preuniversitario supe que mi vocación se orientaba hacia el cuidado profesional de la salud. Es por ello, que continúe mis estudios universitarios y/o de pregrado en Enfermería dentro de la Universidad de la Sierra Sur (UNSIS), ubicada en el Municipio de Miahuatlán De Porfirio Díaz, Oaxaca México. 

San Bartolomé Quialana, se clasifica según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Población y la Secretaria de Desarrollo Social (SEDESOL, 2013) como uno de los municipios de muy alta marginación que tiene el Estado de Oaxaca. Asimismo, Quialana se describe como el segundo municipio con mayor índice de migración, no solo a nivel estatal, sino también a nivel nacional para el año 2010. Al respecto, Quialana cuenta con una población de 2470 habitantes aproximadamente (INEGI, 2010); de esta población más del 50% son mujeres, esto debido al alto índice de migración masculina devenida en los últimos años.

Dentro de la estructura política y de gobierno, la comunidad de Quialana se conforma por un presidente (a), un alcalde único municipal, un síndico (a), una regiduría de hacienda, una regiduría de obras, una regiduría de educación, una regiduría de salud y una regiduría de ecología. Así también, la comunidad cuenta con una unidad médica rural, con un médico y personal de enfermería.

Entre los principales problemas de salud identificados en la comunidad están: 1) enfermedades gastrointestinales y respiratorias, 2) sobrepoblación canina y los problemas derivados de la misma (irresponsabilidad de los dueños, excrementos en las calles, mordeduras, etcétera), 3) acumulación de criaderos inservibles que podían servir como criaderos de vectores, 4) problemas con la eliminación y clasificación de la basura y 5) escases de agua potable.

Foto: Municipio de San Bartolomé Quialana (Hernández A, 2020).

ELECCIÓN DEL CARGO PÚBLICO


En el mes de octubre de 2016 se llevó a cabo la Asamblea Municipal para la elección de las nuevas autoridades en San Bartolomé Quialana, Tlacolula Oaxaca, al sur de México. Con base en el sistema normativo indígena de “usos y costumbres”[1] a la edad de 22 años, fui nombrada Regidora de Salud; en dicha forma de gobierno, tanto hombres como mujeres, me ofrecieron su voto de confianza y autoridad para dirigir dicho puesto municipal.

Foto: Hernández Alma, 2020.

En la noche de aquel día, las incertidumbres, los miedos y las emociones invadían mis pensamientos, por ende, tampoco podía conciliar el sueño. Desde esta perspectiva, el tiempo nuevamente me enfrentaba a grandes retos como mujer, como indígena, como joven y como enfermera; sin duda, había muchos factores sociales, estructurales, hegemónicos e ideológicos que me ponían en desventaja, frente a este nuevo reto que la sociedad me asignaba como servidor público, sin olvidar, mi formación como enfermera.

En enero de 2017 las responsabilidades iniciaron acompañadas de muchos retos y obstáculos. Por ejemplo, recuerdo que, en los primeros meses, se identificaban muchas problemáticas y temas por resolver, por consiguiente, mi mente parecía como un enredo de ideas, y no encontraba con exactitud el punto de partida para dar inicio a la encomienda de mi pueblo. En este tenor, los primeros planes de trabajo se enfocaron a la concientización de diferentes temas de salud, y para ello, se implementaron estrategias tradicionales de Educación Para la Salud (EPS) como talleres y platicas. 

Cabe mencionar que, en principio, estas actividades me causaron miedo, estrés y ansiedad, y hasta desánimo, pues no obtenía los resultados esperados, ya que recibía poca audiencia, interés y participación de los ciudadanos; sumado a ello, durante la gestión, también me encontré con servidores públicos con poca participación y colaboración, pues se mantenían incrédulos e ignoraban y minimizaban las actividades propuestas por su servidora.

En síntesis, decidí ser perseverante con mis planes, ejercer mi rol autónomo de enfermera profesional, por tanto, en principio, era indispensable el empoderamiento propio, además de la colaboración interprofesional e intercomunitaria para establecer redes de apoyo.

DESCRIPCIÓN DEL PROBLEMA IDENTIFICADO

En el municipio de Quialana existe escases de agua desde hace un par de años, por tanto, la mayoría de las personas optan por almacenar el agua que, por lo regular, les es enviada dos o tres veces por semana, en un tiempo de 2 a 4 horas. El almacenamiento de la misma, se recolecta en tanques, botes o recipientes grandes, posteriormente, ésta se utiliza para uso personal y para la alimentación del ganado. Cabe mencionar que, estos sistemas de almacenamiento, producían un factor para la reproducción de mosquitos y otros vectores. Es por ello que, en el mes de septiembre del 2017, se organizó en coordinación con la unidad médica rural la primera campaña de descacharrización.

DESCRIPCIÓN DEL PROCESO DE DESCACHARRIZACIÓN

Foto: Hernández Alma.

