Historia de vida: Diálogo entre la enfermería y medicina occidental y la enfermería tradicional indígena

Por: Aquino López Ricardo; Morato Carrillo Edgar Esteban; Pérez Rivera María Fernanda; Pineda Flores María Concepción; Rojas Mijangos Shunashi Nefertari. Estudiantes del cuarto semestre de la Licenciatura de Médico Cirujano y Partero. Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía. IPN.

Foto: Shunashi Mijangos

Introducción

Una historia de vida es un relato personal sobre la propia existencia. En otras palabras, se trata del testimonio que ofrece un individuo en relación con sus vivencias personales. Este tipo de relatos pueden hacerse por escrito o de forma oral.  Conocer la historia de vida, a través de un relato biográfico, sobre un acontecimiento en particular de las personas, es imprescindible para poder proporcionar una atención integral, holística, centrada en la persona y con pertinencia cultural y social.

El presente texto narra un relato sobre vida de la señora Adelita Fuentes Vásquez, enfermera por profesión y mujer medicina por los conocimientos y usos de la medicina tradicional de las comunidades de la sierra sur e istmo de Oaxaca.

A través de sus palabras, nos permitirá conocer, comprender y aprender los diversos conocimientos y técnicas que se practican en su comunidad, al igual que la adaptación de nuevos conceptos e ideas a su cultura del cuidado de la salud, generando un intercambio e interacción de saberes y conocimientos, mejorando así las diversas estructuras sociales para resolver  las necesidades presentadas en su localidad, lo que a su vez, brindará las bases para asimilar y engranar parte de la cosmovisión del proceso salud enfermedad desde distintas tradiciones del conocimiento .

Este texto se enmarca como un producto de la materia de antropología médica.

Foto: Shunashi Mijangos

Historia de vida

La señora Adelita Fuentes Vásquez es Enfermera de vocación y partera por convicción. Ella nació en el estado de Aguascalientes el 20 de Junio de 1954, sin embargo, nunca habitó en este Estado, debido a que su padre ejercía el oficio de ferrocarrilero, por ende, su familia siempre andaban migrando entre las ciudades de México. En este sentido, ella habitaba junto con su madre, padre y hermanxs en las denominadas cuadrillas que se asentaban en las estaciones de trenes de las grandes ciudades, por consiguiente, su domicilio se instalaba en los vagones del tren.

Es así que, Adelita nació en Aguascalientes, pero toda su familia era originaria de Unión Hidalgo, en el istmo de Tehuantepec Oaxaca, por tanto, después de su nacimiento, su familia se asentó en el municipio de Salina Cruz, Oaxaca, en donde vivió toda su infancia y adolescencia, hasta su etapa adulta donde migró a Miahuatlán, Oaxaca, y que justo, es donde radica actualmente.

Adelita, vivió una infancia plena, llena de amor y cariño, rodeada de 5 hermanos quienes al ser mayores cuidaban y consentían de ella. Posteriormente, al suceso de los nacimientos del resto de sus hermanas, ella se convierte en la hermana mayor. A lo que ella señala que disfrutaba mucho de cuidar de sus hermanas menores; cultivando así el amor a CUIDAR de la vida y la salud de las personas.

A la edad de trece años, durante un viaje que realizó con su padre para visitar a su hermano mayor quien radicaba en Taxco, Guerrero. Ella escuchó una conversación entre su padre y una de sus tías quien recientemente había dado a luz a un bebé. La conversación versaba sobre el hecho de que el infante producía ciertos ruidos extraños al respirar y llorar “se oía medio gangoso”, le costaba respirar y al ofrecerle la leche se bronco aspiraba. Adelita inmediatamente se ofreció a curarlo, ya que había visto y aprendido de su madre sobre cómo actuar frente a esta situación, a través de las técnicas tradicionales de su comunidad; y al ser efectiva su curación, se dio cuenta de que ella podía ayudar a las personas con su conocimiento, debido a que ella podía cuidar y restablecer la salud de las personas.

Este acontecimiento fue trascendental, porque a partir del mismo, ella sintió una fuerte orientación hacia el cuidado y protección de las personas, así fuera, a través del ejercicio del ministerio de la iglesia como reverenda, o, a través del desarrollo de la enfermería. Finalmente, Adelita se decidió por la carrera de Enfermería.

En ese momento, debido a los bajos ingresos de su padre y madre. Ella decidió irse a estudiar enfermería al Estado de Yucatán, junto con uno de sus hermanos quien era militar y ejercía su profesión en dicho territorio, por tanto, era mucho más factible para ella y sus padres el poder formarse como enfermera en dicho Estado. Ahí culminó su carrera como enfermera general, donde posteriormente debía de partir para continuar con la realización de su servicio social, el cual eligió desarrollarlo en la comunidad de Miahuatlán, Oaxaca, ubicado en la sierra sur del Estado.

Adelita narra que, al llegar a la comunidad de Miahuatlán, los responsables del hospital rural de dicha localidad constituyeron un equipo de salud compuesto por un sociólogo, un antropólogo, dentistas, pasantes de enfermería y medicina y un veterinario, además del médico responsable del grupo. Al encontrarse integrada su brigada, ellos iniciaron la planeación para poder integrarse a las comunidades pertenecientes al Municipio. Uno de los roles que ella siguió, se conformó por la gestión de vacunación, aplicación de encuestas y el intercambio y aprendizaje de conocimientos de herbolaria y partería junto con parteras de las comunidades indígenas.

Adelita cuenta que al principio las personas de la localidad se encontraban un poco renuentes a ser tratados por personal externo, y por demás, por prácticas alopáticas. Ella nos comparte, que por más esfuerzos del equipo, las personas no acudían al centro de salud, hasta que Adelita en compañía del resto del personal comenzaron a acudir a las casas de las personas, principalmente, para asistir a las parteras durante la atención a mujeres en trabajo de parto. Este suceso dio paso al diálogo y al intercambio de conocimientos, obteniendo como resultado la aceptación de la esterilización de materiales que usaban las parteras por parte del sector salud, así como la capacitación de las mismas para poder entrar a quirófano; obteniendo así, una integración holística en la atención a la salud.

En dicho lugar, las personas le comentaban a Adelita que el pueblo era un sitio muy conflictivo llegando a ser peligroso, a tal grado de perder la vida. A este respecto, Adelita narra sobre una ocasión donde al finalizar un partido de fútbol llegó un hombre exigiendo el servicio, inclusive amenazando de muerte al personal de salud, en contraparte, Adelita lo confrontó, señalando que él debía de esperar para ser valorado y atendido, además de pedirle que dejara de apuntar con la pistola, ya que si ella moría nadie iba a poder atenderlo.  Adelita, refiere que a pasos lentos pero seguros, se fueron ganando el respeto de la gente; labor que requirió de trabajo y disponibilidad para aceptar otros saberes. Al final lo lograron trabajando en equipo.


Otro de los retos que se presentaron a Adelita y a todo el equipo de salud, era el desabasto de material, por lo que debían de aplicar ciertas estrategias y conocimientos para actuar con responsabilidad y justicia. Adelita, nos cuenta que en una ocasión tuvieron que asistir a un hombre con quemaduras graves, y al llegar al pueblo en donde se encontraba la persona, se percataron que el hombre estaba envuelto “como tamal” con hojas de plátano, pensando que era un procedimiento poco ortodoxo lo limpiaron con solución estéril, cambiando las hojas de plátano por compresas furacinadas. Inmediatamente el paciente comenzó a quejarse, y al no tener más compresas tuvieron que limpiar y desinfectar las hojas de plátano, convirtiendo a éstas en el material principal para el manejo del paciente. Ella cuenta que, posteriormente, al tener al paciente estable, ellos observaron que el paciente no había desarrollado ampollas, características típicas de las quemaduras graves; atribuyendo este resultado al uso de las hojas de plátano.

Algunos otros de los conocimientos que adquirió Adelita fue la atención de los partos, por medio de técnicas y procedimientos tradicionales. Así mismo, ella nos hablaba de conocimientos, no sólo procedimentales, sino culturales y de sentido de vida y pertenencia a la comunidad, tales como la observación de la placenta y los cotiledones para predecir el número de hijos que debía tener dicha mujer. Cuenta que también no es necesario el uso de instrumentos o maniobras para limpiar el útero después de un parto, ya que con té o infusiones herbales se puede realizar.

            Una partera es una persona valiente, aquella que desea ayudar al prójimo y que además de no tener de cierto modo un estudio validado, son personas sabias con un valor inalcanzable cuya presencia es muy grande” expresa Adelita.

Una de las cosas que pudo aprender de las parteras fue el acomodar a los niños dentro del vientre de la madre para que ellos nacieran en parto natural, aunando a su vez los conocimientos que Adelita ya poseía como enfermera, favoreciendo de tal manera un sincretismo que debería poder ser aplicado en la actualidad en el área de la salud.

Además de atender partos humanizados. Adelita atendía a bebés menores de 5 meses, y a niños mayores de 5 años, quienes presentan problemas respiratorios como amigdalitis, faringitis, tos, etcétera. Una de las prácticas es curar la amigdalitis, a través de técnicas tradicionales, refiriendo que su quirófano es su lavadero y una jícara, prefiriendo sanar a las personas de esta forma a someterlas a una extirpación de las mismas, o, al uso extremo de polifarmacia y antibioticoterapia; ya que ella comenta que, las amígdalas son una protección para el cuerpo “una cortina para el virus”.

El empleo de medicinas a base de hierbas está muy extendido en estas comunidades, por su bajo costo y disponibilidad, pero más aún por el conocimiento y la experiencia que se tienen de ellas. Las personas, utilizan estos recursos para tratar padecimientos de una forma natural y no dañina.

Adelita, nos cuenta que, en una ocasión, además de recurrir a médicos alópatas, principalmente, cuenta que al enfermarse una de sus hijas por convulsiones, ella acudió a un pediatra quien le brindó tratamiento y seguimiento, sin embargo, los síntomas no remitieron por completo. Ya posteriormente al tener un encuentro con uno de los médicos que laboraban en el Hospital Rural de Miahuatlán, él le comento que su mamá podría curar a su hija, debido a que existe una convulsión de tipo idiopática que la medicina alópata no puede abordar, pero que la medicina tradicional sí, y que justo, su madre era experta en tratar estos padecimientos.

Ella acepto acudir con la señora Ángela (+) en la comunidad de Chivela, Oaxaca, ubicada en el istmo de Tehuantepec. Ahí la señora Ángela haciendo uso de sus conocimientos y técnicas, le curo a su hija. Adelita nos comenta que su niña nunca más volvió a convulsionar, por lo que ella acudió otro par de veces con la señora para que le enseñara este arte de curar; práctica que aplicó con sus nietos y posteriormente con otros niños y adolescentes de la comunidad

Actualmente éstas prácticas de partería y prácticas curativas en Miahuatlán se han ido desvaneciendo con el paso del tiempo, sin embargo, Adelita está en la posibilidad y disposición de ayudar si le piden atender un parto o curar a un niño o adulto. Ella considera de suma importancia, seguir realizando estas prácticas de medicina tradicional mexicana, ya que pueden aportar a restaurar la salud de las personas, permitiendo de igual manera un rescate de las raíces curativas propias de la región. Finalmente, ella hace hincapié en retomar estas prácticas por parte de las nuevas generaciones del sector salud para brindar un servicio más que completo, Humano.

Conclusiones

“Hay que ver al paciente con los ojos del corazón” Adelita Fuentes.