La descacharrización Se trata de eliminar cualquier elemento chatarra que pueda servir de criadero de mosquitos (Ministerio de salud pública y bienestar social, 2019). En México la acción se lleva a cabo con el objetivo de eliminar desechos o recipientes (llantas, trastes o botes viejos) que llegan a almacenar aguas pluviales.

Acciones previas a la campaña

Para esta actividad, se crearon 4 rutas y/o 20 puntos estratégicos de recolección

  1. Con anticipación se anunció la campaña por medio del aparato de sonido del municipio
  2. Durante una semana previa, con el apoyo del comité de salud y un trasporte del municipio se estuvo anunciando por toda la comunidad un “spot” sobre las enfermedades causadas por vectores, sobre cómo prevenirlas y sobre la importancia de la descacharrización (el anuncio se hizo en español con su traducción en zapoteco)
  3. Se colocaron anuncios en los puntos estratégicos, previamente seleccionados para que las personas pudieran dejar sus cacharros[1].
  4. Se repartieron trípticos y volantes informativos por toda la comunidad
  5. Se solicitaron 2 carros tipo volteo y dos carros de tres toneladas al municipio, para realizar la recolección de los cacharros de acuerdo a las rutas asignadas
  6. Se realizó la invitación a las autoridades municipales, personal de salud de la unidad, comités de salud, maestros y toda persona interesada en apoyar la campaña
  7. Se formaron 20 equipos, encabezando cada uno de ellos por una autoridad municipal, maestro, comité de salud o personal de salud de la unidad médica.

Acciones realizadas en el día de la campaña

Antes de iniciar con la campaña se capacito a los representantes de cada equipo, quienes iban a apoyar con la difusión de la siguiente información:

  1. Educar a la población sobre el no almacenamiento de los cacharros en sus casas
  2. EPS sobre enfermedades por vectores
  3. Importancia de la limpieza de los depósitos de agua
  4. Importancia sobre la acción de deshierbar[2]
  5. Información sobre el uso del larvicida o “abate[3]

Una vez terminada la capacitación, a cada equipo les fue asignada las calles, dependiendo del número de viviendas habitadas que habían. Posteriormente, se les asigno una cubeta que contenía dosis de larvicida, para ello, cada integrante tenía que proporcionar una dosis por cada vivienda, así como, entregar trípticos sobre los principales síntomas del dengue, zika, chinkunguya. Finalmente, se exhortaba a los pobladores a continuar con la reproducción de la información recibida de parte de los equipos, así como a dar continuidad con la limpieza de sus calles y el resguardo de sus mascotas.

Foto: Hernández Alma.

REFLEXIÓN SOBRE LA ACCIÓN

Involucrar a los personajes significativos, de autoridad y respeto de la comunidad o fuera de ella (maestros, profesionales de la salud y autoridades munipales) para la participación de actividades de promoción, así como en actividades prácticas de autocuidado, impulsa subjetivamente a las personas de su entorno a participar activamente en las acciones planeadas, y a generar un cambio en su conducta para evitar riesgos para la salud.

DESCRIPCIÓN DEL SEGUNDO PROBLEMA IDENTIFICADO

Foto: Hernández Alma.

Con el fin de generar hábitos de limpieza comunitaria, se mandó a anunciar que todas las familias de cada vivienda les tocaba barrer la calle del espacio correspondiente. Sin embargo, hubo quejas de algunos pobladores sobre los excrementos que dejaban los perros, y esto ocasionaba molestia, ya que las personas barrían las calles y en cuestión de horas volvían a estar sucias debido a la sobrepoblación canina; además había reportes de perros y gatos hallados muertos sobre las calles. A este respecto, se propuso crear campañas de esterilización.

DESCRIPCIÓN DEL PROCESO DE ESTERILIZACIÓN

Acciones previas a la campaña

Foto: Hernández Alma.

Gracias a las gestiones realizadas se obtuvo el apoyo del personal de servicios de salud de Oaxaca y de una universidad pública del Estado. El objetivo fue crear conciencia en las personas sobre la responsabilidad que implicaba tener mascotas y todos los problemas que puedan evitarse, así como poder controlar la sobrepoblación.  Para ello, se realizó difusión y promoción de la campaña para que los ciudadanos participaran activamente de ella. Así mismo, por la insistencia que se tuvo con la administración municipal, se logró la autorización de recursos para adquirir materiales de insumos y medicamentos para las cirugías de esterilización, tal como anestésicos y antibióticos. Para llevar un control de las cirugías las personas agendaban previamente sus citas y nosotros le proporcionábamos una hora para la cirugía, así mismo, se les daban las indicaciones verbalmente y a través de trípticos. Finalmente, se adaptó un espacio para la realización de las intervenciones quirúrgicas.

Acciones realizadas en el día de la campaña

Foto: Hernández Alma.