La medicina tradicional es reconocida hoy como un recurso fundamental para la salud de millones de seres humanos, es una parte importante de la cosmovisión de los pueblos indígenas y representa el conocimiento milenario sobre la madre tierra y el uso de plantas medicinales que los indígenas han resguardado y que tiene un valor incalculable, fortaleciendo y preservando su identidad. Ya sea de forma alópata o tradicional, el atender un parto es causa de felicidad, regocijo, satisfacción, pero al mismo tiempo trae consigo una gran responsabilidad para los partícipes del acontecimiento.

La señora Adelita ha dedicado parte de su vida al cuidado de las personas, ya sea desde atender pacientes graves en un hospital hasta atender un parto en casa. Gran parte de los eventos que amablemente nos compartió, fueron fruto de años de trabajo, esfuerzo y aprendizaje encaminados a un solo objetivo: Ayudar a las personas.

A lo largo de su vida se encontró con las oportunidades que le permitieron conocer e interactuar con personas que, más que ampliar sus técnicas y conocimientos, le enseñaron una forma de vida. La medicina tradicional, y en este caso las “Técnicas de partería” por muchos años estuvieron alejadas del medio alópata, y aunque en ocasiones existían acercamientos, muy pocas veces se había logrado un intercambio cultural tan cercano como el que Adelita logró en Miahuatlán con las parteras.

 Las actividades realizadas por las parteras han sido más que una actitud de trabajo, una experiencia ética, por los aspectos intangibles en que prevalecen los valores humanos. El cuidado integrador que rebasa el esquema médico-biológico  hacia uno holístico, relacionado con actitudes de ternura, afecto, comprensión y de reconocimiento de las dimensiones del ser humano, de la sensibilidad para uno mismo , y que dieron pauta para descubrir que el “yo” y el “otro” estamos conectados en una perfecta sincronía para un “nosotros”, en la cual nos mantienen unidos por fuerzas existenciales y apoyo situacional, sentimientos que se generaron en la relación ayuda y confianza.

Adelita nos permitió a través de sus palabras, relatos, risas y comentarios, entender técnicas, procesos y eventos relacionados con la medicina tradicional que, aunque indudablemente son fantásticos, nos dieron la oportunidad de cuestionarnos ¿Qué queremos hacer con la medicina tradicional? desde luego es importante el hecho de tener los conocimientos de ambos tipos de cuidado, pero más importante aún, saber reconocer y aplicar cada uno de los conocimientos de manera oportuna, con tenacidad, respeto y valor para cada técnica, sin menospreciar o hacer a un lado algún tipo de proceso, por el contrario, darnos la oportunidad de indagar más y más respecto a ellos, de analizar qué es lo mejor para nuestros futuros pacientes y nunca dejar de lado la cosmovisión que cada uno de ellos tiene del mundo, pensando que cada una de las personas con las que vamos a convivir ya como médicos esperan un alivio, pero no sólo del cuerpo, sino también del alma.

Y justamente en eso, es que la medicina tradicional basa sus cuidados “ En curar cuerpo y alma del otro”, por lo cual agradecemos infinitamente el haber tenido una entrevista que nos hiciera entender  ese concepto tan amplio como lo es el  “sanar”.

En diversas ocasiones de la entrevista, Adelita hizo hincapié en múltiples aspectos que las futuras generaciones médicas deben retomar, mejorar o cambiar hoy en día, y aunque los tiempos en los que vivimos son complicados y hay situaciones que se plantean difíciles de retomar, nosotros podemos hacer el cambio, dándonos la oportunidad de ser más que, mejores médicos, mejores personas, apostando por conocer tanto nuestros orígenes como las verdaderas raíces de la medicina mexicana, actualizándonos a diario, pero sin olvidar el de dónde venimos  y para dónde vamos, y retomando la frase acuñada por nuestra entrevistada “Hay que ver siempre al paciente con los ojos del corazón, porque ahí justo en ese momento es que sabremos el motivo del porqué estamos aquí, para ellos”

Foto: Shunashi Mijangos

CUIDADO: principio vital en Enfermería para el Buen Vivir

Por Sara Ester Domínguez. (Maíz) Mujer descendiente Kolla-Aymara, Enfermera, Feminista, militante por la justicia social y los Derechos Humanos.

Foto: Sara E. Domínguez. Humahuaca, Jujuy-Argentina

A les Colegas de Enfermería

Foto: Sara E. Dompinguez

Cuando los  dominios del conocimiento se contienen en un privilegio: ¿cómo denominarlo? Dicen por allí, en los pasillos de este enorme hospital que todo es absurdo. Y que por ello siempre caemos en la misma película, que casi se convierte en una trágica-comedia, (lloro y rio a la ves) Me consta en estos años (de esta cuerpa) y siglos de peso de dominación racial, exclusión, por formación académica jerarquizada, expropiación de saberes y haceres, opresión laboral y por motivo de género, QUE TODO SIGUE SIENDO UN ABSURDO… si entro en el plano existencial. “Pero” siempre hay un “pero”, por suerte, que te dice como seguir y re inventarte,  porque encontramos otres con el mismo “pero”. Hoy me preguntas ¿quién soy?

Sigo presentándome como Sara (Maíz) Mujer descendiente Kolla-Aymara, Enfermera, Feminista, militante por la justicia social y los Derechos Humanos

Foto: Sara E. Domínguez

Por ello soy denunciante de las opresiones y sus opresores de aquelles que violan los derechos humanos y usan a las y los hermanxs de nuestras comunidades y hablan por elles. Utilizan términos que supuestamente pretenden avanzar sobre las deconstrucción de las violencias de género y la violación de los derechos de los pueblos indígenas, y con sus imágenes y métodos de doble moral, continúan colonizando, racializando, excluyendo, menoscabando a las y los Enfermeros y Enfermeras de los Pueblos Originarios.

Nuestra América, Abya Yala es India, es Indígena por lo tanto los y las Enfermerxs también, en tanto se respete esta Identidad seremos muchas los y las colegas que podemos hablar, decir, participar en la construcción de una Enfermería con identidad de Nuestra América. 

Invito, a las corporaciones y formas organizativas de Enfermería que revisen sus mecanismos de abordaje, si son leales a los principios éticos de una profesión tan maravillosa que abrazamos y que vamos arraigándola y creciendo con todos los aportes que cada ser que habita esta profesión le puede dar, desde su cultura, desde su identidad de Género, desde el corazón mismo.

Invito, a que “no” entremos en este derrotero que por siglos nos ha oprimido, que es el capitalismo, el patriarcado y la colonización con todo lo que ello implica.

Enfermería va tomando otro rumbo dependerá de nuestra solidaridad y reciprocidad, que tenga un camino inmenso, grandioso y leal al principio mismo del CUIDADO, que refleje en todas nuestras acciones, que contribuyan al gran principio del Buen Vivir.

Jallalla Hermanxs de Enfermería del Abya Yala

Foto: Sara E. Domínguez

En este punto es necesario decir. Nosotrxs lxs indígenas no necesitamos ya de presuntos salvadores blanco-mestizos de clase media. Supuestos «amawtas», «filósofos andinos», y «críticos» que solamente desde su ego «descolonizado» y privilegio blanco mestizo pretenden «criticar» y decir cómo debemos ser, actuar, hablar o pensar los pueblos y nacionalidades en este país. El tiempo del indigenismo¡¡¡ (Inti Cartuche Vacacela)

Les Enfermerxs vestimos de colores y somos de colores, gorditxs, flacxs, altxs, bajxs, cabello negro tenemos cayos en los pies de tanto caminar, agradecemos a nuestra madre tierra y también la cuidamos. Hablamos nuestras lenguas madres, enseñamos y aprendemos reconociendo nuestra Medicina Tradicional, respetamos el conocimiento de les mayores, y trabajamos en comunidad.

Nuestros guantes son marrones como la tierra misma. “Kay Pacha” Aquí y Ahora.

Foto: Sara E. Domínguez

Me reconozco en elles. Mis Abuelxs Migrantes de Bolivia. Kolla- Aymara

“Sanando el Cuerpo Femenino”

Por Tay Larrondo _Educadora de sexualidades y sanadora holística

Foto: Tay Larrondo, 2021

¡Uffff! yo creería que por tener cuerpo de mujer esto iba a ser muy fácil, pero no sé por
donde empezar. La primera pregunta que me brinca a la cabeza es: ¿Qué es un cuerpo de mujer? y la respuesta es muy fácil si recurro a mi programación: un cuerpo que tiene vulva cuando es alumbrado al mundo, ¡claro! esa es la respuesta fácil y rápida, luego, crecí y descubrí en mi camino como educadora de sexualidades que existen otros cuerpos de mujer, raro ¿verdad?, pero ese no es el tema del que deseo hablar hoy, hoy deseo hablar de todo aquello que nos enferma como mujeres y de la difícil pregunta:

¿Cómo sanar un cuerpo femenino?
Las mujeres llegamos a este mundo exactamente igual que todas las personas en el
planeta, por un portal biológico mágico que se instala en el útero de una-otra mujer, esa a la que llamamos “madre” y a la que solo por darle este nombre ya la estamos orillando a un sin fin de enfermedades (quiero aclarar que enfermedad para mi significa “ desequilibrio”); primero nos alimentamos de todos sus recursos para poder crecer, desarrollarnos y ser aptos para la vida, luego requerimos de esos recursos para adquirir, por medio de la lactancia, los anticuerpos que harán que nuestro cuerpo pueda defenderse de los… no sé… supongamos miles de bichos extraños con los que hay que lidiar para no morir por enfermedad, ¿ya ven?, cada vez se pone más complicado. Llegamos a este planeta siempre requiriendo de otro cuerpo para sobrevivir, desarrollarnos y crecer.


Me pregunto, ¿Cómo esperan que cada una de nosotras no sintamos desequilibrio en nuestra energía al sostener OTRA VIDA dentro de nosotras?; quien ha sido madre sabe por experiencia propia lo impresionante que es despertar un día y darte cuenta de que el poco control que habías logrado sobre tu cuerpo (claro si tuviste tiempo de crecer y poder ubicarte ligeramente en tu vida) desaparece de un día para otro. Te arde el estómago, tienes nauseas, pierdes peso o lo ganas, te mareas, presentas incapacidad para retener alimentos, una tortura, ¡vaya! Y después ese incomodo momento en que asumes que estas siendo invitada a formar parte de una experiencia única (que solo la mitad de la población podrá experimentar), ¡serás madre! eres una maquina increíble y digo invitada pues deseo creer que hoy en pleno 2021 ya nadie se molesta si una mujer decide sobre su cuerpo, su tiempo, sus proyectos, su vida y su decisión de ser madre y cuidar de otra vida indefinidamente.

Pero esperen ya me brinque un montón de momentos donde cada una de nosotras,
personas con vulva, encontramos espacio para gestar enfermedad, sentirnos inadecuadas e iniciar el recorrido de la vida desequilibradas.
Hagamos una pequeña lista:
-Género. Este se construye, sí, y desde la llegada de un cuerpo femenino se arma un kit para el bienestar social, las niñas vestirán de rosa, serán dulces e indefensas y cuidarán de todos. ¡TODOS! Les damos cocinitas y una pequeña escoba para que puedan practicar para ser amas de casa (trabajo no remunerado). Les pedimos que no sean “chivas locas”, pues un cuerpo lleno de cicatrices de sus aventuras las hará menos atractivas para ese otro que ya esta destinado a beneficiarse de toda persona llamada MUJER.
-No les hablen de su cuerpa; no les hablen de su ciclicidad; No les hablen de cómo los bebes llegan dentro de su útero, de su deseo o su derecho al placer; no digan nada de sus opciones; A SU DERECHO DE DECIR NO A OTRO CUERPO CON PENE.
-Les informamos que las mujeres son competencia y que no pueden confiar en ninguna otra, a veces ni siquiera en su madre, su hermana, la suegra y así van creándose las distancias y las diferencias sin sentido que nos aíslan y nos dejan vulnerables a la violencia, al hastió, a la soledad…

Es triste… yo creía que en este siglo eso ya no pasaba, creía que por ser una chica de ciudad eso no me sucedería, creía que por ser universitaria nadie me manipularía, creía que por ser feminista podía detectar con facilidad los abusos y los micromachismos, creía que las mujeres ya no morían de parto o que por parir en un hospital privado no sería presa de la violencia obstétrica, creía que solo en el pueblo, allá en Guanajuato donde pasaba mis veranos o en Huixtla donde creció mi padre, era donde las mujeres padecían. Yo, chica de ciudad, no sufriría y la vida me mostro en cuantas cosas estaba
equivocada. Crecí envuelta en amor por los cuerpos femeninos y masculinos que me rodeaban, pero al llegar a la adolescencia las historias de otras comienzan a filtrarse en las venas y fluyen en tu sangre perdiéndose la distancia, borrándose el conocimiento de si son tuyas o de alguna otra. Escuchas de golpes, de hombres frustrados y enfurecidos que ejercen su “poder” sobre todos los que los rodean, escuchas de abusos a las cuerpas femeninas y su uso por los otros cercanos que deberían de brindar cuidado y protección, vives el acoso de tus pares y de los extraños.

Tu participación en casa se vuelve más activa, servir y cuidar de los otros se convierte en tu obligación. Tu cuerpo se adapta a los estándares de deseable y te transforma en presa, o no te adaptas y eres blanco de burla y caes en la espiral de odio a tu cuerpa… a ti misma. Dependerá de donde naciste; de lo que tus progenitores piensen, tal vez te brinden la oportunidad, no el derecho, la oportunidad de continuar con tus estudios, porqué ¿Para que requiere una mujer que será madre y esposa tener estudios universitarios? La lista podría continuar por horas y horas, pero para ninguna persona es desconocido todo lo que aquí escribo. Mejor iniciemos:

¿Cómo se sana el cuerpo femenino?
Pues con mucho dolor, el primer paso siempre es una crisis y el caos total, algunas veces ya se es madre y el firme deseo de bienestar para esos seres que una pario es la motivación, otras, será la profunda desesperación de no desear vivir ni un momento mas que aparece sin ningún sentido pues se tiene todo aquello que se debe tener como mujer.
Luego viene un proceso que puede sentirse como un mazo aplastando todos los sin sentido que se han vivido y que a algunas les puede durar unos meses y a otras años, muchos años; una se atreve a pedir ayuda, a hablar con la vecina, con la madre, la hermana, la terapeuta de la escuela de los hijos, la señora de la verdura y transitamos el primer paso: LAS MUJERES SOMOS ALIADAS, SOMOS RED, SOMOS AIRE FRESCO. Así inicia el camino a sanar el cuerpo femenino, la fuerza vital de lo que
nos despojan al inicio de nuestras vidas.
El segundo paso siempre se entreteje con el primero y se llama EMPODERAMIENTO;
Y claro aquí regresamos al principio pues es muy difícil explicar de forma sencilla lo que significa, es por definición: NOMBRE MASCULINO, ADQUISICION DE PODER E INDEPENDENCIA POR PARTE DE UN GRUPO SOCIAL DESFAVORECIDO PARA MEJORAR SU SITUACION.


¿Y cómo realiza este proceso de adquisición una mujer que no tiene poder ni sobre su cuerpo?
Es interesante primero notar que para adquirir algo se requiere tener con que pagar esa adquisición, después de adquirirlo saber gestionarlo y lo mas complicado crear estrategias para conservarlo. Así entramos en la pregunta a cada mujer ¿qué sabes hacer? Y todas, absolutamente todas están llenas de conocimiento, continuamos con la planeación de como poner a trabajar esos conocimientos a favor de su bienestar, en este camino encontraremos muchas murallas que brincar, puertas por abrir y sueños que reconstruir para avanzar al siguiente paso.
Las cuerpas de mujer, empoderamos el comadreo, reivindicamos los remedios de la abuela, tejemos redes de cuidado para nuestros hijos, creamos redes de mercadeo para nuestros productos y servicios, aprendemos nuevas herramientas: carreras universitarias, oficios nuevos, terapias, herbolaria, costura, canto y seguimos readquiriendo nuestro poder para caminar y construir un mundo nuevo, nuevas relaciones, transformamos el dolor en amor y cuidamos, nos cuidamos y cuidamos de otros por elección y llenamos nuestro poder de conocimientos y relaciones para
gestionarlo, para conservarlo. nos movemos de ciudades, de pueblos, de comunidades, nos quedamos también y movemos a otras para hacernos fuertes juntas.

¿Cómo sanamos el cuerpo femenino? lo sanamos con conciencia, lo sanamos reaprendiéndonos, validando nuestros sueños y nuestros deseos, habitando nuestros espacios y retomando otros para compartir, caminamos descalzas, abrazamos arboles y nos bañamos con flores, prendemos inciensos, sahumamos la casa, danzamos en nuestros patios y nos llenamos de plantas, sembramos jitomates y fresas, cosechamos nuestros alimentos, tejemos trenzas en los cabellos de nuestras amigas, sanamos haciendo pequeñas cosas, que sumando se hacen gigantes y siguen rodando para
estar disponibles para quien las requiera.
vamos a la montaña y aprendemos de las mujeres que ahí viven, de ellas, de su herbolaria, su arte, su sororidad y les compartimos todo aquello, poco o mucho que nosotras aprendimos en la ciudad. Las mujeres sanamos acompañando los pasos de otras mujeres, dejando fluir sus historias por nuestra cuerpa sintiéndolas como propias y compartiendo las nuestras, mejorando nuestras relaciones, aprendiendo a ser honestas, vaciando los secretos y dándoles alas para que vuelen y nos seamos libres, sanamos por la palabra, sanamos en la acción, sanamos el cuerpo femenino siendo
mujeres.

Texto elaborado por Tay Larrondo para el Ciber_Conversatorio Enfermer@ “Sanando el Cuerpo Femenino”

SINERGIA Y SINTONIA PARA RE(ELABORAR) LA AMISTAD EN ENFERMERÍA

Por Karla Mijangos Fuentes

Al parecer desde que somos niñas y niños nos hablan de fechas especiales que, en muchas ocasiones, no logramos dimensionar el significado de dichos constructos y símbolos implícitos en el nombre del concepto. Uno de estos términos, no muy preciso, no muy lejano, invariablemente pronunciado y no siempre comprendido, interpretado e interpelado, es el día del AMOR y la AMISTAD.

Justo cuando somos niñes logramos comprender en la experiencia vivida que, el amigo, amiga o amigue es el que comparte nuestros intereses, nos respeta, nos hace regalos en cumpleaños y días de San Valentín, come con nosotres en el receso…en fin…es nuestra compa en todas las dimensiones. No obstante, es en la amistad en la que encontramos las contradicciones más extremas, porque a estas personas que, no se nos fueron asignadas, sino, por el contrario, nosotres decidimos estar con elles, observamos siempre desacuerdos, por ejemplo, no tiene los mismos gustos para vestir, odia ciertas comidas que a nosotres nos encantan, por tanto, vemos más elementos convexos que cóncavos.

Y así seguimos creciendo, y mucha/os logramos aceptar al amigo o amiga porque simplemente los momentos que pasamos son tan agradables, que nos es impensable no estar con elles, pero, en otras ocasiones, la relación se nos vuelve tan compleja de aceptar por las diferencias; y es cuando pensamos que son seres “demasiado” ajenos a nuestro sentir y pensar.

A este respecto, nos planteamos sí es solo la diversidad la que produce fisuras en las relaciones de amistad e interacción interpersonal, y principalmente, en la relación entre mujeres, o quizás, entre enfermeras. Una de las posibles respuestas que se nos presentan, es que los problemas y conflictos personales, se encuentran anclados y objetivados a la institucionalización del patriarcalismo estructural de la sociedad.

Como refiere Marcela Lagarde, tal parece que toda esta concepción y subjetivación ha tomado fuerza en todo el cuerpo, mente, espíritu y corazones de las mujeres y hombres en el mundo, al grado que se homologa el género con mujer, lo femenino con la enfermera, el rol de cuidado doméstico con enfermería y así podemos seguirnos con una infinidad de eslabones, los cuales forman cadenas de oro inquebrantables.

Y digo inquebrantables, porque son vasallajes construidos por más de 500 años; nada fácil de romper o torcer. Y justo en esta especificidad de las diferencias, surgen las otredades, las que no se parecen a los hombres, los diferentes, las personas discapacitadas, las locas, las personas que viven racismos, sectarismos, los dimorfismos sexuales, por tanto, los que siempre tendrán una cicatriz sobre sus cuerpos desiguales.

Hasta ahora, se ve que esto que se enuncia, está lejano del concepto de amistad y de enfermería, es decir, ¿dónde podemos mirar su encuentro? A este respecto, se añade que avanzar en la eliminación de toda forma de exclusión y discriminación, es lograr la sinergia y amistad entre los nuevos sujetos de la enfermería.

En este sentido, reconocernos como sujeta/os diversa/os, es incluir las diferencias y la especificidad, así como la pluralidad de personas edificadas en un muy particular hecho histórico, por tanto, nos reconocemos como ciudadano/as de derecho, democrática/os, además de sujetes sociales, sexuales y del deseo, por consiguiente, reconocernos y reelaborarnos comprende modificar las nociones estereotipadas entre ser mujer y ser hombre, entre ser enfermera experta e inexperta, ser mejor enfermera o novata, acompañar o ahogar en el cuidado, reconocer o tirar.

En esta ocasión me dirijo al carácter de mujer, porque justo el modelo patriarcal y heteronormado, nos ha hecho este regalo a las mujeres y, por supuesto, a la enfermería, quién conserva en su plantilla más mujeres que hombres. Tal como lo dice Lagarde, esta “Marca patriarcal impide garantizar el bienestar de las mujeres”, por ende, de las enfermeras. Es así que, el acceso a las oportunidades de desarrollo y participación democrática se limitan, y sí no se limitan, se busca que la otra no logre esta libertad de desarrollo, por el contrario, en caso de que una “otra” obtenga esta oportunidad, lo que queda es destruirla emocional y simbólicamente.

En esta dirección, reconocer la dignidad y la integridad de mujeres y hombres, y de enfermeras y enfermeros de diversas definiciones, condiciones e identidades, nos permite emanciparnos de estas construcciones de género, de enemistad y egoísmo, de hegemonía teocrática y todo fundamentalismo. Todo ello, a través de la interculturalidad dialógica, dialéctica, crítica y reflexiva (Seyla Benhabib, en Lagarde, 2012).

Por todo ello, se hace tan preciso en este día del amor y la amistad reelaborar el concepto de la amistad en enfermería, por tanto, se estrecha la relación de la sinergia y la sintonía, porque justo en la sinergia surge la colaboración intraprofesional para realizar toda función o tarea, que hace del cuidado, una acción complementaria y de empoderamiento enfermero, la cual no fracciona, ni al cuidado ni a la persona que atendemos. Es decir, ¡no es que a mí no me toca!, ¡no es que mi tiempo aún no empieza!, es, lo que le sucede a la persona o al enfermero o enfermera me sucede a mí, me traspasa a mí, me pertenece a mí.