Las cirugías se desarrollaron conforme a datos y orden de la agenda. En este sentido, los veterinarios se encargaron de las intervenciones quirúrgicas, en tanto, al resto del equipo le correspondía explicar la dinámica de intervención. Una vez terminada la cirugía, se colocaba sobre el cuello de los animales, placas tipo llaveros para su identificación dentro de la población.  Además, todo el equipo estuvo al pendiente de la recuperación de los animales esterilizados, ya que una vez despiertos, se hacía entrega a los dueños de un carnet con los datos importantes de la mascota; esto con el objetivo de dar continuidad y control al esquema de vacunación y comprobación de la esterilización.

REFLEXIÓN SOBRE LA ACCIÓN

Fue grata la sorpresa que me lleve en la primera campaña, ya que muchas personas acudieron, incluso, se observó que los dueños habían seguido correctamente las indicaciones que se les habían proporcionado. Asimismo, algunas personas traían cartones y cobijas para que las mascotas pudieran tener una recuperación favorable, aunado, muchos de ellos se los llevaron en carretillas, en motos tipo taxi, o cargados en brazos. Cabe mencionar que, los dueños al mirar a sus mascotas en un estado de vulnerabilidad, valoraron el cuidado y la atención que necesitaban los animales. Con todo ello, se logró sensibilizar y responsabilizar a los ciudadanos sobre el cuidado de sus animales.  

CONCLUSIONES GENERALES

En los tres años como Regidora de Salud y como Enfermera, el mayor de los retos fue enfrentarme conmigo misma, porque reconozco que carecía de empoderamiento profesional, debido a que siempre me mostraba con timidez, inseguridad para la toma de decisiones y baja autonomía profesional. Todo esto devenido por los roles que enfermería juega en nuestro contexto, donde se observa como una actividad subrogada al médico u otro profesional de salud; además que la sociedad mexicana ha construido el rol de enfermera comunitaria, como una actividad de poca participación e importancia para la salud y para la erradicación de las desigualdades sociales.

En este tenor, es importante romper con los esquemas de percepción inmersos en paradigmas tradicionales construidos históricamente. Por tanto, se hacía patente desarrollar la autonomía necesaria como autoridad municipal, como tomadora de decisiones, y antes que todo, como enfermera.

En este sentido, Enfermería es una profesión que su esencia gira en torno al cuidado desde una visión más integral, y desde mi aprendizaje y experiencia, se hace indispensable la representación parlamentaria de enfermería en puestos donde se toman decisiones sobre políticas de salud, debido a que enfermería representa más de la mitad de la fuerza laboral sanitaria, así mismo, su visión colectiva, le permite tener las competencias para implementar estrategias que mejoren las condiciones de salud de sus poblaciones, y que contribuyan hacia la transición demográfica y epidemiológica.


REFERENCIAS

INEGI. (2010). Catálogo Único de claves Áreas Geoestadísticas Estatales, Municipales y localidades. San Bartolomé Quialana, Tlacolula, Oaxaca: Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

SEDESOL. (2013). Sistema de Apoyo para la Planeación del PDZPhttp://www.microrregiones.gob.mx/catloc/LocdeMun.aspx?tipo=clave&campo=loc&ent=20&mun=118

CONAPO. (2010). Consejo Nacional de Población. Índice absoluto de intensidad migratoria 2000-2010. 97/140.  http://www.conapo.gob.mx/work/models/OMI/Publicaciones/IAIM_MX_USA_2000-2010/HTML/files/assets/basic-html/page-97.html

Ministerio de salud pública. (2017). ¿Te acordás de lo que significa descacharrización?. https://www.mspbs.gov.py/portal/11190/te-acordas-de-lo-que-significa-descacharrizacion.html

Gómez P. H. (2005). Los usos y costumbres en las comunidades indígenas de los Altos de Chiapas como una estructura conservadora. http://www.scielo.org.mx/pdf/ep/n5/0185-1616-ep-05-121.pdf

BASF SE. (2020). Abate. https://agriculture.basf.com/mx/es/control-de-plagas/productos/abate-1-sg.html

Real Academia Española. (2020). Diccionario de la real Española. Asociación de la lengua Española. https://www.rae.es/

NOTAS AL PIE

[1] Usos y costumbres: formas propias de auto gobierno y se rigen por sistemas normativos, que han evolucionado desde los tiempos pre-coloniales. La clave de la persistencia de estos sistemas normativos en las comunidades indígenas no radica en su marginación ni en una falta de interés por parte de las élites por integrarlos al proyecto nacional. De fondo, existe una decisión consciente por parte de un número importante de miembros de los pueblos indígenas de conservar sus propias normas y de crear y defender su identidad distinta, aunque existen muchos otros que sí aceptan el cambio y para quienes las tradiciones son una imposición (Gómez, 2005).

[2] Cacharros: Trozo de vasija rota/ Aparato viejo o que funciona mal (Real academia española, 2019)

[3] Deshierbar: Quitar o arrancar las hierbas perjudiciales de un lugar (Real academia española, 2019)

[4] Abate: insecticida para mosquitos (BASF SE, 2020)

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