En este tenor, la sintonía es la que nos permitirá un entendimiento y empatía entre colegas, debido a la afinidad, o, a la aceptación de la diversidad entre elles. Por consiguiente, es la sintonía la que romperá jerarquías, desigualdades, estructuras binarias del trabajo sexuado, discriminaciones…en fin…es la que nos impulsará al desarrollo y amistad con sentido social, equitativo, democrático, justo, político, económico, social y cultural (Lagarde, 2012).

Bien lo dice Marcela Lagarde, “se trata de un paradigma de desarrollo humano sustentable, no depredador, respetuoso y potenciador de las personas, las comunidades, del entorno social y ambiental, del patrimonio cultural tangible e intangible, preservador de la diversidad y la especificidad dinámicas” (2012, p.76).

En general, la sinergia requiere la capacidad de mirar holísticamente la problemática, la coyuntura y las historias de vida y profesional, porque necesitamos relaciones y amistades solidarias, pactadas, equivalentes y recíprocas entre nosotres. En este sentido, construir amistades maduras entre enfermeres, forjará que me reconozca en la otra, y su yo en mí; por consiguiente, llevaremos la relación individualista, patriarcal y egoísta a la agonía.

Por todo ello, la ideología de la feminidad y la competencia desleal entre las enfermeras quedará enarbolada en la diversidad, minimizando así lo común entre las mismas, aquello que debemos refrendar, porque, de lo contrario, solo estaremos atendiendo a actividades y comportamientos de feminidad, los cuales nos juzgan, nos califican, nos dan posiciones jerárquicas, prestigio, estatus, rango profesional, y todo lo alcanzable, debido a que mantuvimos, conservamos y reproducimos los atributos femeninos. Atributos que reproducimos diariamente en cada uno de los elementos simbólicos de la enfermería, en la rigidez de las normas, en el portar militarizado del uniforme y en el ser y comportarse como enfermera o enfermero, el cual nunca deja de ser controlado, vigilado y castigado.

“Festejemos la amistad en enfermería procreando relaciones maduras, solidarias y desde una ética del cuidado”

REFERENCIAS

  • Lagarde, M. (2012). El feminismo en mi vida: Hitos, claves y topías. InMujeres. D.F.
  • Videira, Joana (2013). “Seyla Benhabib. El Ser y el Otro en la ética contemporánea. Feminismo, comunitarismo y postmodernismo“, Lletra de Dona in Centre Dona i Literatura, Barcelona, Centre Dona i Literatura / Universitat de Barcelona.

PROCESO DE ENCULTURACIÓN Y SOCIALIZACIÓN EN EL NIÑO

Por Karla Mijangos Fuentes

Una discusión que llevó a replantear el estudio y concepto mismo de la cultura, fue el esbozo de aceptar sí la persona nace con una cultura ya determinada, o es el proceso de socialización y de pertenencia al mundo el que le confiere al ser humano una “tradición” y herencia cultural.

Esta misma pregunta se la hacía Margared Mead cuando reflexionaba, sí el adolescente norteamericano se comportaba de una manera particular por procesos netamente fisiológicos y relacionados con su edad o, por el contrario, sí las conductas de los mismos eran adoptadas por la propia cultura norteamericana (Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, 1990, pp.1-6).

Quizás una respuesta se puede encontrar en lo biológico, como afirmaba Ruth Benedict (1971) “los rasgos no son culturalmente seleccionados sino transmitidos biológicamente” (El hombre y la cultura, p. 201), sin duda, esta concepción enmarca una distinción racial _en el sentido categórico de la praxis_; hablando de rasgos físicos y característicos de una determinada población y zona geográfica.

En términos prácticos se puede admitir que los rasgos son parte de una herencia cultural que distingue a los diversos agentes que conforman las culturas existentes, mismos que son transmitidos de padres a hijos por procesos fisiológicos y genéticos; sin embargo, esto es sólo una parte proporcional de la cultura, y que difícilmente puede explicar la forma en que estos agentes actúan y se piensan el mundo que les rodea.

En ésta reflexión sobre cómo las personas se apropian y adaptan a una determinada cultura, entran en juego otros procesos de análisis no orgánicos que deben ser estudiados detenidamente.

Me parece fundamental iniciar esta reflexión con la frase elaborada por la antropóloga Ruth Benedict, quien establece que “Todo hombre mira al mundo a través de un conjunto definido de costumbres, instituciones y modos de pensar” (El hombre y la cultura, 1971, p. 10).

Con base en esta reflexión, se puede entender que la realidad y la propia cultura son construidas por los mismos entes sociales, y es en la medida, y sólo en la medida en que una persona habite dentro de una institución social que podrá adquirir ciertas formas de actuar y de pensar el mundo. Es decir, que todo lo que objetivamente se define y categoriza como tal no es más que una realidad construida por el propio hombre.

Llegados a este punto, cabe preguntarse sobre el papel que desempeñan las costumbres en el desarrollo de ciertas conductas de las personas. Ruth Benedict respondería que la importancia misma de la costumbre radica en la propias experiencias y creencias que pueden ser manifestadas de diversas formas en las personas (p.10); por ende, se opina que no es la costumbre por sí sola la que dirige las conductas, sino es el resultado de los aprendizajes adquiridos a través de las experiencias vividas.

Esa historia de vida que ante todo y sobre todo es producto de una acomodación de normas y pautas tradicionalmente transmitidas en una comunidad. Debido a que las personas constantemente aprenden, desaprenden y reaprenden maneras de comportarse en una sociedad que cada día se torna más turbulenta y cambiante, que no da pie a otra alternativa que adelantar la reacción sobre la acción, si se pretende dar continuidad a esa cultura tan discontinua que ve extinguir en el horizonte de su proceder sus orígenes y razón de ser.

La acomodación en términos de Ruth Benedict significa uniformidad de la costumbre, que se adquiere al adoptar y re significar una cultura hibridada que contempla lo antiguo y lo moderno como un proceso de continuidad de la cultura heredada, y que en verdad esconde ante él un accidente histórico que no puede ocultarse en el actuar de las personas (p.13).

En esta concepción, se entiende el papel que representan las experiencias para la acomodación de las propias normas y pautas que tienden a controlar las conductas de las personas en las diversas culturas; pues en la medida que la persona  reacciona y aprende de esa experiencia, es como se produce un performer  en su manera de adaptar y transmitir dicho conocimiento al resto de los agentes inmersos en la población donde ella cohabita.

Con estos fragmentos de texto, se puede ver claramente que la cultura no se trasmite biológicamente, sino se adquiere a través de la costumbre, experiencia y creencia de las personas. Desde esta visión, y como describe Margared Mead (1990) “la cultura sólo puede ser transmitida a través de la interacción social entre los agentes implicados” (adolescencia, sexo y cultura en Samoa, p.15).

Al respecto, y aproximándonos al proceso de enculturación y socialización del niño conviene preguntarse, ¿sí el adulto en el proceso de introducir al niño en su propia cultura no subestima la libertad del menor para construir su propia realidad? Como punto de partida, se puede aceptar que la condición de adulto permite obviar la respuesta anteponiendo la lógica práctica de las acciones (Pierre-Bourdieu. El sentido práctico, 2007, pp. 9-39). En este sentido práctico, muchas de las acciones son repetidas y transmitidas a través de las generaciones sin cuestionarse _en el buen sentido de la dialéctica_  el origen y motivo de dicha actuación.

Es así, como me permito expresar las palabras de Ruth Benedict quien afirma que los hijos son responsabilidades especiales, como los bienes ante los cuales sucumbimos o en los cuales nos glorificamos (El hombre y la cultura, 1971, p.210). Al hablar de responsabilidad especial, se puede pensar en la oportunidad que los hijos brindan a los padres para ejercer su autoridad _desde el punto de vista en que los padres conciben a los hijos como extensiones del propio cuerpo_; y como tal, los padres maximizan su poder sobre los más pequeños, olvidando en último de los casos dirigir y apoyar a los hijos en la propia construcción del conocimiento; en contraparte, ponen de manifiesto el dominio de poder jerárquico y parental, tal y como ocurría en Samoa (Margared-Mead, Adolescencia y cultura en Samoa, 1928, pp 45-117).

Desde esta visión, se reflexiona que el nacimiento de un hijo no sólo lleva inmerso procesos afectivos, sino que subyacen acciones de autoridad, poder y dominio que pueden ser condenadas en el más sentido crítico como antivalores que se oponen a la formación del humanismo y la relación de afectividad.

Es así como se piensa que las conductas de los niños se ven modificadas y modeladas por la forma en la que el pequeño animal humano debe conducirse en una civilización tan atada a sus ideas y a sus normas (Ruth-Benedict, p. 24). Sinceramente se piensa que lo que realmente ata a los hombres entre sí es su cultura, más que la suma de sus rasgos (fenotipo-genotipo), que incluso se pueden combinar cromosómica y genéticamente sin producir más resistencia que la propia asimilación del nuevo ser engendrado. 

En el ejercicio de la autoridad y el dominio se lleva implícito el carácter de la obligatoriedad que los progenitores trasmiten a los pequeños, por ejemplo, cuando el padre le inculca al hijo la religión que éste debe profesar como miembro activo de esa familia y de esa sociedad tradicionalmente construida.

 Como afirma Ruth Benedict los pequeños son educados en una tradición pedagógica que siempre toma en cuenta los conocimientos y  las formas para la difusión cultural (1971, p 208). A la difusión no sólo se le confiere la transmisión de la cultura, también lleva implícito en el proceso, la acomodación, que como ya se mencionó anteriormente tiende a apartar elementos inarmónicos de la sociedad (p.195), mismos que se cree, ya debieron pasar a través de la criba de la aceptación social para poder ser apropiados y transmitidos.

En términos metafóricos, se establece que la sociedad es un océano opresor donde la conducta colectiva hace a la conducta individual y viceversa, aunque en realidad, no debiera existir dicho antagonismo entre la sociedad y el individuo, ya que en palabras de Ruth-Benedict “la sociedad proporciona la materia prima en la que el individuo hace su vida” (p.215). En este sentido, es el individuo el que crea una incongruencia con sueños ortodoxos de pertenencia, idealismo y autonomía (pp. 220-237).

Tan es así como lo piensa el individuo, que así lo transmite a sus descendientes estableciendo un legado de fidelidad y lealtad que difícilmente puede ser destruido o transformado por el otro. En esta difusión cultural hacía el hijo me cuestiono, ¿sí éste acepta con plenitud todas las costumbres e ideologías que le fueron heredadas?, y sí ¿Realmente el hijo considera alguna conducta de su cultura como anómala?

Hablando desde un método estructuralista, se puede responder y establecer como afirma Pierre-Bourdieu (2007, p.13) un modo de pensamiento relacional que rompiendo con el pensamiento sustancialista, puede crear una objetivación de las interrelaciones en los agentes, quienes sólo alcanzan a comprender su sentido y su función en la medida en que la lógica práctica mantiene la estructura social.

Es decir, no tendría ningún sentido que el niño se cuestionase por qué seguir creyendo en un Dios y no en otro ser, cuando el Dios de sus padres ha sabido corresponder a sus necesidades y ha mantenido la armonía familiar por años; o muy similar, sería plantearse porqué seguir transmitiendo el idioma español a los hijos, cuando es obvio, que es la lengua que predomina en todo el territorio, y es el medio por el cual los hijos se interrelaciona con los otros.

Quizás muchos ritos y conductas parezcan anómalos a los ojos de los hijos, pero su sentido práctico y armónico puede sustentar el acto, creando una forma de cohesión a la que éste no puede escapar _o en la mayor de las diversidades_, puede reproducir un proceso de asimilación y acomodación de la cultura, que le permita dar continuidad a la cultura heredada, pero que al mismo tiempo le reconozca su función para el mantenimiento de la estructura.

También en el estudio del proceso de enculturación y socialización del niño, podemos remitirnos a la relación que tienen los movimientos corporales con las normas pautadas por la sociedad. En esto fue muy claro Pierre-Bourdieu cuando observaba que las reglas que permitían pasar del espacio interior al exterior se regulaban por los movimientos del cuerpo, tales como la media vuelta (p. 23).

Es sorprendente _en torno a la reflexión hecha por Pierre-Bourdieu_, como la persona de manera inconsciente y sistemáticamente actúa  de diversas formas en diferentes escenarios sociales, por ejemplo, el niño debe ofrecer la mano al adulto que recién es presentado por los padres, aunque el menor se sienta emocionalmente invadido en su espacio personal proximal y axial[1], simplemente porque se constituyen como normas de su propia cultura, y  que además colaboran en el mantenimiento del orden social

Desde éste punto de vista, Bourdieu establece que la práctica no implica _o bien excluye_ el manejo de la lógica que se expresa en ella basada en una perspectiva objetiva y no subjetiva de la realidad (p. 25), por ende, las acciones no siempre expresan el verdadero sentir del niño, sino sólo son reflejo de las clasificaciones otorgadas por el adulto.

Hasta acá se ha descrito que en el proceso de enculturación del niño se deben crear lazos de autoridad y dominio, afectivos y también simbólicos; pero qué distancia existe entre hablar de dominio y estrategia (cosa que también es).

Los hijos representan actos simbólicos, porque son fruto del amor y unión del hombre y la mujer; pero al mismo tiempo representan una estrategia social que se orienta a la maximización del beneficio material y simbólico.

Desde esta perspectiva Pierre-Bourdieu observa que el matrimonio y los hijos cumplen con una norma y contrato social, pero también obedecen a una estrategia de reproducción y conservación de la especie humana, que adquiere su sentido en un sistema de estrategias engendradas por el habitus y orientadas a la realización de la misma función social como es la acumulación del capital simbólico (p. 32).

Tomando como base este postulado, se puede argumentar y creer que las relaciones de parentesco son también relaciones por interés, que esconden conflictos estructurales y sirven de máscara para justificar la explotación económica _en este caso del menor por el mayor_.

Asimismo, se puede observar una relación de reciprocidad en el que se espera que los hijos cuando ya sean adultos se responsabilicen del cuidado de los padres, en este dar y recibir, los padres tratan de inculcar valores a los hijos desde muy pequeños dirigidos a mostrar fidelidad y honor a los mismos, y como recompensa, los hijos esperan recibir de los padres la herencia basada en propiedades y acumulo de bienes; esto es lo que Bourdieu denomina “la lógica de la práctica”, o también interpretado por Voloshinov como “filologismo[2]” (en Pierre-Bourdieu, p.33).

También, es cierto que el niño no sólo adquiere normas y pautas culturales por un proceso de inculcación y obligación por parte de los padres, sino que el menor, en el mismo proceso de interacción y de relaciones sociales llega a adoptar conductas por imitación, experiencia, ensayo y/o error. Como bien dice Aristóteles “el hombre es el más imitador de todos los animales y es imitando como adquiere sus primeros conocimientos” (En Pierre-Bourdieu. El sentido práctico, 2007, p 43).

Hablando específicamente del pequeño, no hay mayor adquisición de conocimiento y verdad en el niño que a través de la imitación, (claro está) que éste imita conductas propias de la cultura en la que se desarrolla, no obstante, las experiencias por medio del ensayo y error le permiten comprender las conductas que deben ser racionalmente aceptadas por él.

Ya que el niño muy pequeño difícilmente puede aceptar como “verdad” aquella que es categorizada por el adulto como tal, él en su oposición a dicha verdad desafía al adulto haciendo lo contrario; y es a través de la experiencia de tocar el fuego, como el niño percibe que causa daño y dolor, y en su re significación del concepto fuego/quemadura, el niño establece esquemas de percepción, de pensamiento y de acción relacionados entre lo objetivo y lo subjetivo que suponen un retorno reflexivo sobre la experiencia dóxica; y es así como el niño garantiza la conformidad de las prácticas y su constancia a través del tiempo. Es decir el niño construye su propio habitus, como un arte de invención que le permite producir prácticas en un número infinito y relativamente imprevisible, pero limitadas en su diversidad (Pierre-Bourdieu, p 90). En una palabra, el habitus al ser un producto de una determinada clase de regularidades objetivas más que subjetivas, tiende a procrear todas las conductas razonables y de sentido común, vinculando las condiciones sociales en las que se ha constituido dicho habitus y las condiciones en las que éste opera “modus operandi”.


CONCLUSIONES

El niño como agente activo de la sociedad tiende a adoptar una manera de actuar y pensar la realidad que lo envuelve como una capa transparente; que al mismo tiempo lo limita a una determinada extensión territorial.

El niño en su interacción y socialización con los otros y el “yo” integrado construye las normas, valores e ideales, que él considera pueden permitirle ser agente activo de dicha sociedad, pero al mismo tiempo, es la experiencia y la relación con los otros la que le confiere modelar y acomodar sus propios habitus para encontrar una “verdadera” razón y función como ente social.

Es verdad que gran parte de los habitus se contruyen por la trasmisión de normas y pautas desde los adultos hacía los niños, no obstante, es el propio niño que permea su continuidad cultural extrayendo políticas que tienden a alterar la armonía social, por tanto, se crea un performer de la cultura, que al ser ya adaptada y asimilada por todos los agentes culturales; es el mismo niño quien tiende a trasmitirlo a otras personas, actuando como un ser enculturizado y enculturizador.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • López-Pérez, H. (s/f). Procesos de socialización y enculturacion de niños de diez años. Hijos de familias migrantes desde dos ámbitos diferentes: familiar/comunitario y escolar en una comunidad zapoteca. X Congreso Nacional de Investigación Educativa/ área 1: aprendizaje y desarrollo humanos.
  • Margared-Mead. (1990). Adolescencia, sexo y cultura en Samoa. Paidos Iberica: España.
  • Pierre-Bourdieu (2007). El sentido práctico. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 456 p.
  • Ruth-Benedict. (1971). El hombre y la cultura. Biblioteca fundamental del hombre moderno: Argentina.
  • Marjorie-Kostelnik, J. (2009).  El desarrollo social de los niños. (6ª ed.). Ediciones Paraninfo S.A.

La Leyenda de la Enfermería

Por Karla Mijangos Fuentes

FOTO: Araminta Ross o Harriet Tubman, 2015.


Cuenta la leyenda que en un mundo donde imperaba la oscuridad, la enfermedad y la muerte, surgió una mujer medicina, que como su nombre lo enuncia, era poseedora de grandes conocimientos sobre el cuerpo humano, sobre las plantas que devolverían la sanación y salvación de la persona y sobre los cuidados que traerían de nuevo a dicha persona a un mundo de realidades y complejos.

Ella siempre afanada por mantener a los seres humanos en equilibrio, cuidaba de los cuerpos sanos, heridos, dolientes, enfermos y alejados del sentido vital, pero en fin, su gran legado era cuidar y mantener esos cuerpos sobre un horizonte flotante de felicidad, poder y autonomía. Esta mujer estaba tan obsesionada por conservar la vida del ser humano a salvo de todos los peligros, que nunca dormía, porque cuando no se pasaba mirando y cuidado a la persona, se mantenía siempre fija a las hojas de miles de libros que la orientaban sobre otros nuevos cuidados que pudieran aumentar la salud y la paz del ser cuidado.

Es por ello que, esta mujer en su insaciable necesidad por comprender más al ser humano y conocer los remedios y medios que lo hacen feliz, ella alcanzó poderes inigualables de sanación y trascendencia humanas.

No tardo mucho para que el gran príncipe lo supiera y se sintiera ofuscado y temeroso ante tanto poder, sobre todo que ese dominio cognoscente y místico emergiera de un ser que, de por sí, era calificado como diminuto e inferior ¡No podía ser posible que tanta inteligencia y poder de sanación lo tuviese una mujer! Así, y a partir de lo que cuenta la historia de la humanidad, el príncipe mando a matar a todas las mujeres que se refiriesen así mismas como curanderas, o que la comunidad las reconociera por dichos poderes; tal y como ocurrió con la muerte de los santos inocentes.

Muchas mujeres perdieron la vida quemadas en la hoguera y torturadas como demonios y miserias de la humanidad, empero no sólo murieron las mujeres medicina, sino también murieron sus legados, sus memorias, sus conocimientos; y se dice que sus capacidades políticas y autónomas fueron congeladas por siglos de historia. Es por ello que estas mujeres quedaron encantadas por el congelamiento de su poder y autonomía, porque nunca más volverían a encontrar lo robado bajo el hechizo del príncipe.

Se dice que estas mujeres fueron metamorfosis, porque pasaron de ser mujeres medicina a brujas, de brujas a parteras, de parteras a monjas y prostitutas, de monjas y prostitutas a enfermeras, de enfermeras a maestras e investigadoras, de maestras e investigadoras a líderes, sin embargo, su liderazgo quedaba siempre inmóvil debido al hechizo del príncipe, es por ello que, por más intentos que estas mujeres hicieran por dirigir toda una nación, y específicamente, por recuperar el cuidado y todo lo que emane en función del cuerpo de los seres humanos, les quedó congelado e hipnotizado.

Cuenta la leyenda que pasaron más de doscientos años para que estas mujeres y hombres medicina, pudieran dar cuenta que el príncipe malicioso, egoísta, patriarcal y violento que gobernaba las naciones desde la época de la colonia, había planeado un hechizo que atentaba contra la autonomía y poder de aquellas mujeres y hombres medicina, que ahora son llamados enfermeros y enfermeras.

Pero también la leyenda cuenta que el gran sultán no solo congelo su poder y autonomía, sino que también creo una pocilga que contenía dosis mayores de competencia desleal, egoísmo, celo y enemistad, la cual dio a beber a los enfermeros y enfermeras para nunca pudieran estar unidos, para que siempre lucharan unos en contra de otros, y así no crear un lazo de amistad y lucha colectiva entre ellos, porque de antemano, el príncipe sabía que el poder de estas personas medicina es tan poderoso y gigante, que tan solo la unión, solidaridad y amistad de los mismos podría romper el hechizo.

Es así que, el príncipe para ocultar el hechizo, cada año les hacía grandes regalos acompañados de preseas, montos económicos, reconocimientos y demás presentes que les hacía llegar para que éstos nunca dieran cuenta que el único malvado de la historia era el príncipe, por tanto, los llenaba de discursos, les aplaudía cada que podía por hacer su trabajo sin una buena remuneración económica, les hacía creer que eran héroes para que sintieran que sus poderes no estaban muertos. Asimismo, los llevaba a grandes festines y celebraciones entre poderosos, vestidos de oro y perlas preciosas los presumía frente a otros sultanes, señalando que su trabajo en la sociedad era infinito. En cierto sentido, los maquillaba de seres poderosos y autónomos frente al enemigo, pero al devolverlos a la comunidad, ya saciados de regalos, bellezas y reconocimientos, éstos se olvidaban de exigir al príncipe lo que se habían ganado con el sudor de su frente.

Así pasaron más de doscientos años, pero se dice que una Ada disfrazada de virus llegó un buen día a la casa de los enfermeros y enfermeras y les dijo “Ustedes enfermeros y enfermeras han sido engañados por el príncipe, él realmente no los respeta como seres humanos y seres medicina, él solo quiere mantenerlos en esclavitud, y sobre todo, él quiere impedir a toda costa que ustedes recuperen su poder, su liderazgo, su amistad, solidaridad y unión, por ello, hoy deberán romper con el hechizo antes que el mundo acabe y ustedes permanezcan congelados por siempre”

La Ada finalizó comentando, “Mientras ustedes permanezcan en desunión, el hechizo se fortalecerá y jamás podrán vencer al príncipe, ni recuperar los grandes poderes que poseen…..vayan por doquier y abracen a sus hermanos y hermanas enfermeras, díganles que hoy se necesitan más que nunca, porque el virus no es el enemigo, el enemigo es el príncipe disfrazado de rosa y encanto”

Transición política e histórica de la Enfermería

Karla Mijangos Fuentes

Podemos señalar que toda esta transición política e histórica por la que ha atravesado, y sigue pasando la enfermería, y que se puede materializar a través de todos los movimientos sociales que se están viviendo en América Latina, es sumamente interesante, trascendente y emotiva, no sólo por el hecho histórico que ésta representa, sino porque también nos posiciona en otros mundos posibles de pensamiento.

En este sentido, estas transiciones hoy nos permiten tratar temas que en otros tiempos no hubiese sido posible, ni siquiera imaginarlo y cuestionarlo, ahora actuar sobre ellos, era totalmente utópico. Y no sólo era debido a la permanencia de un conocimiento, modelo y poder hegemónico, sino porque también esto era algo que no era visibilizado, ni siquiera percibido, o, simplemente que no podíamos mirar más allá de la historia y las utopías, porque siempre hemos sido parte de esta imbricación y anclaje de formas de pensamiento y colonialidad del saber y del ser, la cual, al mismo tiempo nos hacia estar, pensar y actuar en un mundo de ideas, que también es parte de un mundo paradigmático de entender(nos) en este universo.

A este respecto, y retomando el acontecer de los movimientos y transiciones políticas vividas en nuestros territorios Latinoamericanos, también nos permiten repensar(nos) a nosotrxs mismxs en nuestra construcción y reproducción de ser enfermeros, enfermeras y enfermeres, sobre todo ligado a nuestros fundamentos ontológicos y epistemológicos que nos vuelven a cuestionar: cuál es la posición qué ocupamos nosotros en este mundo, y no sólo en este mundo tangible, sino en nuestros territorios y espacios políticos más próximos. Esta pregunta soslaya en reflexionar cómo es que materialmente somos visibilizados e imaginados, por tanto, qué uso práctico y simbólico se nos atribuye dentro de las sociedades de las que formamos parte.

Justo a través de este ejercicio tan necesario que nos lleva al pensar, en cuanto acto subjetivo más que objetivo de pensamiento, yo misma me atrevo a pensar y sostener, que este fue el corolario y quiebre donde nos reencontramos y desconocimos al mismo tiempo, porque más allá de reconocernos corporeamente, nos sentimos abrumados por la pesadez de no sentirnos representados dentro de nuestros propios territorios, porque de cierta manera, y por denominar y asignar un nombre a este hecho, simplemente dimos cuenta que verdaderamente nos sentíamos excluidos, rechazados, o, en último caso negados, porque las sociedades a las que pertenecemos siempre han normalizado y naturalizado las violencias y desigualdades que vivíamos, y que seguimos viviendo como profesionales de enfermería.

Esto es normal, cuando se piensa que las voluntades colectivas se constituyen de voluntades individuales que construyen una óptica de pensamiento de su tiempo, espacio y territorio, y que al formar parte de esta telaraña, también como ser individual y social reproduces parte de toda esta historia, por tanto, se piensa y recrea que es algo que no se puede eclosionar, por ende, al ser parte de estas historias no podemos arrancar las memorias y cicatrices adheridas a nuestrxs cuerpxs, y que en cierta magnitud, es verdad, sin embargo, no se trata de eclosionar y fusionar con neologismos prácticos y políticos, sino se trata de trascender con lo ya construido.

Justamente, y a partir de este ejercicio de reflexividad, es donde vemos que las luchas sociales han hecho las transiciones, y que a su vez las transiciones, los choques culturales, y todas estas transiciones epidemiológicas se requieren para sobrevivir y sobre-existir, porque las transiciones al igual que la muerte, nos recuerdan y nos hacen pensar la vida y la salud; suena paradójico, y sí que lo es, que sólo tengamos que recuperar la importancia de la vida misma a través de la enunciación de la muerte, pero en definitiva, estar y sentir(nos) tan cerca de la muerte, o, de una muerte de pensamiento, nos recuerda que no somos infinitos y que tenemos un tiempo determinado, en el que la determinación es el camino, porque ésta nos exige, de cierta manera, cuestionarnos, sí es ésta la enfermería que hemos soñado siempre, sí es ésta la posición social y política que hemos anhelado, o, es que estamos totalmente desposicionados dentro de esta sociedad, y ya no en sentido global, sino dentro de una sociedad científica profesional.

Es así que damos cuenta, que definitivamente requeríamos de estos movimientos sociales _todos_, de estas luchas y conflictos internos, de estas deconstrucciones y también de esta emancipación desde los propiamente político del cuerpo, porque hay que recordar que el cuerpo o la cuerpa también es político, por ende, la recuperación de esta capacidad política vital del cuerpo se hace tan necesaria para emancipar nuestro propio espacio político, para así poder reconstruir y reiventar la enfermería que queremos.

En este sentido, reconozco sentidamente la emoción particular que me genera ver todas estas luchas territoriales y profesionales, porque al final, todas las enfermerías latinoamericanas vivimos bajo esta estructura de opresión y bajo este mismo yugo de dominación y distinción que nos ha sostenido durante la historia, y que nos sigue sosteniendo por más de 500 años de colonialidad, pero que hoy con las transiciones nos es posible desestructurar y emancipar.

Florence Nightingale: una mujer de su tiempo y de su historia colonizadora

Karla Mijangos Fuentes

El año 2020 parece acaecer en la enfermería como un año que reivindica el trabajo profesional de enfermeros y enfermeras, pero por, sobre todo se hace visible esta fecha porque todo el centro de representación gira en torno al 200 aniversario del nacimiento de Florence Nightingale.

En esta línea, pareciera ser que no hay nada que cuestionar o repensar, o, quizás ya ni reflexionar, porque es claro que la dama de la lámpara marca el camino de una historia científica de la enfermería. A este respecto, para quienes no han escuchado sobre la historia de Florence, sólo se puede agregar que es la madre y fundadora de la enfermería moderna, porque, y tal vez, tampoco les interese indagar y saber más al respecto. No obstante, me atrevería a decir que no puede esperar la misma respuesta de quienes formamos parte de esta profesión, la cual no sólo llevamos impregnadas en nuestra identidad, sino también la llevamos incrustada al cuerpo y forma de ser y estar en el mundo.

En este tenor, desde hace un par de meses que he estado estudiando sobre la historia no contada y desanclada de la profesión, he encontrado momentos coyunturales que también me hacen pensar en el personaje de Florence Nightingale, pero no solo de ella en su ser como persona y enfermera, sino también pensar a Florence en su contexto, en su cultura, en su memoria y legado, que al mismo tiempo es legado de la sociedad que ella habitó y que la constituyó en su identidad como mujer y enfermera.

A este respecto, conviene señalar que Florence Nightingale fue una científica de su época que descubrió en la estadística una herramienta que le ayudo a expandir el trabajo y cientificidad de la enfermería, así mismo, no es menester hablar de las asociaciones que ella localizó entre las dimensiones ambientales y/o del contexto en función de la incidencia y prevalencia de diversas complicaciones de las infecciones. En estas investigaciones, ella demostró que la ventilación, iluminación, limpieza y demás elementos que rodean a los usuarios pueden afectar su estado de recuperación. No obstante, la pregunta hasta ahora es, podemos seguir reproduciendo la enfermería en torno a las tradiciones heredadas por Florence, o, existe algo en toda esta historia que debamos cuestionar y deconstruir.

En este sentido, y externo a estas connotaciones conceptuales y vivenciales de Nightingale, existe algo por fuera de ella que no hemos abarcado en la historia de la profesión. El carácter racista de su persona. Nos preguntaremos ahora, sí la historiografía de la enfermería no se centra en un concepto de blancura, el cual se traduce y refleja en una sola figura de enfermera blanca “Florence Nightingale”. Sin embargo, no solo se habla del carácter figurativo y simbólico de la imagen visual que ésta representa, sino también se aborda el papel que Nightingale desempeñó en la violencia colonial británica y en los brutales levantamientos anticoloniales maoríes, por ello, al recorrer sus textos, que ahora mismo, la virtualidad y tecnología han acercado a nosotros podemos encontrar la denotación y connotación de su imaginario racista y evolucionista en relación con los “denominados” por ella misma como incivilizados o semi civilizados, refiriéndose a las personas que habitaban los pueblo nativos.

Es poco conocido para algunos que Florence Nightingale ejerció el rol político durante el dominio británico, no obstante, dicha participación política figuró y contribuyó al genocidio de los pueblos originarios de África, Australia, Nueva Zelanda, entre otros (Nightingale, 1863; Stake, 2020). En este tenor, la expansión del dominio y colonización británica pudo ser posible, y a expensas, del asesoramiento de grande científicos, entre ellos Florence Nightingale quien a partir de su trabajo titulado Estadísticas sanitarias de escuelas y hospitales coloniales nativos”, logra consolidar conocimientos que justificaban científicamente una cultura de muerte sobre los indígenas.

Como refiere Stake (2020), para Nightingale la vida de los indígenas eran fruto y condición necesaria para la expansión del Imperio Británico. En este sentido, la muerte de los indígenas, pese a la brutalidad del acto, y que muchos lo reconocieron, Nightingale lo justificaba con el objetivo de insertar a la cultura británica como suprema, única y universal.

Nightingale como he mencionado un par de veces, era constructo de su propia época y cultura, por ende, ella era una firme defensora de la supremacía de la cultura cristiana blanca, por tanto, ella consideraba que los pueblos nativos eran una raza inferior que debía civilizarse bajo la cultura británica, porque además de inculturarse también alcanzarían el perdón por su herejía y salvajismo. Con base en ello, en el escrito de estadísticas sanitarias, ella concluye, basada en pruebas estadísticas, que la clase de enfermedades que se presentaba entre los nativos, eran debidas a su propia condición de raza, por ende, ésta era la causa principal del declive gradual y la desaparición de razas incivilizadas o semi civilizadas (Nightingale, 1863). A este respecto, la solución era la asimilación de estas razas y la implementación de hábitos civilizados.

Cabe mencionar que, en su reporte Nightingale consideraba que los propios hábitos de los nativos, incluyendo su cultura, tradiciones y estilos de vida, por el sólo hecho de no pertenecer a las tradiciones de una cultura británica era lo que producía una atmósfera fétida de las viviendas y otras condiciones deprimentes que se relacionaban con estas personas no civilizadas (Nightingale, 1863).

Hasta este momento es cuando cobra vida un concepto que surgió con la medicina urbana y con la época victoriana, y que me gustaría retomar: “La limpieza”. La limpieza se instituyó y legitimó bajo la teoría de los miasmas, pero se originó en su sentido de enunciación del concepto a partir del término de “pureza” o “supremacía piadosa” devenida del cristianismo.

La teoría de los miasmas fue uno de los fundamentos epistemológicos que conformaron las posturas ideológicas y simbólicas de Florence Nightingale. Esta teoría sostenía que los malos olores y la suciedad generaban enfermedades, pero no solo se hablaba de suciedad física sino moral (Stake, 2020), por tanto, cuando surge la medicina urbana, la teoría de los miasmas fue la que sostenía dicha estructuración, porque la clase alta de estas sociedades victorianas eran las que se alejaban de estos conceptos de suciedad e inmundicia, por ende, son las que debían mantenerse aisladas de la podredumbre de las ciudades, las cuales se encontraban en la pobreza y maleza, sobre todo si se hablaba de nativos (Foulcault, 1984).

En esta línea Nightingale también pensaba que las mujeres que se prostituían poseían una suciedad moral y física que les provocaba enfermedades. Tal como ella señalaba…

“Cuando obedecemos todas las leyes de Dios en cuanto a limpieza…, el resultado es la salud. Cuando desobedecemos, enfermedad ” (MacMillan, 1914, p. 120)

Por ahora dejo el hilo de este pequeño texto que pone sobre la mesa del debate, el origen y fundamento racista de Nightingale citando textualmente a Stake (2020), quien señala…

Las tradiciones indígenas ofendieron el ideal de “limpieza” de la Gran Bretaña victoriana. La teoría del miasma apoyó convenientemente la supremacía británica y fue un pilar de la salud pública hasta finales del siglo XIX. Más importante aún, era un arma política para destruir las tradiciones indígenas de salud y bienestar, ya que etiquetaba cualquier cosa que no fuera británica o no cristiana como “inmunda”. Es inexacto suponer que cuando Nightingale habla de “limpieza”, de alguna manera está separado de sus raíces ideológicas. Cuando habla de limpieza, suciedad o inmundicia, siempre hay un sesgo cristiano implícito. Ella nunca podría haber apoyado ninguna forma de prácticas de salud indígenas porque no se basaban en valores cristianos”.

A partir de ello, solo me queda añadir que 2020 se impregna de incertidumbres, sorpresas y contrariedades, pero al mismo tiempo, son estas contrariedades las que nos hacen cuestionarnos nuestras interioridades, imaginarios y formas de vivir y concebir a la enfermería como una profesión que se inserta en su memoria e historia. Historia que no se desfasa de su constructo social victoriano.

Justo ahora, es el momento en que nuestras memorias atraviesan por un pasado que reaviva el dolor de la colonización, que nos pone en el centro de las discusiones sobre nuestros orígenes, pero por, sobre todo, en la semiología de los términos e ídolos a quienes honramos. Insisto que estas reflexiones no son para destronar a Nightingale del nicho que hemos creado para ella, pero sí que intenta emancipar a la profesión de un pasado que parece nítido, pero que se torna oscuro cuando se desgranan y desarticulan los textos y símbolos.

Nightingale es una mujer de su época, ella es el claro imaginario de una sociedad victoriana que tuvo auge en la expansión tétrica del modelo capitalista, que vio resurgir a las sufragistas, golpear y explotar a la clase trabajadora y exterminar a los pueblos nativos. Por tanto, como señala Stake (2020) Nightingale no solo fue un producto de su tiempo, también fue un producto de su clase, de los valores predominantes y burgueses, de los valores cristianos que se encarnaban en su ser, por ende, Nightingale también es obra de los discursos racistas que se entretejían en su época, porque ella no era un ser aislado de su sociedad, Nightingale era obra de arte esculpida por su sociedad, por tanto, era molde del mismo escultor.

No perdemos nada al relegar a Nightingale al lugar que le corresponde en la historia. Obtenemos conocimiento crítico, crecimiento y una mejor comprensión de lo que es la enfermería” (Stake, 2020).

REFERENCIAS

·         Nightingale, F. (1863). Estadísticas sanitarias de escuelas y hospitales coloniales nativos.
·         McClintock, A. (1914). Imperial Leather: Race, Gender and Sexuality in the Colonial Contest, 120. 
·         Stake, D.N. (2020). La dama racista de la lámpara. Enfermería Clío.

Florence Nightingale: una mujer de su tiempo y de su historia colonizadora

Karla Mijangos Fuentes

El año 2020 parece acaecer en la enfermería como un año que reivindica el trabajo profesional de enfermeros y enfermeras, pero por, sobre todo se hace visible esta fecha porque todo el centro de representación gira en torno al 200 aniversario del nacimiento de Florence Nightingale.
En esta línea, pareciera ser que no hay nada que cuestionar o repensar, o, quizás ya ni reflexionar, porque es claro que la dama de la lámpara marca el camino de una historia científica de la enfermería. A este respecto, para quienes no han escuchado sobre la historia de Florence, sólo se puede agregar que es la madre y fundadora de la enfermería moderna, porque, y tal vez, tampoco les interese indagar y saber más al respecto. No obstante, me atrevería a decir que no puede esperar la misma respuesta de quienes formamos parte de esta profesión, la cual no sólo llevamos impregnadas en nuestra identidad, sino también la llevamos incrustada al cuerpo y forma de ser y estar en el mundo.
En este tenor, desde hace un par de meses que he estado estudiando sobre la historia no contada y desanclada de la profesión, he encontrado momentos coyunturales que también me hacen pensar en el personaje de Florence Nightingale, pero no solo de ella en su ser como persona y enfermera, sino también pensar a Florence en su contexto, en su cultura, en su memoria y legado, que al mismo tiempo es legado de la sociedad que ella habitó y que la constituyó en su identidad como mujer y enfermera.
A este respecto, conviene señalar que Florence Nightingale fue una científica de su época que descubrió en la estadística una herramienta que le ayudo a expandir el trabajo y cientificidad de la enfermería, así mismo, no es menester hablar de las asociaciones que ella localizó entre las dimensiones ambientales y/o del contexto en función de la incidencia y prevalencia de diversas complicaciones de las infecciones. 
En estas investigaciones, ella demostró que la ventilación, iluminación, limpieza y demás elementos que rodean a los usuarios pueden afectar su estado de recuperación. No obstante, la pregunta hasta ahora es, podemos seguir reproduciendo la enfermería en torno a las tradiciones heredadas por Florence, o, existe algo en toda esta historia que debamos cuestionar y deconstruir.
En este sentido, y externo a estas connotaciones conceptuales y vivenciales de Nightingale, existe algo por fuera de ella que no hemos abarcado en la historia de la profesión. El carácter racista de su persona. Nos preguntaremos ahora, sí la historiografía de la enfermería no se centra en un concepto de blancura, el cual se traduce y refleja en una sola figura de enfermera blanca “Florence Nightingale”. Sin embargo, no solo se habla del carácter figurativo y simbólico de la imagen visual que ésta representa, sino también se aborda el papel que Nightingale desempeñó en la violencia colonial británica y en los brutales levantamientos anticoloniales maoríes, por ello, al recorrer sus textos, que ahora mismo, la virtualidad y tecnología han acercado a nosotros podemos encontrar la denotación y connotación de su imaginario racista y evolucionista en relación con los “denominados” por ella misma como incivilizados o semi civilizados, refiriéndose a las personas que habitaban los pueblo nativos.
Es poco conocido para algunos que Florence Nightingale ejerció el rol político durante el dominio británico, no obstante, dicha participación política figuró y contribuyó al genocidio de los pueblos originarios de África, Australia, Nueva Zelanda, entre otros (Nightingale, 1863; Stake, 2020). En este tenor, la expansión del dominio y colonización británica pudo ser posible, y a expensas, del asesoramiento de grande científicos, entre ellos Florence Nightingale quien a partir de su trabajo titulado Estadísticas sanitarias de escuelas y hospitales coloniales nativos”, logra consolidar conocimientos que justificaban científicamente una cultura de muerte sobre los indígenas.
Como refiere Stake (2020), para Nightingale la vida de los indígenas eran fruto y condición necesaria para la expansión del Imperio Británico. En este sentido, la muerte de los indígenas, pese a la brutalidad del acto, y que muchos lo reconocieron, Nightingale lo justificaba con el objetivo de insertar a la cultura británica como suprema, única y universal.
Nightingale como he mencionado un par de veces, era constructo de su propia época y cultura, por ende, ella era una firme defensora de la supremacía de la cultura cristiana blanca, por tanto, ella consideraba que los pueblos nativos eran una raza inferior que debía civilizarse bajo la cultura británica, porque además de inculturarse también alcanzarían el perdón por su herejía y salvajismo.
Con base en ello, en el escrito de estadísticas sanitarias, ella concluye, basada en pruebas estadísticas, que la clase de enfermedades que se presentaba entre los nativos, eran debidas a su propia condición de raza, por ende, ésta era la causa principal del declive gradual y la desaparición de razas incivilizadas o semi civilizadas (Nightingale, 1863). A este respecto, la solución era la asimilación de estas razas y la implementación de hábitos civilizados.
Cabe mencionar que, en su reporte Nightingale consideraba que los propios hábitos de los nativos, incluyendo su cultura, tradiciones y estilos de vida, por el sólo hecho de no pertenecer a las tradiciones de una cultura británica era lo que producía una atmósfera fétida de las viviendas y otras condiciones deprimentes que se relacionaban con estas personas no civilizadas (Nightingale, 1863).
Hasta este momento es cuando cobra vida un concepto que surgió con la medicina urbana y con la época victoriana, y que me gustaría retomar: “La limpieza”. La limpieza se instituyó y legitimó bajo la teoría de los miasmas, pero se originó en su sentido de enunciación del concepto a partir del término de “pureza” o “supremacía piadosa” devenida del cristianismo.
La teoría de los miasmas fue uno de los fundamentos epistemológicos que conformaron las posturas ideológicas y simbólicas de Florence Nightingale. Esta teoría sostenía que los malos olores y la suciedad generaban enfermedades, pero no solo se hablaba de suciedad física sino moral (Stake, 2020), por tanto, cuando surge la medicina urbana, la teoría de los miasmas fue la que sostenía dicha estructuración, porque la clase alta de estas sociedades victorianas eran las que se alejaban de estos conceptos de suciedad e inmundicia, por ende, son las que debían mantenerse aisladas de la podredumbre de las ciudades, las cuales se encontraban en la pobreza y maleza, sobre todo si se hablaba de nativos (Foulcault, 1984).

En esta línea Nightingale también pensaba que las mujeres que se prostituían poseían una suciedad moral y física que les provocaba enfermedades. Tal como ella señalaba…
      “Cuando obedecemos todas las leyes de Dios en cuanto a limpieza…, el resultado es la salud. Cuando desobedecemos, enfermedad " (MacMillan, 1914, p. 120)
Por ahora dejo el hilo de este pequeño texto que pone sobre la mesa del debate, el origen y fundamento racista de Nightingale citando textualmente a Stake (2020), quien señala…
      “Las tradiciones indígenas ofendieron el ideal de "limpieza" de la Gran Bretaña victoriana. La teoría del miasma apoyó convenientemente la supremacía británica y fue un pilar de la salud pública hasta finales del siglo XIX. Más importante aún, era un arma política para destruir las tradiciones indígenas de salud y bienestar, ya que etiquetaba cualquier cosa que no fuera británica o no cristiana como "inmunda". Es inexacto suponer que cuando Nightingale habla de "limpieza", de alguna manera está separado de sus raíces ideológicas. Cuando habla de limpieza, suciedad o inmundicia, siempre hay un sesgo cristiano implícito. Ella nunca podría haber apoyado ninguna forma de prácticas de salud indígenas porque no se basaban en valores cristianos”.
A partir de ello, solo me queda añadir que 2020 se impregna de incertidumbres, sorpresas y contrariedades, pero al mismo tiempo, son estas contrariedades las que nos hacen cuestionarnos nuestras interioridades, imaginarios y formas de vivir y concebir a la enfermería como una profesión que se inserta en su memoria e historia. Historia que no se desfasa de su constructo social victoriano.
Justo ahora, es el momento en que nuestras memorias atraviesan por un pasado que reaviva el dolor de la colonización, que nos pone en el centro de las discusiones sobre nuestros orígenes, pero por, sobre todo, en la semiología de los términos e ídolos a quienes honramos. Insisto que estas reflexiones no son para destronar a Nightingale del nicho que hemos creado para ella, pero sí que intenta emancipar a la profesión de un pasado que parece nítido, pero que se torna oscuro cuando se desgranan y desarticulan los textos y símbolos.
Nightingale es una mujer de su época, ella es el claro imaginario de una sociedad victoriana que tuvo auge en la expansión tétrica del modelo capitalista, que vio resurgir a las sufragistas, golpear y explotar a la clase trabajadora y exterminar a los pueblos nativos. Por tanto, como señala Stake (2020) Nightingale no solo fue un producto de su tiempo, también fue un producto de su clase, de los valores predominantes y burgueses, de los valores cristianos que se encarnaban en su ser, por ende, Nightingale también es obra de los discursos racistas que se entretejían en su época, porque ella no era un ser aislado de su sociedad, Nightingale era obra de arte esculpida por su sociedad, por tanto, era molde del mismo escultor. 
       “No perdemos nada al relegar a Nightingale al lugar que le corresponde en la historia. Obtenemos conocimiento crítico, crecimiento y una mejor comprensión de lo que es la enfermería” (Stake, 2020).
REFERENCIAS
·         Nightingale, F. (1863). Estadísticas sanitarias de escuelas y hospitales coloniales nativos.
·         McClintock, A. (1914). Imperial Leather: Race, Gender and Sexuality in the Colonial Contest, 120. 
·         Stake, D.N. (2020). La dama racista de la lámpara. Enfermería Clío.

EL EGOÍSMO INDIVIDUAL OBJETIVO DE LAS SOCIEDADES MODERNAS SOBRE LAS COMUNIDADES INDÍGENAS

Karla Mijangos Fuentes

De acuerdo con Simmel (1903) la vida moderna conlleva a la conexión incesante entre la individualización y la socialización, y que si es posible realizar esta distinción es porque el sentido de cada uno de estos procesos remite al otro (Wilkis, 2005).

Desde este punto de vista, se observa que la tensión entre individuo y sociedad trasciende también a las sociedades indígenas y “modernas”. Más allá de las diferencias estructurales y políticas que existe entre ambas sociedades, es posible observar la gran diversidad que existe entre la tragedia sociológica y la tragedia cultural (Levine, 2002, en Wilkis, 2005).

La fragmentación de la vida social es emancipante y gratificante, mientras que la fragmentación de la experiencia cultural del hombre es frustrante (Simmel, 1903, en Wilkis, 2005). A partir de esta definición, una tragedia social promoverá las condiciones para el desarrollo de la individualidad de los miembros de las comunidades indígenas; mientras que una tragedia cultural impedirá o ayudará al propio desarrollo del indígena en sí mismo.

En este sentido, como afirma Simmel (1903) ambas tragedias revisten un carácter transpersonal y objetivo frente a los individuos que las conforman, debido a que esta objetividad suprime la inmediatez (wilkis, 2005). Por tanto, con la aparición de ambas tragedias queda inhabilitado la acción del espíritu subjetivo en los indígenas.

Al respecto, al predominar el espíritu objetivo en las sociedades dominantes, éstas, no se preguntarán para nada por el éxito de las comunidades indígenas en función de la felicidad y los intereses personales en sentido más estricto del sujeto (Simmel, 2002:105). Como mismo Simmel (1986:247) afirma: “Este dilema característico de la cultura moderna representa el contraste entre sujeto y objeto, persona y mundo o egoísmo y altruismo y se expresa en la idea moderna de la productividad original del alma”.

Asimismo, Simmel afirma que una de las mayores consecuencias de la modernidad, es la preponderancia del espíritu objetivo sobre el subjetivo o de una sociedad moderna sobre una indígena; esto es, “tanto en el lenguaje como en el derecho, tanto en las técnicas de la producción como en el arte, tanto en la ciencia como en los objetos del entorno cotidiano, está materializada una suma de espíritu cuyo acrecentamiento diario sigue el desarrollo espiritual del sujeto sólo muy incompletamente y a una distancia cada vez mayor” (Simmel, 1986: 259).

Todo este mundo objetivo de las sociedades modernas, se traduce, en la transgresión de la libertad individual de las comunidades indígenas para seguir reproduciendo su mundo de vida. Un claro ejemplo de esta dependencia objetiva puede ser visto, en la sobrevaloración y dominio de la medicina occidental sobre la medicina tradicional indígena,

A partir de una concepción científica, objetiva y material de la sociedad, lo que prima son las relaciones de producción y consumo de los medicamentos alópatas, debido a la cosificación del proceso. En cambio, para los indígenas y para la medicina tradicional es más importante las relaciones intersubjetivas, comprensivas y holísticas del malestar de la persona, más que el consumismo y materialismo.

Esta diferenciación entre el espíritu objetivo de las sociedades modernas y el espíritu subjetivo de las comunidades indígenas, también se puede aclarar, observando que en las sociedades modernas versa la economía monetaria y dominio del entendimiento en una profunda conexión (Simmel, 1986).  Por tanto, para estas sociedades modernas les es común la pura objetividad en el trato con hombres y cosas, en que se empareja a menudo una justicia formal con dureza despiadada.

En cambio, para las comunidades indígenas el espíritu subjetivo subyace en el individuo y en el bien común. Como explicó León- Portilla (2018) “los indígenas no tienen mentalidad capitalista, como muchos de nosotros”… [ ] “los indígenas nos enseñan el amor por la naturaleza”, naturaleza que está profundamente herida por la razón instrumental de la sociedad.

Esta racionalidad, se ve reconocida en la violencia de la sociedad moderna. Las grandes Ciudades han sido desde tiempos inmemorables la sede de la economía monetaria, puesto que la multiplicidad y aglomeración del intercambio económico proporciona al medio de cambio una importancia a la que no hubiera llegado en la escasez del trueque (Simmel, 1903).

A diferencia, el espíritu subjetivo de los pueblos originarios permite que el productor y consumidor se conozcan, creando relaciones sociales de intercambio entre ambos agentes sociales, y eso a su vez permean la dinámica cultural y armoniosa de dichas comunidades, sin que esto lleve al beneficio de unos sobre otros. En tanto, que en las sociedades modernas se trabaja por el mercantilismo y acumulo de capital, como objetivo materialista que se extiende entre todos los miembros.

Como afirma Simmel (1903:) “El hombre puramente racional es indiferente frente a todo lo auténticamente individual, pues a  partir de esto resultan relaciones y reacciones que no se agotan con el entendimiento. Pues el dinero sólo pregunta por aquello que les es común a todos, por el valor de cambio que nivela toda cualidad y toda peculiaridad sobre la base de la pregunta por el mero cuánto (simmel, 1986:249).

Esta reflexión, presupone que las sociedades modernas se muestran egoístas, pretendiendo una violación al altruismo social del ser singular por la pluralidad de seres y en su beneficio, que a menudo lleva al indígena a una total especialización y reducción (Simmel, 2002:105). Así, cuanto más desarrolla el indígena un aspecto particular y acotado, más se atrofia su personalidad e identidad en tanto totalidad y menos se realiza su cultura subjetiva. (Wilkis, 2005).

En efecto todos los pueblos indígenas han experimentado históricamente una enorme presión social y política, de la sociedad o del Estado, hacia la pluralidad de intereses sociales capitalistas. Por eso cuando estudiamos el contexto socio-histórico, no es extraño para nadie que la violación de la libertad absoluta e individual del indígena deviene por el colonialismo impregnado de dominio y poder capitalista.

Esta libre competencia de los intereses capitalistas y colonialistas como el orden natural de las cosas provocó la violación del ser humano y que al mismo tiempo afirma Rousseau (en Simmel, 2002:112) causó todo debilitamiento y todo mal en dichas sociedades indígenas. En este sentido, las sociedades colonizadoras absolutizaron la libertad individual de las comunidades indígenas hasta tal extremo que prohibió a los indígenas defender sus derechos, propiedades e intereses.

Corresponde agregar, que el sistema capitalista en el trayecto de toda la historia ha tratado de someter y aculturar a las comunidades indígenas hacia un progreso y homogenización de las sociedades. Y como efecto de este dominio, dichas instituciones han desincentivado el uso de las lenguas nativas, de la medicina tradicional y de todas las prácticas y herencias culturales indígenas.

En este sentido, dicha pluralidad objetiva ha provocado que las familias indígenas privilegien el dominio y poder de las sociedades modernas como mecanismo de adaptación al contexto social dominante. Y Como  resultado, “las nuevas generaciones se encuentran en un proceso de olvido de su lengua materna, de sus prácticas y herencias culturales, así como de toda su identidad” (Leon- Portilla, 2018, en Mateos, 2018).

En palabras de Simmel: “Los más profundos problemas de la vida moderna manan de la pretensión del individuo de conservar la autonomía y peculiaridad de su existencia frente a la prepotencia de la sociedad, de lo históricamente heredado, de la cultura externa y de la técnica de la vida.” (Simmel, 1986: 247, en Wilkis, 2005).

Desde esta visión, los pueblos indígenas siempre han aspirado a la libertad e igualdad de derechos frente a la pluralidad, debido a que esta libertad ha sido suprimida por el egoísmo de la sociedad. Como afirma León-Portilla “la solución de la pobreza entre los pueblos indígenas, no radica en ofrecerles dinero en efectivo, sino es brindarles la posibilidad de ser dueños de su destino” (en Mateos, 2018).

En esa garantía de libertad, también “se debe respetar si ellos quieren dejar de ser “indios” y olvidarse de sus lenguas, o también, sí estas comunidades indígenas quieren conservar sus valores, sus idiomas, su aprecio por la tierra, y por sus tradiciones, están en su derecho, pero siempre hay que dejarlos vivir con dignidad” (León-Portilla, en Mateos, 2018).

REFERENCIAS

  • Mateos, M. (2018). Los indígenas necesitan ser dueños de su destino, plantea León-Portilla. Nota periodística. En La Jornada. Consultado en jornada.com.mx
  • Simmel, G. (1903). Las grandes urbes y la vida del espíritu. En Simmel, G. El individuo y la libertad. (1986). Ensayos de crítica de la cultura. Península, Barcelona,  247-261 pp.
  • Simmel, G. (2002). Cuestiones fundamentales de sociología.  Gedisa, Barcelona, 16-139 pp.
  • Wilkis, A., y Berger, M. (2005). La relación individuo-sociedad: una aproximación desde la Sociología de Georg Simmel. Athenea Digital, num. 7, 77-86 pp.

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